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El primer abismo

La Antártica empieza aquí. Antes de Maniac, antes de Un verdor terrible —que tal vez sea su obra maestra—, está este primer libro: el Labatut germinal, el que aún no ha alcanzado la maestría pero ya es, en lo esencial, el mismo. Porque todos somos siempre los mismos. Un escritor que tal vez cree saber más de lo que verdaderamente sabe, pero siempre interesante. Hay en él algo del Eco de El péndulo de Foucault: esa conspiración de lujo, esa erudición que se enrosca sobre sí misma hasta volverse vértigo, la sospecha de que detrás de la historia oficial late otra historia secreta —militar, esotérica, científica— y que basta tirar del hilo para que el mundo entero se descosa.

Seis relatos atravesados por una misma corriente fría. Los nazis, siempre, agazapados ya en el primer cuento, donde un periodista joven persigue a un poeta candidato al Premio Nacional con un pasado oscuro, militar, antártico: el Bolaño más evidente, el de Estrella distante y Nocturno de Chile, el periodista que persigue al monstruo y descubre que el monstruo lleva uniforme. El avance científico, los límites del hombre, la locura, la ética. La enferma cuya piel se cubre de llagas y a quien la locura empieza, paradójicamente, a curarle el cuerpo: aquí Labatut se cruza con Mariana Enríquez y con Cronenberg, esa nueva carne que es siempre vieja, primordial, lo orgánico que se rebela y convierte el cuerpo en territorio del horror, body horror que no necesita gritar para ser insoportable.

El abismo y la mirada de Nietzsche atraviesan todo el conjunto: ¿hasta qué punto está fascinado Labatut por las criaturas que narra, por sus terribles abismos? Sus personajes son siempre los que se acercan demasiado al centro incandescente y se queman —el poeta con pasado nazi, la enferma del sanatorio, los militares perdidos en el hielo, el escritor que descubre que otro escritor, en otro continente, está escribiendo su misma historia sin saberlo—. Todos persiguen una revelación que los destruye, y todos son narrados con la misma distancia clínica, esa frialdad que es ya marca de la casa.

"Doble y coincidencia son la misma intuición vista desde dos ángulos: la literatura entendida como conspiración impersonal, las ideas como entidades que no se piensan, sino que nos eligen"

Aquí Labatut es todavía un escritor de terror, y de qué terror. La Antártida no es un lugar sino un umbral, una frontera donde la geografía deja de ser geografía y se vuelve revelación: Lovecraft late debajo de cada página del relato central, el polo como At the Mountains of Madness, el silencio blanco como única respuesta posible al horror chileno, al horror histórico. Y junto al terror cósmico convive el realismo histérico norteamericano, sobre todo el DeLillo de las grandes paranoias: la conspiración como forma del mundo, el estilo crispado y tenso, ese narrador en tercera persona casi omnisciente que se mueve por encima de los personajes con la frialdad de quien ya sabe el desenlace y se limita a desplegarlo. La combinación es rarísima y eficacísima: el frío cósmico de Lovecraft templado por la paranoia urbana de DeLillo, el horror antiguo dicho en la prosa más contemporánea posible. Labatut es ya, desde este primer libro, un escritor internacional: no pertenece a ningún sitio y por eso pertenece a todos.

Sobre esa base se despliegan las otras dos obsesiones que vertebran el libro. La primera es el doble —Club de campo, Países Bajos, Deseo—: la identidad como ficción frágil, la sospecha de que cualquiera podría estar viviendo otra vida sin saberlo, el trauma familiar entrevisto pero nunca explicitado, los padres como zona oscura. La segunda es la coincidencia como destino, que culmina en Deseo, el cuento más borgeano: dos escritores —uno argentino, uno chileno— escriben la misma historia sin contacto entre ellos, Pierre Menard reescrito por el azar, con Bolaño, Gombrowicz, Philip K. Dick, Pessoa y Burroughs como constelación de afinidades. Doble y coincidencia son la misma intuición vista desde dos ángulos: la literatura entendida como conspiración impersonal, las ideas como entidades que no se piensan, sino que nos eligen.

"Hay relatos memorables y otros menores, alguno con un cierre que no termina de cristalizar lo que la prosa había acumulado: el peaje del escritor todavía buscándose, todavía probando voces"

Narrador determinado, obsesivo, próximo al Bolaño de La literatura nazi en América —ese inventario apócrifo, esa erudición delirante— e incluso al de 2666 por la fascinación compartida por el abismo, por todo lo que aniquila. Pronto Labatut se acercará a la realidad más dura, a la historia nuclear, al progreso, a los nombres reales: Heisenberg, Schwarzschild, Grothendieck, Von Neumann. Aquí todavía juega con la ficción más libre y deja que sus personajes inventados arrastren el peso simbólico que después harán los científicos verdaderos, pero la operación es la misma: encontrar el punto donde la razón se quiebra y mirar lo que hay del otro lado.

El conjunto es irregular, como casi todos los primeros libros, y bolañesco hasta la deuda asumida sin pudor. Hay relatos memorables y otros menores, alguno con un cierre que no termina de cristalizar lo que la prosa había acumulado: el peaje del escritor todavía buscándose, todavía probando voces.

El azar, el tiempo, las normas no escritas de la vida. Eso es lo que Labatut persigue desde el principio. Un libro menor, sí, comparado con lo que vendrá, pero un libro donde ya está todo. Leerlo después de Maniac y Un verdor terrible permite entender que el escritor no se hace: se descubre. La Antártida —esa frontera tras la cual está la muerte o la revelación, ese umbral donde el lenguaje empieza a fallar— ya estaba aquí, esperándolo.

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Autor: Benjamín Labatut. Título: La Antártica empieza aquí. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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