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La dignidad de Sergio Pitol

La dignidad de Sergio Pitol
“Postrado en la cama, con úlceras en la espalda, con una infección urinaria, sin ropa en el armario, con puros andrajos y con la alfombra de su habitación oliendo a orín de perro”. Así describía en 2016 Laura Demeneghi, sobrina de Sergio Pitol, el estado en que encontró al autor de El mago de Viena, quien a raíz de una afasia degenerativa estaba entonces al cuidado del Departamento de Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de su natal estado de Veracruz, operado entonces por Karime Macías, esposa del exgobernador Javier Duarte, ahora encarcelado por corrupción. Su familia, encabezada por Luis Demeneghi, primo de Pitol, ha batallado desde entonces por recuperar no solo la salud del escritor, sino su patrimonio, que entre dimes, diretes y pleitos judiciales, va de mano en mano e, incluso, de ladrón en ladrón, pues ahora mismo nadie sabe dónde está la medalla que le fue otorgada como reconocimiento por haber sido galardonado con el Premio Cervantes, y muchas de las joyas bibliográficas que atesoraba en la biblioteca de su casa en el centro de Xalapa se han esfumado, aunque alguien asegura haber encontrado a un vendedor de libros que ofrecía una edición de El llano en llamas dedicada a Pitol por el propio Juan Rulfo.
"¿Por qué uno de los más grandes autores mexicanos del siglo XX es tratado como un simple documento?"
Entre otros perpetradores, la familia señala a un tal Rodolfo Mendoza, cercano a Pitol desde 2011, como un operador intestino dentro del conflicto por la tutoría patrimonial, y le acusa de llegar a despedir a doña Yola, el ama de llaves que cuidó y atendió a Sergio durante 24 años. Pero los problemas de Pitol no terminan ahí. Ahora mismo, cuando el escritor acaba de celebrar el pasado 18 de marzo 85 años de vida, me entero de que la Universidad Veracruzana (UV) se niega a pagar a Luis Demeneghi las regalías y la pensión de quien sigue ostentando el cargo de profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de ese centro de estudios. Y le niega, también, algo mucho más elemental y vital para él: los servicios de salud que otorga la universidad, pues sin los comprobantes de pago, Pitol no puede tener acceso a ellos. Pero la UV, a pesar de una notificación judicial, sostiene que el DIF es el tutor legal del personaje y se lava las manos, así de sencillo. ¿Por qué uno de los más grandes autores mexicanos del siglo XX es tratado como un simple documento? ¿Por qué ninguna de esas instituciones, tanto nacionales como internacionales, que tanto alabaron su valía, que se han vestido de gala con su nombre, mueve un dedo por él ahora que más lo necesita? ¿Qué tiene que pasar para que los Estados y sus instituciones se tomen en serio la dignidad de las personas?
SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, VOZ VIVA
El 6 de abril se cumple un año de la muerte del narrador y ensayista Sergio González Rodríguez (1954-2017). Dos obras póstumas siguen situándolo en la actualidad literaria mexicana: Amigas: los años noventa fueron mejores (Almadía) y Teoría novelada de mí mismo (Literatura Random House). Pero sin duda es su trilogía compuesta por Huesos en el desiertoEl hombre sin cabeza y Campo de guerra (Premio Anagrama de Ensayo 2014), que remata Los 43 de Iguala a manera de coda —obras dedicadas al estudio de los fenómenos extremos de las sociedades actuales y donde se reveló como uno de los más lúcidos analistas de la violencia que asuela el México actual—, los libros que mantendrán su nombre vigente durante muchos años, pues el infortunio de su prematuro fallecimiento no impedirá que gracias a la vitalidad de su obra, que es una de las medidas del genio literario, siga ejerciendo su poder de penetración e inteligencia por encima de su época, recordándonos, a pesar de los poderes oscuros que quisieron silenciarlo con sus amenazas y cobardes ajustes de cuentas, lo anotado por él con tinta roja para que se entienda lo escrito con tinta negra.
 
RAFAEL PÉREZ GAY, EL OFICIO DE CONTAR
Los lectores mexicanos apuran la lectura de un libro que está pasando de mano en mano con excelente velocidad de crucero: Arde, memoria (Tusquets), antología personal de Rafael Pérez Gay (1957), en la que reúne sus cuentos, relatos, crónicas periodísticas y textos súbditos vinculados a distintos escenarios, para cuya selección tuvo que rastrear en su extensa obra de narrativa breve y donde aparecen el joven que fue y que ya no puede comparecer ante sus lectores y el escritor de hoy, que trabaja como un ateo para el que la memoria es su único dios. 
"La obra, me susurra el gran columnista mexicano Gil Gamés, refleja la evolución de este autor que no distingue entre periodismo y literatura."
La obra, me susurra el gran columnista mexicano Gil Gamés, refleja la evolución de este autor que no distingue entre periodismo y literatura —como decía García Márquez, un reportaje debería estar tan bien escrito como un cuento y un cuento tener toda la fuerza de un reportaje—, y que nos descubre a un escritor obsesionado con temas como la familia, los asuntos reales que parecen ficticios y los ficticios que parecen reales, el impulso urbano y los territorios de la Ciudad de México, y una constante reflexión acerca del tiempo que viene y va como un péndulo en el que Pérez Gay ha sabido moverse durante 30 años con una prosa directa, desenfadada, irónica y cuidadosamente elaborada y pulida en la que rinde homenaje a la literatura, a la escritura como oficio y a la lectura como actitud vital, resumen del origen del que todo escritor, como él mismo, proviene.
 
MUERTE AL MEJOR SISTEMA PÚBLICO LIBRERO MEXICANO
Un hombre de letras que conoce a fondo el mundo cultural mexicano me asegura que, pese a tener uno de los mejores conjuntos de leyes e instituciones culturales de todo el continente americano, México padece en estos momentos un grave problema: “Hacienda está ahogando la lectura”, dice, y me pone un ejemplo: el Estado mexicano tiene una cadena de librerías, Educal, con 84 sucursales en todo el país, indispensable porque está en ciudades donde no existe otra librería, y no solo eso, sino que está también en muchos museos del país. La cuestión, relata este enterado, es que las grandes y pequeñas editoriales le dan los libros a Educal, que los vende, y ese dinero obtenido de la venta, en lugar de pagarlo a las editoriales, lo da a Hacienda. Pero Hacienda, mediante un juego malabar, no acaba de pagar a los acreedores, es decir, los libreros, con lo que los editores están financiando no solo a Educal, ¡sino a Hacienda! Con este panorama, los editores están dejando de distribuir sus novedades por medio de Educal. Y al final quienes pagan el pato son los autores —cuyas obras no llegan más allá de las grandes urbes— y los lectores —que no pueden acceder a una variada oferta literaria—, porque a Hacienda no le importa un pimiento que se hunda el mejor sistema de servicio público librero que hay en México. Como dicen en España: están haciendo un pan como unas hostias.