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La crisis de la atención y por qué Odiseo no tiene que subirse a un avión para llegar a Ítaca

La crisis de la atención y por qué Odiseo no tiene que subirse a un avión para llegar a Ítaca

Cuando empecé a escribir Las meditaciones cotidianas, no estaba previsto que dedicara el primer tercio del libro a documentar desde una perspectiva humanista la que, con seguridad, es la mayor crisis de atención de la historia del ser humano.

Hablando, hace casi dos años, con Agustín Pániker, mi editor en Kairós y un referente del mundo de la filosofía y la psicología en español, discutimos los puntos de un texto relacionado con mi forma de enseñar a meditar después de veinte años de carrera como profesor de humanidades y meditación… Pero la vida, si se lo permites (y se lo permití), te acaba sorprendiendo en medio de la tormenta con lo que tiene que ser, no con lo que pensabas que iba a ser.

Cuando alguien escribe, en el fondo, lo hace para sí mismo, todo lo demás es postureo. Lo que se dice de que uno escribe para tal o cual público es tan solo una pose que puede servir cuando estás en una presentación literaria y no quieres hacerles perder el tiempo a los que han ido a escucharte con ilusión y que, con suerte, comprarán tu libro.

"Había conseguido sintetizar en unos cientos de páginas lo que sentía al respecto de la sociedad actual y su problema con la atención"

La realidad es que, cuando alguien escribe de verdad y no como pasatiempo, se enfrenta a una fría soledad que no le importa a nadie ahí fuera. Y en las primeras semanas de ese despoblado desierto del creador, me vi redactando renglones torcidos de un plan que había trazado con detalle. Allí ya no había un manual de meditación, aquello se estaba pareciendo más a un texto sobre como nos estamos cargando nuestro bien más preciado, piedra angular de la mente, como dijo el siglo pasado la filósofa y mística francesa Simone Weil. Ese bien no es otro que la atención.

Lejos de preocuparme, y con una sana negligencia, seguí mi intuición por aquella árida estepa, y después de medio año de escritura monacal confirmé que había encontrado lo que en realidad estaba buscando. Había conseguido sintetizar en unos cientos de páginas lo que sentía al respecto de la sociedad actual y su problema con la atención, un abismo al que nos estamos dirigiendo sin remedio y que conecté con mi profesión (es decir, con las humanidades y el cultivo de la atención).

Esa primera parte del libro se había convirtiendo en un texto que avisaba de la necesidad de prestar atención a la atención con urgencia para salvar lo humano que le queda al ser humano; pero no a través de complejas técnicas meditativas, respiraciones imposibles o un lenguaje oriental que siempre queda bien en Occidente. Estaba encontrando momentos cotidianos que los filósofos y místicos de todos los tiempos han insistido en señalar como las verdaderas puertas de la realidad interior del ser humano, que es a donde realmente apunta nuestra atención (la de todos). Allí no había gurús con las piernas cruzadas y un incienso de moda; Allí estaban las meditaciones cotidianas.

"¿Recordamos lo que es aburrirse antes de echar mano al teléfono o de poner alguna de las diez series pendientes?"

Desde Parménides hasta Byung-Chul Han, pasando por maestros orientales como Ramana Maharshi o físicos cuánticos como Schrödinger y sus curiosos textos humanistas casi desconocidos (publicados por Tusquets en español), todos han señalado que llevamos extraviándonos desde hace siglos (no es novedad), y la solución última es recuperar la mirada interior, la observación atenta de las profundidades y oscuras interioridades del ser que nos hemos negado a aceptar.

Con esto no quiero decir que todo tiempo pasado fue mejor, porque eso no es cierto (que se lo digan a los emperadores romanos), pero estamos perdiendo la capacidad de conectar con esa interioridad a la que han señalado los grandes seres humanos de la historia, y ese camino no se puede recorrer si no somos capaces de prestarnos atención.

Cuando empecé a profundizar en aquellos momentos cotidianos, aparecieron gestos tan poco habituales, hoy, como el aburrimiento ¿Recordamos lo que es aburrirse antes de echar mano al teléfono o de poner alguna de las diez series pendientes? El asombro es otro gran momento que nos descubre esa mirada interior, pues no hay filosofía sin alguien que se asombre, como decían en la Antigua Grecia. Y luego llegaron a mi mesa el silencio, la intuición, el perdón, el descubrimiento de lo bello, la creatividad… surgieron más de una docena de meditaciones cotidianas usadas a lo largo de la historia. En todas ellas se puede adivinar una invitación a que nos preguntemos: ¿nos estamos olvidando de algo en esta neurótica carrera hacia ninguna parte?

"¿Un proceso de transformación interior, el cultivo de la atención? ¿Qué es eso, la nueva serie de Netflix?"

El libro iba a explicar las bases de lo que para mí significa meditar (ya habrá tiempo de eso), y se ha acabado convirtiendo en una mano que señala al centro de la mirada humana. Allí está la llave que nos devolverá nuestra mismidad: la atención. Una llave que nos están robando y que, como sigamos permitiéndolo, seremos testigos de la primera generación sin atención de la historia.

Una sociedad que no sabrá habitar el presente, a la que la frustración le destrozará los sueños antes de empezar a vivirlos… donde todo tendrá que ser a la primera, rápido y para ya… ¿Un proceso de transformación interior, el cultivo de la atención? ¿Qué es eso, la nueva serie de Netflix? ¿Te imaginas a Odiseo subiéndose a un avión privado con sus criptobrothers para ahorrarse el épico viaje a Ítaca que lo convertirá en un ser humano verdadero? Tú y yo sabemos que, si vamos en esa dirección, la vida no puede salir bien.

Y por esto escribí este libro, para que Odiseo no se suba a un avión y se ahorre el viaje a Ítaca porque, si lo hace, la humanidad está perdida.

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Autor: Tony Rham. Título: Las meditaciones cotidianas. Editorial: Kairós. Venta: Todostuslibros.   

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