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‘La historia interminable’: Rompiendo fronteras

‘La historia interminable’: Rompiendo fronteras

En el foro de Zenda tenemos un hilo donde la gente menciona «cuatro libros que os marcaron». No se trata de «mis cuatro favoritos» o de «los cuatro mejores de la historia», sino de aquellos libros que por razones estrictamente personales dejaron una huella especial en el lector en un momento determinado. Y uno de los que aparecen mencionados con más frecuencia es, precisamente, Die unendliche Geschichte. Seguramente sea porque es el libro perfecto para ser uno de los mejores candidatos a servir de respuesta para esa pregunta, ya que está colocado para ser leído en uno de los momentos clave de la vida de una persona, que es el paso de la niñez a la juventud. La memorable edición española de Alfaguara así lo resaltaba, con un lomo en el que se mezclaban los colores gris y amarillo típicos uno de su colección infantil y otro de sus libros para adultos. Y es que junto a dragones, princesas, caballeros, monstruos, lobos, jinetes, leones y multitud de criaturas imaginarias y típicas de cuentos de hadas, o completamente reinventadas, este cuento-novela también está repleto de temas adultos, metáforas, analogías, referencias literarias, melancolías y muertes de las que a pesar de ser ficticias hacen daño en el corazón. Seguramente habrá muchos lectores que recordarán haber terminado el libro (que a pesar de ser «interminable» se termina) y haber sentido que se acaba de pasar página en la vida de uno, y que, al menos en lo que se refiere a libros y bibliotecas, ya no se van a ver de la misma manera ni se te van a ir las manos hacia los mismos que antes.

La obra se publicó en 1979, así que, lógicamente, las generaciones anteriores seguramente no se hayan sentido de la misma manera al leerlo, o ese papel de bisagra lo habrán notado con libros diferentes. También me cabe la duda de cómo de conocido y relevante es en este siglo XXI donde el vídeo no solo está matando a la estrella de la radio sino también a la de la lectura, pero desde luego que para quienes empezaron a leer en los últimos años del XX es uno de esos títulos que hermana entre sí a los que lo mencionan. En 1984 se estrenó una película rodada en inglés con director (Wolfgang Petersen) y productores alemanes (uno de ellos, Bernd Eichinger, también produciría El nombre de la rosa un par de años más tarde) que provoca diversas reacciones en el espectador: la mía, quizá al modo del enigma aquel de la esfinge de las cuatro, las dos y las tres patas, es que de pequeño era una maravilla, de joven me parecía supercutre y ahora de más mayor se le vuelve a coger el encanto. Ende la odiaba, por cierto, e intentó que retiraran su nombre del proyecto.

[Aviso de destripes disueltos en Nada en todo el texto]

Casi nada de todo esto que hemos mencionado se aplica al mundo angloparlante, que de esta obra parece recordar mayormente la «superochenter» canción «Never Ending Story», de Limahl, resucitada hace poco en la serie Stranger Things y parte de la banda sonora hecha por Giorgio Moroder, el rey del euro-disco-tecno-pop durante varias décadas, que aún sigue componiendo para la pantalla de vez en cuando (una de las últimas, en la versión USA de La Reina del Sur, con la que no pega en absoluto). Esto debe de ser, seguramente, porque la novela original está escrita en alemán, y siempre ha sido muy difícil colocar algo a los anglos que no esté en su idioma. Otra conexión musical es, por supuesto, los nombres de los grupos españoles Vetusta Morla y Auryn.

Michael Ende («Míjael», como lo escribiría Miguel Sáenz, el traductor español de La historia interminable, para ayudarnos a pronunciarlo) era bávaro e hijo de un pintor surrealista cuya obra fue declarada «degenerada» por el gobierno nazi. De niño, a una edad un poco mayor de la que tendría Bastián Baltasar Bux en el libro, sufrió in situ bombardeos aliados en Múnich y Hamburgo, y en 1945 fue llamado a filas, a los 14 años de edad, en un último y deseperado intento nazi por evitar lo inevitable. Ende rehusó alistarse (tres de sus compañeros de clase que sí lo hicieron murieron en su primer día) y en lugar de eso entró en un grupo local de resistencia, como correo. A pesar de eso, fue hecho prisionero justo antes del final de la Segunda Guerra Mundial por los aliados. Al volver al colegio tras la guerra, los padres de la chica que le gustaba a Michael le pagaron el resto de su educación… en Stuttgart, para alejarlos uno de otra (ella era tres años mayor). Fue allí donde continuó sus contactos con el mundillo artístico, no solo en pintura siguiendo el hilo y la fama de su padre, sino en teatro y literatura. En 1960 publicó Jim Botón y Lucas el maquinista, y en 1973 Momo, otro gran libro para niños y adultos a la vez.

La historia interminable tiene entre sus principales motores el reflejar las propias experiencias lectoras. Por ejemplo, ese deseo de no querer que una historia que te gusta se termine. O el de usar los libros como oasis o refugio, donde tu vida real y sus problemas no importen. O el de encontrar en ellos un ejemplo que admirar y en el quizá desear convertirse. O el de por qué no va a ser posible hacer un mundo mejor, ahora que ya has aprendido tanto de los malos y buenos de la historia, y sentir que tú mismo podrías diseñarlo y gobernarlo. Todo esto, además, multiplicado por la mentalidad de un niño de diez u once años, gran lector, pero apocado en el colegio, víctima de abusones (o de bullying, como lo quieren llamar ahora) y con problemas de autoestima física. Refugiándose de todo esto, Bastián encuentra en la librería de Karl Konrad Koreander un libro en el que él puede convertirse en el gran héroe, ya que donde todos han fracasado a la hora de salvar el reino de Fantasia («Fantásia», pronunciado con acento en la segunda a), él puede resolver todo el problema usando una de las pocas cosas en las que él es un verdadero experto superior a los demás: su imaginación. Lo único que se necesita es un nuevo nombre para la Emperatriz Infantil, y él posee la solución perfecta, que ni caballeros ni héroes ni guerreros tienen a su alcance.

El momento culminante, en el que Bastián entra dentro del libro al pronunciar el nuevo nombre de la Emperatriz («Hija de la Luna») ocurre justo en la mitad del libro, que está compuesto por 26 capítulos, cada uno de los cuales comienza con una letra de la A a la Z, en orden alfabético, especialmente decorada a página completa en caracteres góticos rodeados de algunas de las criaturas y sucesos de cada capítulo. En los de la A a la L seguimos principalmente los avatares de Atreyu, otro chico de la misma edad que Bastián, pero que en vez de ser un gris escolar de los años 70, afectado por la muerte de su madre por cáncer y la distante melancolía de su padre, está a punto de ser declarado adulto por una valerosa tribu de cazadores de búfalos. A pesar de su corta edad, la mismísima Emperatriz lo ha elegido para ser quien emprenda la importante misión, con todos los ornamentos del motivo literario de la Gran Búsqueda, solo que acabará siendo otro quien la termine. Es lógico que Bastián caiga rendido como lector a los pies de Atreyu, ya que este parece poseer todo lo que desaría ser él, pero ese es solo uno de los elementos de juego de espejos que tiene el libro. Si La historia interminable fuera verdaderamente un libro mágico, Bastián sería diferente para cada lector que lo abriera, mostrando un personaje similar a quien somos cada uno, incluso en nuestra edad, contrapuesto con una imagen heroica y deseable como nuestro equivalente de Atreyu.

La segunda parte es en la que Bastián, que pasa de Nadie a héroe, puede rehacer Fantasia desde un grano de arena a como él desee. Aquí es donde termina la película, justo al final de la primera mitad, imitando incluso las varias veces en que Ende abandona personajes secundarios por el camino con un «pero esa es otra historia (y debe ser contada en otra ocasión)». Lógicamente, el mundo de Fantasia queda rehecho por Bastián a imagen y semejanza de lo que haría un niño de diez años, aún sin deseo sexual, con un acceso a la tecnología muy limitado y con cuestiones de autoestima interna. Sus deseos se conducen por la vía del querer ser «el más valiente», o «el más sabio» o «el más temido», pero con cada uno de esos deseos (las buenas historias de deseos y poderes traen un gran precio aparejado) el coste será perder el recuerdo de cómo era él antes. Al ser el más valiente nunca recordará ya que alguna vez fue cobarde, por ejemplo, y cada vez pasará a depender más para sus memorias de Atreyu, una paradoja más, una inversión más, en el continuo cambio de reparto de papeles que son frecuentes en la historia: Bastián el real salvó a Atreyu el ficticio (y a toda Fantasia), pero Atreyu será quien acabe salvándolo a él a base de recordarle quién empezó siendo.

Mencionábamos antes los momentos en los que Ende deja para «otra ocasión» las andanzas de varios de los personajes secundarios que aparecen en la historia. Lo que a otros les daría para varias secuelas él usa y descarta a ritmo vertiginoso, casi uno por episodio: Ygrámul el Múltiple, los diminutos sabios Énguivuck y Urgl, el león Graógraman, el lobo Gmork, la hechicera Xayide, la madrastra doña Aiuola, el cuarteto de caballeros Hynreck, Hýkrion, Hýsbald y Hýdorn. Yor, el minero ciego de esa extraordinaria mina de recuerdos perdidos… Los nombres están adaptados de la pronunciación alemana para que se lean correctamente en español: Fuchur es Fújur, Atréju es Atreyu… Ya hemos mencionado el tipo de criaturas que aparecen en la trama, y que son reconocibles de otras obras anteriores (ningún lector habrá llegado a este libro sin haber conocido antes historias de princesas, dragones o gigantes), pero en él también hay otros motivos sacados de lugares más profundos del armario literario, y que quizá puedan no estar al alcance de todos, dependiendo de su edad y lecturas anteriores.

Uno de ellos, por ejemplo, es el de la unidad entre un reino y su monarca, de manera que si uno pierde la salud, el otro también se arruina. Pasa aquí con Fantasia y la Emperatriz, y también ocurría con el rey Arturo y Camelot. La naturaleza del fin del mundo que se acerca, esa Nada que lo devora todo, que ni siquiera es un agujero, sino una sensación de haberse quedado ciego, está muy lejos de la violencia y destrucción de muchos mitos sobre el apocalipsis, y entonca más con la imagen del fin de los días de algunas tradiciones germánicas y nórdicas, donde frío y desolación silenciosa será como termine todo. Las dos cosas están relacionadas, ya que si el mal que aqueja a la Emperatriz es una debilidad y melancolía inexplicables, lo que le ocurre a sus dominios es similar: quienes caen en la Nada a menudo no es porque sea ese vacío quien los engulla, sino porque son los propios seres que lo sufren quienes se notan carentes de voluntad para seguir adelante y se dejar devorar. Es un nihilismo por que el propio caballo de Atreyu, Ártax, se ve afectado en una de las escenas más emotivas del libro, y una de las primeras que anuncia que esta historia va a ser dura y sin concesiones. La propia Morla tiene una reacción ante ello de la que el vivo y despierto Atreyu saca partido: si es verdad que tan igual te da todo, ayudarme o no, ¿por qué no me ayudas? Esto entronca con la tradición del héroe astuto, como Ulises, que a veces sobrevive no por su fuerza o habilidad físicas sino por su inteligencia. Es más, a menudo son estos toques de sagacidad los que uno recuerda más en una historia heroica que las sangrientas escenas de batalla. «¿Quién eres? Nadie».

La conexión entre Fantasia y nuestro mundo es algo que también está lleno de hilos de los que tirar, a no ser que uno prefiera dejarlo estar y disfrutar la historia sin detenerse demasiado en por qué se puede o no pasar de uno a otro universo. Los habitantes de Fantasia son creados por nosotros, los humanos, y por eso nos resultan tan familiares, con alguna que otra sorpresa de vez en cuando. Nosotros podemos crearlos a ellos, pero ellos no a nosotros. En un detalle que puede pasar desapercibido, se menciona a un famoso viajero por ese mundo, «llamado Chéxpir o algo así» (Shakespeare, obviamente). Lo que sí puede ocurrir es que esas fantasías acaben inundando nuestro mundo, oscureciendo lo que es verdad o no a nuestro alrededor. En los años 70 esto quizá fuera una crítica a la falta de claridad de pensamiento en algunas cuestiones sociales (y más viniendo de un alemán cuya niñez coincidio con el nazismo), pero hoy en día cada vez resulta más relevante: las cosas que nosotros mismos hemos creado cada vez resultan más útiles para llevar nuestra opinión y nuestra visión de la realidad de un sitio a otro, hasta ya no saber qué es verdad y qué no, de quién fiarse y de quién no. Y no se trata de un simple volverse loco por mucho leer libros de caballerías, sino un perder la chaveta leyendo las noticias o los tuiteos, youtubeos o instagrameos de quien elijas seguir. Y en un mundo en el que el click resulta más valioso que la verdad, ¿por qué no va un medio de comunicación (o un creador autónomo de contenido) a estirar hacia lo ficticio (hacia lo «fantásico») las fronteras de lo que publica?

«Todas las mentiras fueron en otro tiempo criaturas de Fantasia. Son de la misma naturaleza… pero se han deformado y han perdido su verdadera esencia», explica la Emperatriz Infantil. «Todos los que estuvieron con nosotros aprendieron algo que sólo aquí podían aprender y que los hizo volver cambiados a su mundo. Se les abrieron los ojos, porque pudieron veros con vuestra verdadera figura. Por eso pudieron ver también su mundo y a sus congéneres con otros ojos. Donde antes sólo habían encontrado lo trivial, descubrieron de pronto secretos y maravillas. Por eso venían de buena gana a Fantasia. Y, cuanto más rico y floreciente se hacía nuestro mundo de esta forma, tanto menos mentiras había en el suyo y tanto más perfecto era también. De la misma forma que nuestros dos mundos pueden destruirse mutuamente, pueden también mutuamente salvarse (…). Ahora todo se ha convertido en su contrario: lo que abre los ojos, ciega; lo que puede crear algo nuevo se convierte en aniquilación. La salvación está en las criaturas humanas. Una, solo una debe venir y darme un nuevo nombre». Es decir, que el problema solo se arreglará cuando se llame a las cosas por su nombre, cuando se diga la verdad, cuando realidad y lenguaje se representen uno al otro en armonía, como las serpientes del emblema imperial, pero no por obligación impuesta, sino por deseo hecho con libre albedrío. «Sólo su verdadero nombre hace reales a todos los seres y todas las cosas. Un nombre falso lo convierte todo en irreal. Eso es lo que hace la mentira».

Recordemos que el lema que lleva el ÁURYN de la Emperatriz es «haz lo que quieras», y que Graógraman, lejos de confirmarle a Bastián que eso significa «hacer lo que me da la gana», se pone grave y serio y le enseña que «quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil. Es tu secreto más profundo, que no conoces. Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad. Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre». Bastián no acaba de entender muy bien todo esto, como tampoco lo entendería nadie a quien se le concediera de repente poder absoluto. «Sin embargo, muchas cosas no se pueden averiguar pensando: hay que vivirlas. Y por eso sólo mucho más tarde, cuando había vivido mucho, recordó las palabras de Graógraman y empezó a comprenderlas». Es decir, que las obras es lo que importa, lo que de verdad hagas, más que las intenciones. En el libro, la Verdadera Voluntad de Bastián acaba siendo «la añoranza de ser capaz de amar», apagada hasta entonces por la muerte de su madre, el decaimiento de su padre y sus malas experiencias en el colegio. Solo le ha quedado su imaginación, y en ella fue de deseo en deseo, fijándose solamente en sí mismo (quiero ser más fuerte, más duro, más sabio) pero nunca en los demás, excepto como público que lo adorara. No es la primera obra que coloca al amor como la solución de sus problemas, ni será la última, pero cuando algo está hecho con tal maestría, puede ir a buscar ideas a Fantasia todas las veces que quiera.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

 

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