Sodoma y Gomorra fueron un símbolo de la corrupción y la maldad extrema. En el capítulo XIX del Génesis, su destrucción se nos presenta como el ejemplo de juicio divino sobre una colectividad degenerada. De Babilonia, metrópoli del imperio al que daba nombre, el Apocalipsis y los profetas nos hablan como de una gran urbe, depravada por su opulencia, su vanidad y su idolatría. De Nínive, la capital asiria, Jonás cuenta de su maldad. Tiro, Samaria, Jerusalem incluso, son objeto de oráculos cuando se dejan llevar por la soberbia, caen en la injusticia o se olvidan de Dios. La Biblia es claramente ruralista. Bien es verdad que no faltarán quienes estimen que, más que un ruralismo sistemático, hay una desconfianza hacia la ciudad como condensación de poder, riqueza e injusticia; que el contraste con el dichoso campo sirve como recurso simbólico para hablar de soberbia, idolatría o decadencia social, no como teoría consagrada de superioridad rural. En cualquier caso, el ruralismo, que parece arreciar en nuestros días, no es nada nuevo: se remonta a la Biblia.
Humanidad que vivió uno de sus momentos estelares en la ciudad alemana de Dessau el primero de abril de 1925. Hace hoy un siglo y un año, la escuela de arquitectura Bauhaus —que, en líneas generales despojó de los ornamentos a los edificios y racionalizó la ciudad moderna—, se vio forzada a cerrar su sede original de Weimar. Veinticuatro horas antes, el gobierno conservador de Turinga había cancelado los contratos de sus maestros. Hablamos de artistas como Paul Klee, Vasili Kandinski, Johannes Itten, László Moholy‑Nagy, Oskar Schlemmer o Lyonel Feininger. Fundada en 1919 por el arquitecto, urbanista y diseñador Walter Gropuis, había en el espíritu de la iniciativa un afán cosmopolita, colectivista si cabe, que no tardó en provocar los recelos de los conservadores, que percibieron cierto izquierdismo: “Arquitectos, escultores, pintores… debemos regresar al trabajo manual… Establezcamos, por lo tanto, una nueva cofradía de artesanos, libres de esa arrogancia que divide a las clases sociales y que busca erigir una barrera infranqueable entre los artesanos y los artistas”. Así definía Gropius su nueva entrega.
Cerradas seis años después las puertas de Weimar por una primera ofensiva política, que se tradujo en la drástica rescisión de los contratos de los maestros, el cambio fue mucho más allá del nuevo domicilio. En la ciudad que fue el primer epicentro de la escuela, el énfasis en sus enseñanzas se ponía en las artesanías artísticas y los talleres como prolongación de la tradición artesanal; en Dessau —donde la Bauhaus encontró refugio y mejores condiciones—, el arte y la tecnología se integraron con miras a modelos aptos para la producción industrial: muebles, lámparas, textiles, vivienda, por supuesto. De hecho, el imaginario de la Bauhaus es el de la metrópolis industrial: vivienda colectiva, bloques de pisos, tráfico, flujos, “ciudad máquina”, frente a la casa rural tradicional. Weimar es la fase más experimental y fundacional; Dessau implica una estructura más racionalizada, con programas más claros y un vínculo orgánico con la industria y el municipio. En Dessau se amplían disciplinas. La arquitectura y la pintura como estudios formales se integraron en 1927; la fotografía, en el 29.
Hannes Meyer, que sucedió a Gropius en la dirección del centro en el 28, reforzó la enseñanza teórica (ingeniería, psicología, economía). Antes de marcharse, Gropius diseñó el edificio que aún ahora sigue siendo el emblema de la casa. Weimar fue el origen, la experimentación, Dessau la consolidación internacional.
Cerrada por la Gestapo en 1933, recién ascendieron los nazis al poder, por cosmopolita, degenerada, tendente al bolchevismo y no aria, un año y un siglo después el legado de la Bauhaus es inmenso. En cuanto a emancipaciones, hay que señalar la democratización del diseño. Si vamos a la homogenización, los expertos destacan la imposición de un canon internacional que borró tradiciones locales y llevó a la monotonía del International Style. Urbana y moderna, la Bauhaus racionalizó la ciudad y la reformó con atinados criterios. Ahora bien, esa frase, consabida, de que todas las ciudades modernas son lo mismo, aunque en efecto lo son pues todas la ciudades son maravillosas, no hace referencia únicamente a la Bauhaus, aunque sí tiene mucho que ver con su legado, tan presente en nuestra cotidianeidad como el minimalismo y tantos otros detalles de nuestros días.


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