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Jorge Bustos: «La gente sigue teniendo hambre de buenos escritores»

Jorge Bustos: «La gente sigue teniendo hambre de buenos escritores»

La editorial Libros del Asteroide acaba de publicar Asombro y desencanto, un libro escrito por Jorge Bustos, jefe de Opinión del diario El Mundo, donde también escribe columnas y crónica parlamentaria y deportiva. Con humor, lirismo y un dominio absoluto del lenguaje, Bustos narra dos viajes enfrentados entre sí por el espacio y el tiempo. Del ardor mesetario a la templanza bretona, del corral de comedias a la ópera versallesca, del loco que se creyó Amadís al loco que se creyó Napoleón, del museo de quijotes de El Toboso a la feria de selfis del Louvre y del honrado valdepeñas al majestuoso burdeos, el lector recorre un libro que fluye desde las lecturas clásicas por una escritura inteligente, dulce y divertida.

—Yo quisiera empezar esta entrevista con una pregunta posmoderna: ¿es Cervantes el primero que escribió sobre la España vacía?

"Cervantes era un enamorado y a la vez un odiador de los pueblos de España"

—Bueno, es el primero que habló de todo en general, porque fue él quien inventó la literatura moderna, pero yo no sé si era consciente de que eso se convertiría en un punto de la agenda política de la España de 2021. Él era un enamorado y a la vez un odiador de los pueblos de España, donde le trataron bastante mal a veces. Imagínate, un alcabalero, odiado recaudador de impuestos. Nos podemos hacer una idea. Pero en fin, la España cervantina estaba más equilibrada poblacionalmente que la de ahora, lo que quiere decir que él iba recorriendo los pueblos porque España, entonces, estaba hecha de pueblos, y…

—Jorge, que la pregunta era en clave de humor, te lo juro.

—(Risas) Ostras, es que vengo en el metro, sudando, desde el programa de radio de Herrera, que me obliga a madrugar sin piedad, preocupado porque llego tarde y os tengo aquí esperando, y, claro, así no hay quien pille una ironía. Espera que me termino el zumo de naranja y me recompongo.

—Yo pensaba que los tipos duros desayunaban Coronita…

—No me lo recuerdes. Es increíble lo que puede generar una foto inocente con un botellín de Coronita en la mano. ¿Duro, dices? Yo no soy duro, es que eso es algo que está por ahí desde aquel artículo de “los cipotudos” por la que inmediatamente me colocaron el cartel, pero nada de eso. (Más risas)

—Hablando de cosas serias y sin embargo hermosas, escribes en Asombro y desencanto, tu último libro, la siguiente definición de razón: “La facultad de adecuar el lenguaje a los hechos en una correspondencia ajustada y compartida». Esa definición parece muy alejada de la posmodernidad y del «no hay hechos, sólo interpretaciones», de Nietzsche. ¿Es ese el motivo por el reivindicas, de alguna manera, la vuelta a un cierto clasicismo de raigambre griega (y también francesa), entendido como una defensa del límite, de la forma y de la palabra justa?

"Reivindico la razón y el clasicismo en el libro, sobre todo como una forma elegante de ser contracultural hoy en día"

—Completamente. Este es un libro racionalista y cartesiano, pero yo no lo fui siempre, como tampoco la época que vivimos ahora lo es; es una época tardorromántica, manierista, de decadencia. Por eso, entre otras cosas, reivindico la razón y el clasicismo en el libro, sobre todo como una forma elegante de ser contracultural hoy en día. Mira, yo llevo años dedicado al periodismo y a la crítica política, y me doy cuenta de que hoy los discursos no están determinados por la razón, sino por el sentimiento. Es más, el principal gurú presidencial defiende y anima a la gente a decidir en base a sus emociones. Esto es así, y lo es, me temo, desde hace tiempo. Se suponía que la política era el ámbito donde se podía llegar a una disertación racional para ponernos de acuerdo. Yo desconfío mucho de los sentimientos y de las emociones, porque es la forma más rápida de esclavizar a un hombre. Tocar los sentimientos de la gente es una forma de manipularla, por eso siempre me pongo en guardia y por eso también me jode tanto la publicidad, pero además desde niño. Me jode el lenguaje emocional y el sentimentalismo imperante, aquello que Umbral llamaba “el ternurismo”.

—Es lo que tenemos hoy en día y no solo en la publicidad o la política, sino también en la educación.

"Sentimientos tiene cualquier gilipollas; lo difícil es tener ideas y madurar con ellas"

—Exactamente. Es que ese tema es tremendo. Se ha generalizado el recurso de la recompensa infantilizada para que el individuo actúe pensando en el incentivo y no en la satisfacción íntima, personal, del logro. Y eso ha impregnado inevitablemente las leyes educativas. Yo, en este tema, soy igual muy viejo o si quieres, “viejoven”, pero es que a mí me educaron de otra manera. Crecí creyendo en el esfuerzo, en el castigo, en la superación de uno mismo a través de la fuerza de voluntad que debe ser tridentina, casi premoderna. En mi caso, todo lo bueno que me ha pasado en la vida, en mi trabajo, en mi ascenso profesional, es porque invertí muchas horas estudiando, leyendo, aprendiendo a escribir. El esfuerzo y el uso de la razón es lo que nos hace respetables. Sentimientos tiene cualquier gilipollas; lo difícil es tener ideas y madurar con ellas.

—Precisamente, Asombro y desencanto es la narración de un viaje, pero también de un crecimiento; de un recorrido evolutivo de la mirada y la ideología del narrador.

—Sin duda alguna este libro tiene un itinerario interior, pero era algo inevitable, pues el narrador que recorre Castilla en la primera parte tiene 32 años, y el que viaja por Francia 36. Pero justamente me parecía interesante unirlos, y de hecho, en la fase de corrección dejé que se notara cierto desfase estilístico entre ambas partes precisamente para que el lector notara, como bien has notado tú, esa evolución intelectual. La primera es una mirada más ingenua, más asombrada. La segunda, un poquito más estética, más trabajada y, si quieres, más liberal en el sentido escéptico de la palabra.

—De este libro se desprende también una lectura en clave política: en concreto, tu defensa del liberalismo y de la democracia liberal.

—El liberalismo es una sospecha; un recelo del poder, pero también del ser humano. El liberal es una persona que sabe que el hombre no es malo por naturaleza, pero que su tendencia natural es la corrupción aumentada por el poder. ¿Cuál es entonces la lucha del liberal? Poner contrapoderes a los poderosos; que un poder vigile a otro poder y así reinará la libertad. Yo antes, cuando era jovencito, creía en las cosas con mucha fuerza, era un convencido de muchos dogmas, un ser en posesión de la razón y, por tanto, superior a los demás. La vida, los viajes, los libros, me han ido ayudando a matizar las cosas. Ahora puedo ser tajante en muchos juicios políticos, pero no me cuesta trabajo en absoluto admitir que estoy errado o abrirme a la verdad de otra persona. Hay una idea de Roger Scruton, uno de los grandes filósofos conservadores de las últimas décadas, que me parece muy interesante porque creo que refleja muy bien el combate ideológico de nuestro tiempo: él quería tener colegas conocidos en la izquierda, y los tenía, el único problema era que éstos, según él, estaban equivocados. En cambio, se daba cuenta de que, para dichos colegas de izquierdas, él mismo, como hombre de derechas, no estaba equivocado, sino que directamente era considerado una mala persona.

"En nuestra sociedad se ha ido imponiendo la identidad frente a la ideología"

Por desgracia, esto hoy lo vemos claramente en nuestra sociedad, en la que se ha ido imponiendo la identidad frente a la ideología. La izquierda posmoderna está convencida de que la derecha es ontológicamente abyecta, como me dijo en una entrevista en la radio Pablo Iglesias: “El capitalismo es ontológicamente abyecto”. Por deducción, él debía vivir con bastante asco moral en un chalet ontológicamente abyecto y capitalista, claro. Al final, estas consideraciones morales llevadas a la política destruyen lo público. Las identidades no se pueden negociar, por eso se inventaron las ideas, las razones y el parlamentarismo, para dejar a un lado las intuiciones morales radicales y ponernos de acuerdo en cosas prácticas. Es verdad, y sería injusto no recordarlo, que igualmente hay gente de esa derecha esencialista (por eso no me identifico con ellos en absoluto), que piensa que todo hombre de izquierdas es corrupto y antiespañol. Tenemos, hoy más que nunca, que tratar de navegar con coherencia entre esos dos esencialismos. Resumiendo todo este rollo que te he soltado, estamos hasta los cojones de identidades y yo aspiro, sinceramente, a que en el futuro haya una especie de neoclasicismo donde, como en el siglo XVIII, impere de nuevo la razón.

—En tu libro apuntas algo que me parece muy interesante, y es la contraposición entre la imaginación y el dogmatismo. ¿Este mundo virtual y de pantallas nos ha hecho menos tolerantes?

—Nos ha hecho menos imaginativos. Por eso la experiencia de leer un libro no puede compararse a la de mirar una pantalla, a pesar de que somos unas cuantas ya las generaciones formadas en las salas de cine con grandes, inolvidables historias, igual que ahora hay un talento indiscutible detrás de algunas de las grandes series. Pero los músculos que uno ejercita cuando es espectador son diferentes a cuando se es lector. El ejercicio, en este caso, es mucho más complejo y más completo.

—Después de este libro, ¿tu visión de España es más del asombro o del desencanto?

"Escribí este libro porque creo que la forma de volver a recobrar esa realidad es el viaje, pero con lecturas"

—Bueno, es un libro recorrido por ambas pulsiones, aunque es verdad que en el epílogo hago una reflexión sobre nuestro oficio de periodista y sobre el agobio de la virtualidad que nos ha traído hasta este mundo de ficción en el que vivimos, donde se hacen pasar por verdad unas construcciones que escamotean la realidad al ciudadano. En parte escribí este libro porque creo que la forma de volver a recobrar esa realidad es el viaje, pero con lecturas. En la ficción de calidad que es la literatura está nuestra única posibilidad de recuperar la realidad.

—¿Hay que apagar las pantallas?

—Apagar las pantallas y volver a lo analógico. ¡Ojo!, la tecnología es maravillosa, por supuesto, pero un exceso de tecnología puede embrutecer y volver a llenar el mundo de bárbaros. Digitales, pero bárbaros. La solución, sin duda, es acercar los libros a los jóvenes; tal vez no el Quijote a los catorce años, que eso me parece un disparate, pero sí educarles en el ejercicio de la imaginación y de la comprensión verbal, uno de los grandes retos hoy de nuestros chavales. 

—Y el humor, tal vez, como arma para el conocimiento y contra el desencanto.

—El humor sirve, sobre todo, para precaverse contra la importancia de uno mismo. Decía Fernández Flórez que “la carcajada es la tumba segura del error”, y yo procuro recurrir al humor todo lo que puedo. Ante el bobo solemne, lo más eficaz es reírte de él, eso es así desde Aristófanes, sin olvidar que tenemos en España al inventor de la ironía moderna, que es Cervantes, y al del sarcasmo más negro, que es Quevedo. ¿Cómo vamos a renunciar a esa herencia? En Asombro y desencanto he procurado siempre tener presente el humor, aunque más suavizado, más azorinesco.

—¿Y en tus columnas?

—Ahí prefiero recurrir al maestro Quevedo y su humor mordaz, ofensivo incluso. Sin medias tintas.

—Muchos te califican de columnista asertivo…

"Trabajar en una redacción de periódico es una experiencia bastante pedagógica"

—Es decir, que opino con contundencia, y eso está mal visto porque hoy en día se supone que hay que dudar de todo y no oprimir a nadie con tus juicios tajantes. Bueno, pues yo soy asertivo porque trato de llevar alguna certeza a mi lector, pero al mismo tiempo, procuro tener la suficiente capacidad autoparódica o de ironía para que ese lector se dé cuenta de que yo también dudo de mis certezas. Hay que reírse de uno mismo y creo que tengo suerte, pues trabajar en una redacción de periódico es una experiencia, en ese sentido, bastante pedagógica.

—¿Prefieres la bulliciosa redacción de un periódico, o la soledad del columnista?

—Yo soy una persona tendente a la soledad, de los que se aíslan para escribir; de hecho, mis compañeros de redacción te podrán contar que me he comprado unos cascos de tiro al plato, muy gruesos, con los que escribo las columnas en medio del barullo de la redacción porque si no, no me puedo concentrar.

—Cervantes, Azorín, Quevedo, Pla, Fernández Flórez, Camba, González-Ruano… ¿Se puede escribir buen periodismo sin haberlos leído?

—Desde luego que no. El arma del periodismo es el lenguaje. A veces, cuando voy a dar charlas a los estudiantes de periodismo y me preguntan qué hacer para escribir una buena columna o llegar a ser un gran periodista como Gistau, yo les digo siempre “leed libros”, porque empezar por la imagen y no por el fundamento es un error. Leer a los clásicos es el secreto. Mira, de los becarios que llegan al periódico cada año se ve enseguida quién tiene formación libresca. Pero bueno, por no caer en el lamento viejuno debo decir que a veces llegan al periódico, no ya millennials sino zoomers, que han nacido con un smartphone en la cuna, que sin embargo tienen inquietudes librescas. Son ellos los que se quedarán y continuarán este oficio. Siempre habrá gente con vocación real de seguir leyendo a los maestros.

—¿Quién ha sido para ti el mejor columnista español?

—Uf. Pues todos los que has nombrado antes. Por ejemplo, Camba es un geómetra, en sus columnas no puedes quitar ni un párrafo porque si no, se te cae; es un tejido, una arquitectura perfecta; desde la primera frase a la última consigue llevarte, a través de sus paradojas, sus bromas, sus observaciones sutiles, hasta el final. Pero hay otras escuelas, como la de mi admirado González-Ruano, por ejemplo, que es el chispazo lírico, como lo era Gómez de la Serna o Paco Umbral. Columnistas que lo fían todo a su talento verbal y a su extraordinaria sensibilidad; a su hiperestesia. Digamos que, personalmente, me interesan por igual tanto el racionalismo británico de Camba como la explosión lírica de Ruano. La cosa está en que el buen columnista tiene que medirse con ellos y a partir de ahí, crear un lenguaje propio.

—Otro de los grandes es Pla, un escritor que casi nadie lee y con el que abres tu libro.

"Este libro tiene dos patronos: Pla en la parte francesa y Azorín en la castellana"

—Bueno, yo creo que, afortunadamente, la obra de Pla está teniendo un tenue revival, como ocurrió con Chaves Nogales. Pero efectivamente, este libro tiene dos patronos: Pla en la parte francesa y Azorín en la castellana. Son dos maestros de estilo y dos referentes en la literatura de viajes; dos miradas, la castellana y la mediterránea, que yo creo que se complementan; mientras Azorín es piadoso con los personajes que se va encontrando por el camino, Pla es más reconcentrado, más aislado. Esas máscaras del escritor viajero son las que me han acompañado y me han enseñado a construir las mías.

—¿Un libro de viajes se escribe durante el viaje?

—Pues según cada cual, supongo. Éste es un libro escrito sobre montañas de hojas anotadas en cuadernos que iba elaborando sin descanso durante el trayecto; con sensaciones, detalles, palabras, todo lo que me llamaba la atención, para que la mirada nunca se desentrenara del viaje. Aquellas anotaciones luego me facilitaron la reflexión y el autoexamen, pues el libro de viajes es el género de géneros, ya que admite la memoria personal, la prosa poética, el retrato… un arte que Pla dominaba, a pesar de que es lo más difícil que hay. Pla solía decir: “Como describir es muy difícil, todo el mundo tiende a opinar”. Y es verdad. La prosa de ideas también tiene su aquel, desde luego, pero lo difícil de verdad es ser capaz de trasladar al lector las sensaciones sin caer en el lenguaje manido. Yo creo que el escritor en general, y el de libros de viajes en particular, se la juega de verdad en las descripciones.

—En El hígado de Prometeo, tu obra escrita allá por 2016, ya reflexionabas sobre humanismo y literatura. ¿Cómo lo ves ahora? ¿Ambos tienen futuro, o estamos abocados a un mundo de especialistas sin espíritu, como advertía Max Weber hace un siglo?

"El ser humano no ha encontrado todavía una herramienta de comunicación tan rica ni sofisticada como la palabra"

—Hay un punto de esa inquietud en Asombro y desencanto. Al comienzo de las páginas del viaje a Francia, el narrador se pregunta cuánto tiempo les queda a las palabras, pues éstas cada vez tienen menos protagonismo frente a las imágenes. Luego trato de tranquilizarme pensando que el ser humano no ha encontrado todavía una herramienta de comunicación tan rica ni sofisticada como la palabra. Tal vez por eso la gente sigue teniendo hambre de buenos escritores. La belleza de las ideas, el manejo hábil del lenguaje, la confrontación de opiniones, sigue seduciendo a los lectores de todas las generaciones. O al menos yo quiero verlo así.

—¿Y si no?

—Y si no, pues nada, tendremos que proteger los libros en cuevas como en una novela de Bradbury, o aprenderlos de memoria, o volver a los monasterios a copiar a los clásicos, para que no se pierdan del todo.

Tus columnas en el diario El Mundo aparecen siempre bajo el epígrafe de «Considerando en frío”. Después de todo lo dicho, es casi una declaración de intenciones o una provocación, ¿no?

—Es una provocación, y es una ironía. En realidad, es un verso de César Vallejo, uno de mis poetas favoritos y uno de mis poemas favoritos; casi un acto jurídico. Siempre me ha parecido muy potente. Elegí ese epígrafe para mis columnas precisamente porque yo tiendo a la vehemencia y al calentón. Lo elegí para recordarme a mí mismo que la columna que se escribe únicamente con la frialdad de la inteligencia fracasa, pero la que se escribe en caliente fracasa todavía más. Las mejores son las que nacen de la indignación, que es el combustible de casi todas las columnas, pero sometidas a una escritura con calma.

—¿Cuáles son las columnas más difíciles para ti?

"Para hacer sentir una emoción al lector, el escritor ha de mantenerse frío"

—Para hacer sentir una emoción al lector, el escritor ha de mantenerse frío. Las más difíciles, sin duda, son las que nacen del amor. Las columnas elogiosas son tremendamente peligrosas, porque la admiración puede hacer que te despeñes por el servilismo. De todas maneras, todos esos registros de la columna me fascinan.

—¿Y eso lo aplicaste a la hora de escribir Asombro y desencanto?

—Algo de eso queda, pero la escritura prolongada de un libro exige otro tipo de compromiso. A pesar de que es mi quinto libro, creo que es el primero en el que estoy intentando acercarme al escritor que deseo llegar a ser. Siento que mi carrera literaria está comenzando ahora y que este libro es el primer peldaño de lo que quiero hacer.

—¿Y qué es lo que quieres hacer?

—Decía Cyril Connolly, un crítico que me gusta mucho, que había que aspirar a escribir un libro que dure diez años. No más. Diez años. Pues eso. No busco la posteridad ni la inmortalidad, sino escribir un libro que dure diez años.

—Terminamos inevitablemente con una pregunta obligada. No soy aficionada al fútbol, pero tus lectores sabemos que tú sí. La próxima temporada, y con Ancelotti como entrenador, ¿el Real Madrid seguirá el camino del asombro, o el del desencanto?

—(Risas) La verdad es que te lo he puesto en bandeja. No lo sé, la verdad; desde luego no es el mejor año para el madridismo pero, aun así, con un equipo de circunstancias conseguimos llegar a los últimos 15 minutos de la liga con posibilidades de ganarla, y hasta semifinales de la Champions con posibilidades de pasar a la final, y si sale bien algún fichaje importante que creo que Florentino debe hacer para llevar la ilusión a la afición, podemos empezar a ver a Ancelotti con otros ojos. Confiemos en que se termine convirtiendo en un revolucionario de la ilusión.

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