La cita

Con la llegada del otoño, los colores de Frankfurt han cambiado. El cielo suele presentar un color blanquecino tan luminoso que molesta si lo miras directamente y las calles están tapizadas del color dorado y ocre de las hojas secas. Las temperaturas rondan los cinco y los diez grados a lo largo del día, aunque caen en picado durante la noche. La estación y el cambio de hora han acortado las horas de luz y a las cinco de la tarde las calles están tan oscuras como si fuera noche cerrada.

Con el crujido de las hojas secas bajo mis zapatos como único acompañamiento, doy un paseo matinal que me lleva hasta Altstadt, uno de los barrios más turísticos y reconocibles de la ciudad. Como parte del Proyecto Dom-Römer, una parte de los edificios que fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente reconstruidos han sido remodelados para devolverles su aspecto original. El resultado es un laberinto de calles muy peculiar e inspirador. Caminar por Altstadt es como hacer un agradable viaje al pasado. Se ha convertido en una especie de oasis en medio del ajetreo y el bullicio del día a día de Mainhattan.

Cuando llego a la plaza de Römer, observo a los numerosos turistas que pululan por la zona. Algunos grupos están encabezados por guías que desgranan explicaciones en una polifonía de diferentes idiomas. No tardo en olvidarme de ellos para centrarme en una figura solitaria que monta guardia junto a la hermosa fuente que domina la plaza.

"Römer es un lugar interesante, pero no puedo evitar que mis pensamientos vuelvan una y otra vez a ese muchacho, al que he bautizado como Hans"

Es un muchacho alto. Rubio. Debe de rondar los treinta años y mira a su alrededor con la complacencia de quien ha llegado a una cita antes de la hora. La fina corbata azul oscura, lejos de hacerle parecer anticuado, le da un aspecto juvenil, al igual que el traje, que parece cortado a medida para embutir una espalda tan ancha como la de un jugador de waterpolo.

Es objeto de muchas miradas además de la mía, y no es para menos. El tipo es guapo como un diablo. Sus facciones son tan perfectas que evocan a un dios griego que hubiera decidido abandonar por un rato su nube para hacer del mundo un lugar más agradable a los sentidos.

Seguro que hasta huele bien.

En las mano lleva un grueso ramo de flores. Tulipanes. También carga con una pequeña bolsa en la que estoy seguro de que lleva una caja de bombones. No le falta un detalle. Es tan elegante que parece parte del decorado, como un modelo al que el ayuntamiento hubiera contratado para dar lustre a la plaza.

Römer es un lugar interesante, pero no puedo evitar que mis pensamientos vuelvan una y otra vez a ese muchacho, al que he bautizado como Hans. Lo veo mirar la hora con disimulo y caminar alrededor de la fuente. Se hace cargo de que aún va a tener que aguardar un poco más y me sorprendo pensando en lo desconsiderada que es la persona que lo está haciendo esperar, por más que su gesto no delate impaciencia ni rencor.

Trato de olvidarme de él y doy algunos pasos más por la plaza. Una gran placa en el suelo, bruñida por los cientos de pies que pasan cada día sobre ella, refleja una pila de libros ardiendo con una sentencia que me resulta familiar: «Allí donde se queman libros se terminará quemando a personas». Más abajo se indica que en ese mismo lugar, el diez de mayo de 1933, estudiantes nacionalsocialistas quemaron libros de escritores, científicos, periodistas y filósofos.

"Evoco la montaña de libros, el olor a papel quemado, la humareda y la barbarie"

Mientras contemplo la placa me olvido de los turistas, de Frankfurt e incluso de Hans. Evoco la montaña de libros, el olor a papel quemado, la humareda y la barbarie. Hace tiempo que dejé de idealizar el libro como objeto, y creo que muchos no valen ni el papel en el que están escritos, pero encontrarme en un lugar en el que fueron sacrificados tantos ejemplares en pos de una ideología me sobrecoge. Menos de cien años me separan del día en el que, en este mismo lugar, un grupo de estudiantes decidió que sería una buena idea hacer una pila de libros y quemarlos para demostrar sus convicciones.

Ese día no sólo se esfumaron algunos libros: también el sentido común y la sensación de libertad de muchos.

Este sentimiento me acompaña cuando me acerco a la Catedral de San Bartolomé, a apenas un par de calles de distancia. En el hall del edificio hay una gran fotografía que muestra el estado en el que quedó la ciudad tras los bombardeos aliados de 1944. Me impresiona contemplar la gran urbe en la que me encuentro reducida a escombros prácticamente en su totalidad, aniquilada por los devastadores efectos de la guerra. El aspecto vetusto de muchos edificios de Frankfurt am Main no es más que una reconstrucción exacta del aspecto que tenían antes de que las bombas se cebaran con ellos.

La catedral sobrevivió a los sucesivos bombardeos. Quedó en pie como una lanza solitaria y desafiante. Con una precisión quirúrgica, los bombarderos la dejaron intacta, pero no por motivos religiosos ni por amor al arte, sino con un propósito mucho más banal: para utilizarla como referencia geográfica a la hora de llevar a cabo sus ataques.

La Catedral de San Bartolomé dispone de un mirador al que se accede después de superar una escalera estrecha e interminable que se retuerce como la cola de un camaleón. El ascenso es agotador y tiene un punto claustrofóbico, pero vale la pena. Las vistas desde lo alto reflejan el contraste entre la parte antigua de la ciudad y los modernos rascacielos que conforman el característico skyline de Frankfurt.

* * *

De regreso a Römer escucho a un grupo de turistas hablando en español. Los rebaso y la casualidad quiere que llegue a la plaza al mismo tiempo que la cita de Hans. No contaba con volver a verle, y me siento secretamente afortunado de ser testigo del encuentro.

Hans no decepciona. Su cita es una mujer mayor a la que da un abrazo y un par de besos. Parece minúscula entre sus brazos. Los gestos de cariño son más íntimos que efusivos, lo que delata que son parientes. Su madre, apuesto.

"Él no lo sabe, pero le tengo reservado un sitio en mi nueva novela. Sería idiota si no lo hiciera"

La mujer recibe las flores y los bombones, pero apenas los mira. Hablan de forma animada, muy cerca el uno del otro, e incluso llegan a interrumpir en algún momento la charla para fundirse en un nuevo abrazo, incapaces de contener su felicidad.

La sonrisa de Hans, hermosa y ordenada, es digna de un anuncio de blanqueador dental.

Entonces llega una tercera persona. Una muchacha se acerca a la pareja con gesto atolondrado, como si pidiera perdón por interrumpirles. Es recibida con un abrazo de la mujer y un rápido beso en los labios de Hans, un regalo divino que la convierte de inmediato, a mis ojos, en la persona más odiada de la plaza. Se mueve con la torpeza de quien sabe que sobra. Elogia las flores, a lo que la madre de Hans responde como si las viera por primera vez y acerca la nariz para olerlas.

Él no lo sabe, pero le tengo reservado un sitio en mi nueva novela. Sería idiota si no lo hiciera. Un tipo tan guapo, elegante y educado es el contrapunto perfecto para el coro de personajes desaliñados y miserables sobre los que caerá el peso de la historia. Es difícil odiar a Hans, por más que su condenada perfección sea capaz de provocar envidia y admiración a partes iguales. Eso lo convierte en un recurso narrativo impagable.

Tras unos minutos más de charla insustancial, al trío se aleja en dirección adonde quiera que los esperen para comer. Hans pasa un brazo alrededor de los hombros de su madre y avanzan con lentitud, disfrutando del paseo y de la compañía. La otra chica camina junto a ellos con una sonrisa forzada en los labios. Está incómoda y les deja espacio para que se pongan al día y disfruten el uno del otro, en un gesto lógico y magnánimo.

Una ambulancia pasa a toda velocidad, interrumpiendo por unos segundos la placidez que me rodea. Las sirenas de los vehículos de emergencia atronan a cualquier hora del día o de la noche como si fueran las trompetas que anuncian el Apocalipsis. El fin del mundo me sorprende pensando en mi nuevo amigo y evoco una vez más sus hermosas facciones, su espalda hercúlea y la sencillez de su gesto, como si no fuera consciente de que podría ganarse la vida como modelo. Debe de resultar extremadamente fácil odiarle, quererle o enamorarse de él. Todos esperan grandes cosas de Hans. Es un joven prometedor con un gran futuro, el compañero de oficina al que todos respetan y envidian en secreto. Su belleza es también su perdición, ya que lo obliga a comportarse como el ciudadano ejemplar que se supone que debe ser.

"Tengo la sensación de que Frankfurt ha estado siempre ahí, esperándome. Aguardando el día en el que escribiría sobre ella"

En un intento por humanizarlo, trato de atribuirle algunos vicios. Me lo imagino en el barrio rojo, dando rienda suelta a sus perversiones o dilapidando su nómina en los salones de juego que desde hace unos años han gangrenado las calles de las grandes ciudades. Lo visualizo frente a las salas de inyección, comprándole a su camello de confianza unos gramos de alguna sustancia que le ayude a sobrellevar el día a día en un puesto de trabajo que le exige una falta de escrúpulos de la que no puede presumir.

Empiezo a componer mentalmente el texto y noto que este nuevo personaje encaja con naturalidad en una trama que ya llevo muy avanzada. Si sigo así, en unos meses terminaré el primer borrador de la novela, un puñado de páginas que tendré que trabajar a fondo para transformarlo en un manuscrito decente. El impulso de los primeros días, lejos de menguar, crece al tiempo que descubro nuevos rincones de la ciudad. Tengo la sensación de que Frankfurt ha estado siempre ahí, esperándome. Aguardando el día en el que escribiría sobre ella. La Nueva York europea dispone de elementos de sobra para elaborar una ficción negro-criminal y, por primera vez, me pregunto si la que tengo entre manos será una obra independiente o la primera de una nueva serie.

Tampoco es que me importe demasiado, en realidad. Ya habrá tiempo de pensar en ello.

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