La editorial Trotalibros publica una edición limitada de la única novela que escribió el poeta griego Nikos Kavadías. Una invitación a navegar en ese carguero que navega hacia las costas chinas y que, en realidad, es una especie de purgatorio a la deriva.
En Zenda publicamos las primeras páginas de La guardia (Trotalibros), de Nikos Kavadías.
***
—¿Quién?
—Soy yo, oficial Yerásimos, el agregado, quiero hablar con usted. ¿Se ha acostado?
—¿Qué diablos quieres, hombre? Hemos estado cuatro horas arriba y te acuerdas ahora. Entra y ponle la trinca a la puerta.
El primer oficial del Pytheas estaba sentado en un sillón gira torio atornillado al suelo. No llevaba más que los calzoncillos. Las piernas cruzadas. Se frotaba el tobillo con la palma de la mano. El cuerpo le brillaba por el sudor. Cuarentón, moreno, de ojos grandes.
—Bueno, dime, ¿pasa algo arriba?
Diamandís, el agregado de puente, se quedó parado ante él como un tonto. Buena planta, grande y rubio. Se limpió la frente con el revés de la mano. No sabía por dónde empezar. Balbuceó:
—Mire…, oficial Yerásimos… No sé, pero… me ha salido algo.
—¿Dónde, pedazo de bestia?
—Abajo…, como un grano… pequeño… No me duele, pero… qué sé yo…
—Maldito seas, hijo de perra.
Tabaleó los dedos en el extremo de la mesa y se quedó callado.
—Anda a buscar al radiotelegrafista. Y si está durmiendo, lo despiertas.
—Y con esto, ¿qué va a pasar?
—Haz lo que te digo, mentecato.
El primer oficial se quedó solo. Se secó el cuello con un pañuelo de color caqui. El camarote medía dos por tres. Portillas encima de la litera. Una mesa de despacho, un canapé y un estante con algunos libros. En el tabique, atornillada a una consola, colgaba una lámpara de petróleo. El ventilador giraba caldeando el ambiente.
Se levantó y apagó la parpadeante lámpara. Por las portillas entró la dudosa claridad de un alba de longitudes orientales.
Arrancó una hoja del viejo calendario de Brown y vació las colillas del cenicero. Las envolvió y las tiró por la portilla. No calculó bien, el paquete golpeó en la chapa, y se desparramaron todas por el suelo.
—Me cago en la puta —gruñó.
Se agachó a recogerlas. Antes de que hubiera acabado, la trinca volvió a levantarse.
El radiotelegrafista entró en primer lugar. Más bajo de lo normal y con poco pelo. Llevaba un pantalón caqui sujeto a la cintura por un solo botón. Los demás se le habían caído. Una de las orejas, más grande que la otra, le colgaba un poco.
—Buenos días, ¿qué pasa?
—Ojalá pasara algo. Pues nada, que este pájaro se ha pescado vaya usted a saber qué. Échale un vistazo tú, que entiendes de estas cosas.
Diamandís se mantenía algo apartado, con la cabeza gacha; parecía un Donatello.
El radiotelegrafista se sentó en un taburete de lona.
—Bájatelos.
—¿Yo? —Parecía estar perdido.
—Venga, hombre, que no hay chicas delante. Así, acércate más. Oficial Yerásimos, enchufa la lamparilla portátil y tráela aquí, que le enfoque las piernas. Enciende todas las luces. Estupendo. ¿Cuándo estuviste por última vez con una mujer?
—En Argel, cuando cargamos el carbón. Hace un mes y…
—¿Cuándo te diste cuenta?
—Hace dos noches, nada más zarpar de Sabang.
—¿Qué es lo que te has puesto?
—Yodo.
—Quítatelo todo: la camiseta, el pantalón y los calzoncillos.
—¿Todo?
—Como te parió tu madre.
Bajo la vacilante luz de la miserable lámpara eléctrica, el cuerpo del muchacho apareció blanco como la nieve de cintura para abajo.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó mientras le observaba la espalda, el pecho, la cintura y las piernas.
—Diecisiete… cumplo ahora.
—Felicidades… Dime una cosa, Diamandís, ¿era negra?
—Sí.
—¿Guapa?
—Mucho.
—¿En una «casa»?
—No. Yo subía por las calles de la casba. Allí, en la calle del mar Rojo, iba a comprar un brazalete para mi hermana, y ella me gritó: «Esma… Taále». Entré. Lo hicimos en un abrir y cerrar de ojos, ni siquiera nos echamos en la cama. ¿Crees que será algo malo?
—Bueno, ahora vete a dormir. No se te ocurra tocarte. Simplemente, ponte agua con sal y un algodón, y déjatelo puesto. Por la noche, manzanilla caliente. Y lávate las manos. Yerásimos, ¿cuándo llegaremos a Shandong?
[…]
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Autor: Nikos Kavadías. Título: La guardia. Traducción: Natividad Gálvez García. Editorial: Trotalibros. Venta: Todos tus libros.


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