Inicio > Libros > Narrativa > El chico de los recados

El chico de los recados

El chico de los recados

De entrada, William Boyd parece un autor idóneo para escribir una novela de espías. Nacido en Ghana (1952) y con infancia africana, universitario en Niza y en Oxford, ha ambientado sus libros en continentes distintos, ha viajado por países del primer mundo y por otros que hasta hace poco se llamaban exóticos, conoce los ambientes internacionales y su escritura tiene un elegante tono cosmopolita que no se puede adquirir solo desde Google Maps.

Su última obra publicada en España, La luna de Gabriel (Alfaguara, 2026), es una original novela de espías, de esa curiosa variante en la que un hombre corriente se ve envuelto en una intriga que lo supera y que lo obliga a dar lo mejor de sí mismo, lo cual resulta más emocionante que si el protagonista fuera un profesional tipo James Bond.

Ambientada en 1961, en el corazón de la Guerra Fría, en ese año tan complicado en que se acumularon la crisis de los misiles en Cuba, el asesinato en el Congo de Patrice Lumumba, la construcción del Muro de Berlín y el sorpasso de Rusia a Estados Unidos en la carrera espacial con el envío al exterior del primer astronauta, Yuri Gagarín, es una historia bien vertebrada, de huesos firmes, que a ratos parece una novela ligera, pero en la que suceden hechos graves que revelan su profundidad.

"Su protagonista, Gabriel Dax, es un escritor de viajes sin demasiado éxito, con pinta de poeta que pasa hambre. Un tipo amable y bondadoso, normal y corriente"

Y como en todos los buenos relatos de espías, por encima de los secretos y mentiras, de las estrategias y las traiciones, aquí destaca de nuevo el indomable factor humano, el conflicto entre la lealtad a la ley y la lealtad a un ser querido que tan buenas obras ha generado, desde Antígona a Albert Camus, y que E. M. Foster resumió de un modo ejemplar: “Si tuviera que elegir entre traicionar a mi país y traicionar a mi amigo, espero tener las agallas de traicionar a mi país”.

Su protagonista, Gabriel Dax, es un escritor de viajes sin demasiado éxito, “con pinta de poeta que pasa hambre”. Un tipo amable y bondadoso, normal y corriente, sin ninguna vocación de convertirse en el héroe de quien depende la salvación de la comunidad. La elección de ese oficio ya es un acierto de William Boyd, porque el escritor y el espía se parecen en muchos aspectos. Ambos crean mundos y personajes ficticios, pero el espía, además, los interpreta. De ahí que haya habido tantos escritores espías, desde Quevedo a Josep Pla, pasando por Defoe, Voltaire, Beaumarchais o Graham Greene.

El hecho de que Dax tenga esa profesión y proceda de un ambiente sin relación con los servicios secretos hace que no recaigan sobre él las sospechas y resulta más verosímil. Y como afirma uno de los personajes: “En mi oficio, la verosimilitud no tiene precio”. Dax representa al personaje del “chico de los recados” que un día, al sentirse utilizado, no se conforma con las propinas y comienza a indagar en la naturaleza de los mensajes. El “tonto útil” finalmente no es tan tonto ni tan sumiso y en momentos de peligro improvisa soluciones de las que no se había creído capaz que le permiten salir indemne. Ante el engaño demuestra una sorprendente capacidad de insurrección, lo cual le genera problemas, porque un espía no puede cuestionar las órdenes recibidas. Y aunque durante la novela muestra sus debilidades —¿pero quién no las tiene?—, eso mismo lo hace más humano.

"El mayor acierto de la novela es la creación de un protagonista tan complejo, con tantas contradicciones y tan lleno de vida"

A Dax se le ha instalado un ratón en el piso, al que intenta dar caza con trampas, primero, y con veneno y pegamento después… hasta que comprende que el animalillo se ha convertido en una metáfora de sí mismo. Así que no es necesario contar lo que ocurre cuando por fin lo atrapa.

A la postre, el mayor acierto de la novela es la creación de un protagonista tan complejo, con tantas contradicciones y tan lleno de vida, que Boyd ya está escribiéndole una trilogía a partir de los cabos sueltos que deja en esta primera entrega.

Pero no es el único personaje interesante. Lo son todos, que nunca resultan forzados en un papel funcional ni se limitan a ir detrás de la intriga llevando la cola del vestido para que no arrastre. Boyd mira fijamente a los ojos a todas sus criaturas, principales y secundarias, que es como miran los enamorados y los odiadores, los unos para amarse más y los otros para matarse, pero ambos para conocerse mejor.

William Boyd no es un estilista, aunque tampoco permite que su lenguaje se convierta en víctima de la acción. Su prosa es elegante y ágil, pero sin velocidad excesiva, porque para mirar bien hay que pararse a ratos. Despliega recursos con la función idónea, como el de hacer que el lector conozca la biografía del protagonista de propia voz mediante la transcripción de los diálogos con una psicoanalista, lo que permite describir tanto los acontecimientos como su interpretación. Y aquí y allá, sin ningún alarde, de cuando en cuando aparecen chispazos maravillosamente expresivos: los “plumones de humo” de un incendio, el “perfume almidonado de los jazmines madrileños”. Dicho sea de paso, una buena parte de la historia sucede en Madrid y en Cádiz, en cuyas descripciones carga las tintas negras en exceso, como si fuera la España del siglo XIX.

_______________________

Autor: William Boyd. Título: La luna de Gabriel. Traducción: Laura Martín de Dios. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros

5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios