Yo existo por la Guerra Civil. Más exactamente: por el asesinato de mi bisabuelo.
No hay nada excepcional en ello. España está llena de historias así. Miles. Familias que son lo que son porque alguien fue emboscado, señalado, apiolado, envidiado, odiado, silenciado. Porque alguien tuvo que huir. Porque alguien no volvió. Porque alguien se vengó, sobrevivió, defendió, perdonó. Porque a alguien otros alguien les cambiaron la vida.
En nuestro caso, aquel asesinato puso en marcha una huida. Mi bisabuela, cubana, con un pasaporte que fue madero en ese naufragio familiar, cruzó la frontera hacia Francia con sus tres jóvenes hijos. De allí embarcaron rumbo a Cádiz. No sabemos bien cómo. No sabemos bien con qué dinero.
Quizá aquel viaje le recordó a mi abuelo —muchos años después— los versos de Antonio Burgos, aquella Habana con más salero de la que seguramente alguna vez le habló su madre, Teresa Trotcha. Ese Cádiz que parecía La Habana fue el refugio donde acogieron a esa familia de acento raro, huérfana de padre, cargada de silencios.
Las razones por las que mataron a mi bisabuelo fueron, supongo, las de todos, las de siempre: rencores, envidias, odios ideológicos… El catálogo completo de la miseria humana cuando se engalana de causa, de cruzada.
Importan poco porque su hijo, mi abuelo, lo resumió todo con una frase, cosida para siempre en su alma: la guerra fue un fracaso de todos.
Esa fue la herencia moral que recibimos.
Mi abuelo había perdido a su padre siendo un joven estudiante de Medicina. Se enroló en la Legión. Combatió en el frente del Ebro. Estudió Medicina entre tiros, barro y trincheras. Aprendió a coser heridas mientras España se desangraba. Vio morir a amigos. Mató. Sobrevivió. Y cargó con todo eso sin convertirlo nunca en bandera.
Al poco de terminar la guerra, se cruzó con uno de los asesinos de su padre. Y lo abrazó. No fue un gesto voluntario sino el ruego de un sacerdote amigo de la familia a quien aquel hombre acababa de confesar camino del pelotón de fusilamiento que fue uno de los asesinos del metge de Sarrià. No fue una pose. Quiero pensar que aquel perdón del que yo no creo que hubiera sido capaz ayudó a mi abuelo, si no a sobrevivir, sí a convivir con una mochila vital que, veinteañero, llevaba bien cargada de desgracia.
Se casó con mi abuela Carmen, una gaditana que le devolvió la sonrisa a un alma baqueteada. Construyó una familia. Aprendió a vivir con las cicatrices. Y nunca dejó que el rencor dictara su carácter.
Eso me lo contaba a mí, su nieto, sentado en la Rambla, mientras se tomaba una horchata. Con naturalidad. Sin épica. Con tristeza pero sin victimismo.
Me decía también que muchos de los que mató o perdió tenían todavía rostro en su memoria. Que podía cerrar los ojos y verlos. Que la guerra, Agustín —me insistía—, fue una derrota de todos. Sin excepciones.
Por eso me produce una mezcla de náusea y tristeza ver cómo ahora, cuando casi no quedan testigos y los que nos precedieron nos legaron reconciliación y memoria serena, aparecen mamarrachos dispuestos a ajustar cuentas en batallas que no vivieron. Oportunistas de ideología de saldo, mercachifles de memorias manipuladas para recolectar aplausos, votos, titulares y hasta libros. Porque, a veces, da para negociar un piso con terraza con la editorial.
Hay pájaros que viven de la guerra incluso noventa años después. Que la explotan, la instrumentalizan.
Y eso es una segunda derrota.
La primera fue la sangre.
La segunda es el uso cínico de esa sangre.
España, camisa blanca, no merece que Torquemadas de boina, con mirada sectaria y catecismo ideológico en la sesera, hagan jirones lo mejor que hemos conseguido: convivir, volver a ser uno. No merece que conviertan a los muertos en munición y la memoria en trinchera.
No merece que vuelvan a dividir lo que costó décadas recomponer.
La memoria es necesaria. Imprescindible. Pero no como arma, sino como aprendizaje y vacuna contra el odio.
Eso me enseñó un hombre que perdió a su padre, sobrevivió a una guerra, perdonó a un asesino y nunca pidió nada a cambio. Solo decidió que su herencia podía ser la pena pero nunca el rencor, que la única victoria posible después de una guerra es no querer volver a librarla.
Gracias, abuelo, orgulloso hijo de Agustí Riera i Pau, asesinado el 27 de agosto de 1936 en Les Planes d’Hostoles.


Aún no nos hemos enterado de que la guerra civil de 1936, en cierta medida, es hija de Annual y 1898, y de las tres guerras carlistas, las cantonales, y hasta de las guerras de emancipación hispanoamericanas. Cuando no cierras bien una herida, tarde o temprano, tienes un problema. Siempre ha habido y habrá corrientes de opinión en toda sociedad, whigs y tories, hannoverianos y jacobitas, católicos y protestantes, plebeyos y patricios, legitimidad y orleanistas, girondinos y jacobinos, liberales y tradicionalistas, republicanos y unionistas, unitarios y federalistas, blancos y colorados, manteístas y golillas, etc. Lo que una sociedad no debe olvidar es que a todos conviene resolver las diferencias pacíficamente. Los parlamentos, invento medieval; las elecciones, invento ateniense; el gobierno limitado (por el tiempo y por la ley) y el debate libre, son progresos de la humanidad a los que no habría que renunciar.
Sr. Pery, excepcionales sus palabras. Además de su aleccionadora historia personal, sus calificativos al gilipollas de la boina son inigualables. Porque, contestando también al estimado sr. Herra, siempre ha habido y habrá diferentes corrientes de opinión en toda sociedad: gilipollas, descerebrados, imbéciles, desnortados, aprovechados, ignorantes, malvados y tontos del culo. Tengo problemas en identificar al de la boina entre estos especímenes o quizás es que participa de cada uno de estos calificativos.
Saludos al sr. Pery y al sr. Herra.
Yo me siento como un gilipollas bastantes veces. Eso es sano, me permite mejorar. El problema lo tienen los gilipollas que creen no serlo.
Saludos.
La autocrítica y el autoanálisis no sé si define a las personas inteligentes pero sí a las honradas. Y es bueno practicar ambas cosas. Hace aumentar la empatìa hacia los demás. Pero quizás no es bueno ser demasiado duro con uno mismo.
Quizás la condición imprescindible para ejercer la política sea eso: carencia de empatía y de autocrítica. Las elecciones de ayer, como cualquieras otras, son un espejo de esto. Todos han ganado como fruto de un milagro fascinante. Y la humildad no es que escasee, es que no existe. Verguenza de verlo.
Saludos.
Es cierto, no es bueno ser demasiado duro con uno mismo; eso lleva a ser también duro con los demás.
Pienso que el premio “poemas de amor” de esta edición le corresponde a este señor Agustín Pery por este pedazo de texto amoroso.
Qué texto más hermoso, qué gusto da leerlo, después de tanto ruido y furia impostados e impostores. Muchas gracias don Agustín.
El problema reside en la pobreza educacional, cultural y espiritual de la gente, que se deja engatusar por mercachifles e interesados… Yo tuve un muerto (nacional) y un lisiado de por vida (republicano), y no me acojo a ningún bando. En cualquier guerra pierden todos los contendientes, aunque uno se erija como vencedor, y en una guerra civil, todavía es más clamorosa la derrota de ambos…
Efectivamente, don Javier. Hoy, todos los homínidos existentes en este país tenemos ascendientes en los dos bandos. Es así. Aunque algunos qe empeñen en tener solamente un abuelo. Toda guerra es un fracaso humano, siempre, y si es civil, mucho más.
GUERNICA, 1937
Lloré ese día muchas lágrimas de dolor y espanto,
Llovían en Guernica bombas asesinas
De niños, mujeres y ancianos,
De hombres y mujeres de todas las edades,
Civiles indefensos, desarmados,
En un pacífico pueblo vasco.
Era en 1937 solo un ejercicio
Para los aviadores alemanes,
En sus relucientes Stukas,
Macabros aparatos,
Los criminales Nazis de Hitler
Ayudando al General Franco.
Era la terrible tragedia de la Guerra de España,
Un millón de muertos y la Madre Patria hecha pedazos.
La Humanidad preparaba así la hecatombe,
La muerte industrializada, El Holocausto,
La aberración del imperialismo conquistador
Unido al ignorante racismo y a la ausencia de Dios.
Picasso pintó en escala de grises su inmortal pintura,
Ese Infierno Humano a su juicio no merecía
De los colores las riquezas de la vida y la alegría.
Era Costromo en 1974
Y con díez años miraba impresionado
Una miniatura de la gigantesca pintura
Del genio español.
¡Que no se repita nunca!
En mi inocencia pedí a Dios.
Mario Raimundo Caimacán
(Del poemario “Poemas de un Mundo Salvaje”, 2023)