Una gota de pintura roja resbala por un pedestal mientras la reina inaugura la Feria de Arte Contemporáneo. Un escolta moja el pañuelo, se lo acerca a la nariz y pide por radio alerta de nivel uno. La escultura hiperrealista que corona el autorretrato del artista invitado no es una escultura: es su cabeza sangrante. Lo que sigue son ciento noventa páginas contadas hacia atrás, como una flecha que se dirige hacia el único dato que importa, que no solo es quién lo hizo, también por qué.
La primera es que existe una mirada. Desde la página inicial —esa revelación sobre quienes pretenden la fama y sobre quienes la evitan— se sabe que quien escribe ha mirado al mundo por su cuenta y no ha vuelto tranquilizada. Es una perspectiva desgarrada y a la vez lúcida, sin la autocompasión o la truculencia que suelen acompañar a lo primero, ni la frialdad que suele acompañar a lo segundo. Su mejor encarnación es Ana Dema, la psiquiatra que acaba tirando del caso: pelo blanco, prematuro desde una noche de verano en un coche con las puertas bloqueadas, taekwondo, marihuana, Vespa e incapacidad confesa de poner distancia con sus pacientes. Ana podría haber sido un catálogo de tics, pero es, en cambio, una conciencia: desprecia a casi todo el mundo, pero sigue creyendo en la lealtad, en los favores que no se facturan, en que la gente que sufre merece que alguien la acompañe a comisaría. Ese resto de fe es lo que impide que el libro se convierta en una pose.
La segunda razón es un estilo potente, sin concesiones, seco cuando toca, pero plenamente literario: hay imágenes que se quedan —las mujeres de la Feria que reaparecen cada año, como las golondrinas, el dinero antiguo que se esconde, pero nunca lo suficiente, la casa donde solo hay dinero en las paredes—. La autora ha leído novela negra clásica y se le nota en sus decisiones formales: el peso del diálogo, las descripciones resueltas en dos trazos y en que nadie explica lo que el lector puede deducir. Además, Guerra tiene el don más difícil de todos: mantiene su personalidad y al mismo tiempo da voz propia a cada personaje. El inspector Millán Ariza, galán trasnochado con mirada de tristeza infinita, no habla como su subinspector Teo, que interroga a base de groserías afectuosas. Ninguno de los dos conversa como el marchante, que se traiciona en una frase y se corrige tarde; ni como el catedrático que desmonta en televisión el negocio entero, mientras el presentador le ríe la gracia sin entender que le está llamando cómplice.
La tercera es la estructura. Es una novela negra de manual en el mejor sentido: un enigma, un cadáver imposible, una investigación que avanza por acumulación de pequeños hallazgos. Pero aquí el enigma es una excusa para enseñar un mundo. Caben el galerista que se queda la mitad, el constructor coleccionista al que una vez le encontraron cien kilos de cocaína en sacos de cemento y hoy preside una de las mejores colecciones del país, la burbuja del arte contemporáneo, explicada con la contundencia de quien la ha visto de cerca, y una sociedad madrileña retratada en sus pliegues y repliegues: quién invita a quién, quién hereda, quién finge. La comparación entre un cuadro de un millón de euros y un bolso de Louis Vuitton es de las que dejan marca.
Debajo de todo eso hay una profunda reflexión sobre el secreto y la mentira, los móviles del mundo. Nadie queda a salvo de ellos en este libro, sea por vergüenza, por dinero, por amor, por costumbre. Y la solución del caso no consiste tanto en descubrir una mano culpable como en descubrir una autoría. Cuando llega, el lector entiende que la decapitación era lo de menos.
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Autor: Natalia Guerra. Título: Guardaré tu última sangre. Editorial: Siruela. Venta: Todos tus libros.


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