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La buena semilla y la cizaña

La buena semilla y la cizaña

«La mediocridad abunda, y la buena semilla se ahoga bajo la cizaña». Así se refirió Simone de Beauvoir al paso discreto por la historia de una obra brillante, ahora publicada en español por Capitán Swing: La bastarda, una autobiografía que obtuvo el Premio Goncourt en 1964, y cuya autora, Violette Leduc, según escribió la propia Beauvoir en el prólogo, «a pesar de un considerable éxito, permanece en la sombra». Lo dijo entonces. Y ahí, en la sombra y escondida bajo la cizaña de la literatura que está hecha de otras hierbas más vistosas pero no de mejor calidad, ha seguido hasta hoy.

La bastarda es un monólogo, un largo monólogo de ausencias, desolaciones y dolor. «Soy un desierto que monologa», le dijo un día Leduc a Beauvoir.

«Mi madre nunca me dio la mano», escribió también, y en su madre simbolizó su propia vida, una vida que nunca le tendió una rama para salvarla del precipicio.

Fue duro asumirlo, pero cuando lo hizo, narró su historia. La de ella y la de las mujeres que la precedieron y acompañaron, porque todas esas historias fueron necesarias para construir la suya.

"Violette es una mujer que ama a hombres y mujeres y que describe lo que ocurre en sus cuerpos, sean abortos o incestos, persecuciones o rechazos, sexo o erotismo, suicidio o simplemente muerte"

Así lo cuenta en La bastarda, unas memorias con forma de novela en verbo presente alterno con pasado lejano y primera persona. Recuerda a su abuela Fidéline, a su madre Berthe, a su amor Hermine («hay seres que son nuestro mayor riesgo. Hermine era mi riesgo y mi dureza»), a todos sus demás amores y sus otras decepciones, a su atracción por la marginalidad en la que ella se descubre y descubre, aunque muy a su pesar, a los seres importantes de su vida.

Violette es una mujer que ama a hombres y mujeres y que describe lo que ocurre en sus cuerpos, sean abortos o incestos, persecuciones o rechazos, sexo o erotismo, suicidio o simplemente muerte. A Violette nada de lo que significa ser mujer le es ajeno. Y por eso se sabe como cree que es: pobre, fea y bastarda: «Soy Dios, puesto que me juzgo».

Toda La bastarda, de principio a fin, es la crónica de un juicio a sí misma, del que, el lector lo sabe desde el comienzo, no va a salir absuelta.

También lo supo ella ya en la infancia, cuando intuyó que su calidad de bastarda era el símbolo de su desarraigo de la vida.

Simbólico y admirable resulta leer cómo condensa su propia condición de ser sin origen ni derecho legítimo a la existencia en el sencillo relato del diálogo que transcurre en un recreo escolar:

—¿Dónde está tu madre?

—Trabaja en París. Me va a escribir.

—¿Dónde está tu padre?

—Te digo que mi madre trabaja en París.

—Yo te pregunto dónde está tu padre. No te hablo de tu madre.

—Y yo te digo que mi madre trabaja en París.

—¿Por qué me das patadas?

—Porque te digo que mi madre trabaja en París.

—¡Te crees que soy sorda! ¿Vuelves a empezar?

—Porque no me atiendes. Mi madre es mi padre.

—Estás loca, eres idiota. Yo tengo un padre y una madre. Mi madre no es mi padre.

—No estoy loca, no soy idiota. No hay padre en casa. Hay una madre. ¿Qué quieres que te diga? Mi madre es todo.

—¿Todo qué?

—Nada, te digo: nada… 

Y eso, dice Leduc, es ser bastarda, sentir a lo largo de la vida lo que crece dentro de ella: nada. No por falta de padre, tenerlo o no es únicamente un accidente. Es algo más, el reconocimiento de que su nada es solo una nada más en el universo: «Mi caso no es único: tengo miedo de morir y me desgarra estar en el mundo».

Sin embargo, entre el miedo a morir y el desgarro de vivir, en medio de toda su oscuridad y su tristeza, la autora deja que ráfagas de luz iluminen de vez en cuando las páginas.

"La bastarda no es solo una autobiografía. Es algo más importante: es una confesión"

Son brisas de aire puro: el anhelo de una «infinita sonrisa cotidiana», como la mejor definición del amor, o «un sol rojo, un sol bobalicón cayendo sobre el mar y su sombra sobre un libro», como la mejor definición de la felicidad.

Al final, sin querer, cumplió su profecía: «Seré siempre una exiliada. Envejecer es perder lo que se ha tenido. Yo no he tenido nada». Quizá por eso no llegó a envejecer: murió en 1972, a los 65 años, de cáncer de mama.

Dejó en La bastarda el testimonio de lo que no supo hacer en vida, según Simone de Beauvoir: «El fracaso de la relación con el prójimo ha terminado en esta forma privilegiada de comunicación: una obra».

El lector que se acerque a Leduc terminará hablando su lenguaje, aunque antes deba entrenar los ojos para entender las lágrimas y aguzar el oído para escuchar los gritos.

Porque La bastarda no es solo una autobiografía. Es algo más importante: es una confesión.

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Autora: Violette Leduc. Prólogo: Simone de Beauvoir. Traductora: María Helena Santillán. Título: La bastarda. Editorial: Capitán Swing. Venta: TodostuslibrosAmazonFnac y Casa del Libro.

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