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La experiencia You-Feeling (II): Tener un hijo enfermo

La experiencia You-Feeling (II): Tener un hijo enfermo

«¿Necesitas refrescar tu existencia durante unos días? U-feeling es la experiencia absoluta. Olvídate de tu viejo yo y disfruta de las sensaciones inolvidables de tener un cuerpo virgen. ¡Tú eliges quién quieres ser!”. 

Así reza la publicidad de esta nueva empresa internacional que ha aterrizado en la capital para comercializar —nadie para el progreso— el intercambio de cuerpos. Se acabó la guerra de sexos, la guerra de clases, adiós a la xenofobia. U-feeling te abre la mente convencida de que con su tecnología puede propiciar la aproximación de enemigos irreconciliables y acercarnos a la paz universal, esa vieja utopía kantiana que parece por fin al alcance de la mano. Empatía, ese es el producto que comercializa.

La experiencia U-feeling estará disponible en diciembre de 2021, pero ya puedes conocer su decálogo, las diez normas fundamentales de You-Feeling.

En el primer capítulo, Momar Mbayé ha explicado a nuestra pareja de policías cómo entró en contacto con la empresa You-feeling, y cómo el Gerente de la misma le propuso participar en una experiencia intercambialista especialmente bien remunerada, donde su cuerpo serviría para actividades ilegales… una propuesta que, en un principio, Momar declara haber rechazado. 

Y a continuación reproducimos el segundo capítulo: Tener un hijo enfermo.

Transcripción de la declaración de Momar
Mbayé ante la agente del departamento de
Delitos Tecnológicos Angie Peña González
(número profesional Y-212336) y en
presencia de la inspectora de Policía
Estatal Julia Gordon
(número profesional X-2347544).

comisaría Centro

                                                                       jueves 20 de junio, 21:43

—Yo no pensaba volver nunca a You-feeling, y de hecho me olvidé de inmediato de todo este asunto de intercambio de cuerpos porque tenía que incorporarme a una obra en la que andaba trabajando en el centro de Madrid.

—¿Dónde, exactamente?

—Un edificio en la Ronda de Atocha. Cerca del Museo Reina Sofía. Allí estuve el resto del día. Y también el siguiente, que fue cuando ocurrió lo que uno nunca espera que ocurra pero que es previsible dadas las circunstancias en las que trabajamos. Hubo un accidente.

—¿Cómo fue?

—Por la tarde. Estábamos allí unos compañeros búlgaros y yo y dos sobrinos míos de quince y dieciséis años que a veces curran conmigo. Nos pusimos a cargar con unas vigas metálicas con las que había que llenar el hueco de las escaleras para colocar, apoyándose en ellas, los futuros peldaños. Por el momento solo estaban los pilares y la estructura de hormigón armado. Pero ya íbamos solando alguna de las plantas y teníamos los muros de ladrillo levantados. Para las escaleras había que colocar esas vigas al biés y en paralelo, y luego a cada poco formar a diferentes alturas los peldaños, ya con ladrillos en horizontal.

—Sigue.

"Muchos no tienen ni papeles. Y los que sí, estamos sin curro. Yo soy negro. Con el poco trabajo que hay para nosotros desde los disturbios, Íbañez sabía que estaba necesitado"

—Estábamos con las vigas, y en algún momento la cosa se puso delicada. Hubo un tropiezo: a uno de los búlgaros se le cayó la viga encima. Yo no lo vi, porque estaba en el piso de arriba con mis sobrinos. Pero oí el ruido y las voces de alarma, y luego los gritos del encargado de la obra, Ibáñez. Todos dejamos lo que estábamos haciendo para asomarnos. Debíamos de ser una quincena de trabajadores en el edificio. Era evidente, oyendo los gemidos, que se trataba de algo grave. En el piso de abajo, el búlgaro estaba lívido. Tenía el pantalón encharcado en sangre y apretaba los dientes.

”El pobre hombre se tapaba la cara para que no le viésemos llorar, pero le costaba contener las lágrimas y uno de sus compatriotas le decía algo en su idioma a lo que el tipo apenas contestaba. Enseguida se oyeron los gritos del encargado, que con un vozarrón grueso empezó a cagarse en su madre. Gritó que les había dicho ocho veces que tuviesen cuidado con la puta viga, que a ver qué podía hacer ahora. Los puso a caer de un burro mientras los dos únicos españoles de la obra intentaban que no se sulfurase tanto. Pero Ibáñez no paraba. «¡Joder, esto pasa por contratar indocumentados, hostia!». Meneó la cabeza con un disgusto que no presagiaba nada bueno. Ibáñez tiene como cincuenta años: es un tipo corpulento, barrigudo, de esos que tienen la cara colorada de todo el alcohol que ingieren en la pausa para la comida. Yo me lo quedé mirando mientras al herido se lo llevaban entre dos personas y lo hacían desaparecer.

—¿Y no tenían seguro? Me imagino que están preparados para ese tipo de accidentes laborales.

—Imaginas mal. Todos trabajábamos en negro.

—¿Tú también?

—Yo el primero. Por eso nos cogen. Muchos no tienen ni papeles. Y los que sí, estamos sin curro. Yo soy negro. Con el poco trabajo que hay para nosotros desde los disturbios, Íbañez sabía que estaba necesitado. Hay una plaza en Villaverde adonde llega la gente indocumentada que quiere trabajar. Ahí van los que necesitan sacarse unas perras como sea. A mí me habían echado de mi curro como mozo de almacén en una tienda de bricolaje y hacía unos meses que iba.

"Es un tinglado ilegal, lo de Ibáñez, pero se tolera. Y más en los últimos tiempos. Villaverde ahora mismo es como una olla a presión"

”Me había tocado un ERE y me estaba costando volver a encontrar trabajo: insisto en que a los inmigrantes nos cuesta el doble que a los españoles y aunque yo hacía años que no había vuelto a trabajar en la construcción, dado que necesitaba el dinero, por lo de mi hijo, llevaba más de un mes con Ibáñez. Él es quien cada vez que arranca una obra se pasa por Villaverde a primera hora con un par de furgonetas y, según las necesidades, se lleva entre cinco y diez personas que siempre aparecen por ahí. En épocas de crisis hay incluso alguno que se queda a dormir en el parque para estar entre los primeros. Es un tinglado ilegal, lo de Ibáñez, pero se tolera. Y más en los últimos tiempos. Villaverde ahora mismo es como una olla a presión.

—Pero tú hace años que estás en España. ¿Cómo es que no consigues un mejor trabajo?

—Porque con la nueva Ley de inmigración lo ponen cada vez más difícil. En parte, las revueltas son por eso. La gente está harta de esperar permisos para trabajar legalmente. No es fácil conseguirlos, y menos en tiempos de crisis, con lo cual muchos recurren a tipos como Ibáñez. Yo lo conozco desde hace tiempo, porque mis hermanos han trabajado mucho para él, y él confía en mí y en mi familia. Cada vez que me ve, suele escogerme entre los primeros. No tengo que precipitarme, como otros, para entrar en la furgoneta. Si alguno se agolpa por delante, Ibáñez les hace apartar para dejarme pasar. Y el negocio le funciona. Vaya si le funciona. Todo funciona bien hasta que las cosas se tuercen.

—Como siempre. Pero tampoco vamos a decir que no se lo tenga merecido.

—Ese día enseguida nos dimos todos cuenta, por los gestos del búlgaro, de que no podía moverse. Entre sus compañeros consiguieron sentarlo. Él golpeaba con la mano en el suelo, igual que hacen los futbolistas en el césped cuando se hacen daño de verdad. Ibáñez les dijo a los búlgaros que se lo llevasen antes de que apareciese el aparejador. Lo importante cuando ocurren accidentes laborales es que no se entere la persona que contrata la obra de que los trabajadores no están cubiertos por ningún seguro. Ibáñez siempre jura a los aparejadores que estamos todos cubiertos y que todo es legal, pero en el noventa por ciento de los casos es mentira. Obviamente, no le cuesta lo mismo.

"Dice que búlgaros y rumanos siempre se la acaban liando, mientras los subsaharianos no"

”Según se iba, Ibáñez le dio un fajo de billetes al búlgaro que acompañaba al herido, que seguía llorando de dolor. «Para los gastos del hospital. Que se cuide. Pero que no vuelva a aparecer por aquí». A los demás nos voceó que continuásemos con lo nuestro, que no había sucedido nada. Así hicimos. Pero Ibáñez se había quedado con mi matrícula. Y ya cuando terminamos la jornada, en el momento de cambiarse, que es cuando nos paga, me dejó para el final. Después de darme los billetes acordados me pidió que me quedase un momento. Yo era el último. Los búlgaros y mis sobrinos ya se iban. Una vez a solas, Ibáñez me advirtió:

—Lo que has visto hoy es como si no hubiera sucedido. Si alguien te pregunta ya sabes lo que hay que contestar.

”Yo asentí, pero él no parecía convencido. Ibáñez me ha tenido en otras obras. Él sabe cómo reacciono cuando hay problemas. Siempre procuro poner paz entre los trabajadores y los jefes. Nunca le he hecho ninguna jugarreta. Cumplo con una seriedad ejemplar, igual que mis hermanos. Él nos ha felicitado en alguna ocasión. Y cada vez que llega con la furgoneta, si me ve me coge entre los primeros. Se conoce mi nombre, cuando os aseguro que no se conoce el de casi nadie. Además, tiene buen concepto de los africanos. Nos considera más fiables, mejores trabajadores que los del Este. Dice que búlgaros y rumanos siempre se la acaban liando, mientras los subsaharianos no. Pero esa confianza que generalmente juega a mi favor en esta ocasión lo hizo en mi contra, porque me miró a la cara. «El problema es que eres demasiado honrado, Momar, joder. No sabes mentir… Eso es un problema».

”Me miró otra vez. Dijo: «Aguarda». «¿Qué?». Dice: «He cambiado de opinión. Lo mejor es que no vuelvas». Me quedé helado. No me lo esperaba. Le hice ver que tenía un hijo enfermo. «Por favor, Ibáñez. No me hagas esto ahora mismo. Macho, sabes que sé mantener la boca cerrada. Nunca os he dado problemas de ningún tipo». Pero él, aunque le costaba mirarme a la cara, siguió meneando la cabeza. Dijo que me trasladaría pronto a otra obra pero que por el momento al día siguiente no volviese.

”Mi estado de ánimo, según salí a la calle, era malo. Mis sobrinos ya se habían ido por delante. Los dos estaban a esas horas metidos en el tren de cercanía de regreso al barrio. En Ronda de Atocha había un montón de gente con mascarilla antipolución, y me mezclé con la multitud con una sensación ominosa. La mascarilla a algunos les molesta, pero en ese momento a mí me agradó porque me hacía sentir más anónimo. Por el camino, no podía acabar de creer lo que había sucedido. No dejé de darle vueltas a mi mala suerte y pensé en a quién podía acudir para pedir trabajo, porque no podía quedarme sin ganar un salario. Ya en la estación, me dirigí a los andenes de cercanías. Me metí en el vagón. Miré alrededor, deprimido.

”De entrada, ni siquiera encendí el móvil. Tenía miedo a encontrarme con los mensajes de mi mujer. Cuando lo hice, había un montón de guasaps de Tsitsi. Ella sabía que yo solía encender el móvil nada más terminar de trabajar y llamarla. Esta vez no lo hice. No sabía muy bien qué contarle y, cuando apareció su nombre en pantalla, solté una larga inspiración…

—Sigue, por favor.

—Al final, cogí la llamada. Tsitsi me recriminó que hubiera estado todo ese rato desconectado y no me atreví a contarle la verdad. Le dije que me había quedado sin batería, que hasta entrar en el vagón no pude recargar el móvil. Ella me notó raro porque enseguida pasó a preguntarme: «¿Ha ocurrido algo?». No sé si es todas las mujeres, pero Tsitsi tiene mucho de bruja. Yo nunca he sabido mentir. Gruñí: «Nada». Como ella insistía, se lo conté. «Me he quedado sin curro. Me han despedido. Me han dicho que mañana no vuelva a la obra. Lo siento». Os aseguro que no tardé ni dos segundos en lamentarlo. ¡En buena hora se me ocurrió sincerarme! Tsitsi puede ser muy comprensiva para otros asuntos, pero todo lo que tiene que ver con el trabajo se lo toma siempre muy a pecho.

”Sus padres llegaron en patera, como los míos, y ella también sabe lo que es la miseria. Si hay algo a lo que tiene miedo es a perder el trabajo, porque conoce lo que viene detrás. Todos los que hemos conocido la miseria tenemos un miedo cerval a caernos, porque la mayoría no tenemos red y vivimos al día. Cualquier turbulencia nos afecta de una manera que quien no ha conocido la pobreza no entiende. El pobre es pesimista por necesidad y nunca recupera esa confianza en que las cosas pueden ir bien que puede tener quien no ha sufrido penurias. El pobre piensa que, cuando las cosas han ido una vez mal, siempre pueden volver a ir mal.

"En ese momento reconozco que saqué la tarjeta que me había entregado el Gerente de You-feeling. La llevaba en la billetera"

”Tsitsi ya ha vivido en Villaverde varias crisis económicas y siempre ve las cosas en negro. Lo primero que me gritó fue que nunca debió de juntarse con alguien como yo, que ya se lo había dicho su padre, que no llegaría nunca a ningún lado. Después rompió a llorar. Yo sabía que era un desahogo. Procuré decirle lo habitual: «Tranquilízate, no te preocupes, me han prometido que me conseguirán otra obra». Pero yo mismo sabía que mentía. Conocía a Ibáñez. Le había visto funcionar y la manera en la que me había hablado me hacía sospechar que no me iba a coger más. Y en el contexto actual nadie más me contrataría. Para más inri, Tsitsi se puso a gemir que ningún banco nos iba a conceder el crédito que necesitábamos para ingresar al crío en el hospital.

—¿Y en ese momento te acordaste de la oferta de You-feeling?

—En ese momento reconozco que saqué la tarjeta que me había entregado el Gerente de You-feeling. La llevaba en la billetera. Le estuve dando vueltas mientras visualizaba mis diferentes alternativas. Hay quien, en mi situación, opta por vender un riñón o un órgano vital en momentos de necesidad. Pero yo necesito un cuerpo en condiciones para trabajar. Ceder un órgano era pan para hoy y hambre para mañana.

—¿Por qué no tiraste la tarjeta?

—Porque procuro, cuando puedo, tener un máximo de opciones. La gente como yo no tiene muchas. Hay que valorarlas. No se cierra una puerta hasta que no se tiene otra abierta. Yo no tengo red. Procuro ser cauto.

—¿Y llamaste al Gerente?

—No de inmediato. Todavía confiaba, pese a todo, en conseguir un trabajo decente. You-feeling era la última opción. Antes quería descartar las restantes. Pero a la mañana siguiente, cuando pasaron las dos furgonetas de la empresa de construcción que os digo por la plaza de al lado de mi casa, mientras que normalmente yo era de los primeros a los que Ibáñez cogía, esa madrugada no lo hizo. A mí no me sorprendió. Pero pensé que si le demostraba que no tenía nada que temer, en algún momento cambiaría de opinión. Aun así, procuré buscar otro trabajo. Contesté a las ofertas que veía en los bares y en las tiendas del barrio.

”Pero cuando vi que no salía nada, por el miedo que la gente nos empezaba a tener, y sobre todo cuando a los tres días Ibáñez volvió a ignorarme y a dejar pasar a los demás antes, entonces supe que estaba acabado. Yo había visto funcionar a Ibáñez. Sabía que no me cogería ni ese día ni ningún otro. Todavía me acerqué una última vez, visto que no me daba nadie trabajo. Y ya cuando hice intento de colarme violentamente en la furgoneta, me gritó: «¡Apártate, negro, que aquí no te quiere nadie!». A mí siempre me ha llamado por mi nombre o Pogba III, por el jugador de fútbol al que dice que me parezco. Nunca me ha llamado negro. Esa tarde, además, me enteré, por los vecinos búlgaros, que habían tenido que amputarle la pierna al tipo al que se le había caído la viga encima. Estaba claro que Ibáñez quería cortar todo vínculo posible con lo sucedido.

—¿Nadie lo denunció a la policía?

—En mi barrio eso no se hace. Mucha gente no tiene papeles. Todos temen que les deporten. Por eso se evita al máximo el roce con la autoridad, que de todas formas es el altavoz de la mayoría blanca acomodada. Es la mejor manera de ahorrar problemas, de evitar las posibles represalias de las empresas y los patrones.

—Y ya habrás visto adónde os lleva, y dónde acabáis cuando estáis desesperados. Me gustaría convenceros de que hacéis mal, pero sigue.

"Viendo que la condición de mi hijo empeoraba y que los lloros de mi mujer no cesaban, decidí que la mejor solución era ceder mi cuerpo para ese intercambio Plus"

—Hay poco más que decir. Supongo que tras una semana tormentosa de escuchar los lamentos de Tsitsi y de patearme todas las oficinas de empleo y los lugares en los que normalmente se nos coge y donde ahora, siguiendo las consignas de los partidos extremistas, que priorizan a los nacionales, se nos evita, como una forma de boicot, me quedé sin las salidas habituales. Viendo que la condición de mi hijo empeoraba y que los lloros de mi mujer no cesaban, decidí que la mejor solución era ceder mi cuerpo para ese intercambio Plus.

—¿Cuándo tomaste esa decisión?

—Diez días después de que sucediese el accidente. Si visité You-feeling un lunes, esto sería el jueves de la semana siguiente. Jueves trece.

—¿Te cogió la llamada el propio Gerente?

—A la primera. Se acordaba de mi nombre. Se mostró encantado con que hubiese reconsiderado su propuesta. Dijo que había estado esperando mi llamada todos esos días. Viendo por lo que pasaban los afroespañoles, con el boicot laboral, intuía que acabaría contestando. Dijo que él en mi caso no habría dudado y me planteó, vista mi situación, luchar para que las condiciones económicas me fueran lo más favorables posible. Me preguntó por mi hijo y se mostró apenado cuando le dije que estaba mal. «Eso lo resolvemos el día mismo del intercambio. Has tomado la mejor resolución, Momar. Eres un buen padre. Puedes sentirte orgulloso. Lo que tienes que hacer, ahora, es leer las instrucciones que te voy a enviar enseguida y firmar el contrato que te llegará con ellas. Pero ya sabiendo que estás de acuerdo, si me lo permites, voy a hablar con mi cliente y os reservo una fecha lo antes posible…». Él hablaba en todo momento como si estuviese de mi parte, como si estuviese ahí para resolver mis problemas. Me dijo que todos, absolutamente todos los que lo habían hecho antes, habían acabado satisfechos. Alguno incluso llamaba para repetir.

—De modo que aceptaste.

—El Gerente me dijo que me enviaría esa misma tarde mensajes encriptados seguros por el canal You-feeling y que utilizase el mismo medio para enviar de vuelta mi confirmación y el contrato con mi firma digital escaneada. El contrato era muy profuso y difícil de entender. Cuando me llegó al móvil, apenas unas horas después, lo leí. Lo devolví firmado, siguiendo las indicaciones que daban en el correo electrónico. Después quedé en espera de que me confirmasen la fecha del intercambio, y mientras tanto me hicieron una primera transferencia, como muestra de buena fe, y para que pudiésemos alimentar el cuerpo según la dieta recomendada en sus folletos.

—¿Qué dieta era?

—Muy carnívora. Con complementos alimentarios y mucho hierro: al parecer es importante para el intercambio. Además había una serie de prohibiciones, como el alcohol y las drogas, y una rutina de ejercicios diarios. Todo estaba muy controlado.

—¿Y cumpliste con esa rutina?

"Alguno pensará que hemos vendido de antemano los órganos de mi hijo. Pero nada de eso lo hemos hecho ni lo haremos nunca"

—A rajatabla. Y ellos también cumplieron con su parte. La tarde misma que firmé el contrato, me llegó un primer ingreso de tres mil euros. Eso tranquilizó a Tsitsi y nos permitió comer bien esa semana, con mucha proteína, mucha carne. Cada noche por primera vez en meses comimos chuletón, solomillo de ternera o cerdo. Cada día, al menos una de las comidas era suculenta, cosa que por cierto sorprendió a los vecinos, que no dejaron de comentarlo. Ya sabéis cómo son los vecindarios. En el mío, todos tienen problemas económicos. Algunos están jodidos o porque han perdido un hijo en las revueltas o porque lo tienen en la cárcel, como mis hermanos. En ese contexto, que nos fuera tan bien era mosqueante. Hubo que buscar excusas vagas y absurdas. Tsitsi acabó yendo a comprar en otro barrio, por no generar envidias. Muchos concluyeron que estaba puteando. Y alguno pensará que hemos vendido de antemano los órganos de mi hijo. Pero nada de eso lo hemos hecho ni lo haremos nunca.

—¿Esos mensajes que intercambiaste con You-feeling están encriptados? ¿Se pueden recuperar?

—Lo intenté, pero resulta imposible. Son muy buenos para eso. Es su principal negocio, y su canal de mensajería electrónica está blindado. Los borrados son inmediatos. Forman parte de sus protocolos de seguridad. Ni siquiera se puede hacer una captura de pantalla. No funciona con ellos.  Deben de tener un contrato con las compañías telemáticas.

—¿Tu mujer estaba al tanto de las condiciones en que se daría el intercambio?

—A Tsitsi jamás le conté que fuera a implicar ningún acto criminal, aunque le dije que no sería inocuo. Ella notó que no quería hablar. Seguramente sospechó que podría ser algo no muy agradable, pero a la vez estaba demasiado satisfecha con tener dinero. Yo fui un tanto vago en lo que le decía. Y ella aceptó por lo mismo que yo: estábamos absolutamente focalizados en nuestro hijo y además en un momento en el  que las revueltas no cesaban y con cada vez más vecinos considerando regresar a sus países de origen, visto las muchas dificultades y el poco empeño del gobierno en que la situación cambie. A Tsitsi ese niño es lo que más le importa. Lo tuvimos muy jóvenes. Para ella es el centro de su vida. Más que yo. A mí su nacimiento me desplazó. Y encima la maternidad se exacerba cuando el crío es frágil y necesita protección. ¿Sois madre alguna de las dos?

—No.

—Pues entonces ninguna podéis saber lo que es.

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Capítulo anterior: Un hombre llamado Momar

Próximo capítulo: Las reglas

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