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La misteriosa Eleanor Rigby

La misteriosa Eleanor Rigby

Cuenta la leyenda que John Lennon y Paul McCartney se conocieron el 6 de julio de 1957 en Liverpool, en el transcurso de una fiesta que tuvo lugar en la iglesia de Saint Peter. El primero estaba allí tocando con The Quarry Men, el grupo que lideraba en aquel entonces, y el segundo no tardaría en unirse a la formación en cuanto hubo acreditado sus virtudes como guitarrista y cantante. Paul casi acababa de perder a su madre y John no podía sospechar que poco tiempo después padecería él también el mordisco de la orfandad. El 15 de julio de 1958, tres días después de que The Quarry Men publicaran su primer y único disco sencillo, la madre de Lennon fallecía en un accidente de tráfico y la fatalidad uniría aún más a ambos amigos, que a sus veleidades musicales compartidas sumarían la afición por dar largos paseos que a menudo les llevaban por el cementerio colindante con el templo donde se habían visto por primera vez.

"Un amigo de Lennon llamado Peter Shotton propuso ese final en el que Eleanor exhalaba su último suspiro y el sacerdote le daba sepultura"

Tendrían que pasar nueve años para que Lennon y McCartney, convertidos ya en el dúo que acredita la mayor parte de las canciones de los Beatles, alumbraran el álbum Revolver y, casi simultáneamente, un single que contenía las canciones «Eleanor Rigby» y «Yellow Submarine». Es, seguramente, uno de los sencillos más bipolares de la historia de la música, en tanto que contiene dos piezas absolutamente antagónicas. La segunda se hizo tremendamente popular, dio pie a una película de animación cuyo argumento viraba entre lo delirante y lo lisérgico y su partitura llegó a ser obligada en cualquier celebración más o menos verbenera. La primera es, por el contrario, una composición lóbrega y hasta claustrofóbica que constituye, en opinión de quien esto firma, una de las obras mayores del grupo junto con «A Day in The Life» y «Strawberry Fields Forever» y cuyas resonancias en absoluto resultan compatibles con el jolgorio. La letra cuenta las vidas de dos solitarios, una mujer llamada Eleanor Rigby que recoge en una iglesia los granos de arroz que han diseminado los asistentes a una boda y pasa el resto del día observando el mundo tras la ventana de su casa, y el padre McKenzie, afanado en remendar sus calcetines y escribir sermones a los que nunca atiende ni un solo feligrés. Sus dos historias se anudan en la última estrofa, en la que un verso sublime nos informa del fallecimiento de Eleanor —«Eleanor Rigby died in the church and was buried alone with her name»— y el padre McKenzie le da sepultura junto a la iglesia en la que oficia y que cabe suponer que es la misma cuyos suelos barría la finada una vez concluidas las ceremonias nupciales. Como bien apunta el escritor uruguayo Hugo Borel en el prólogo a su novela La misteriosa muerte de Eleanor Rigby (Alfaguara), «su letra va más allá de lo que hasta entonces los músicos de Liverpool habían escrito, y en ella construyen un relato que es casi un cuento corto». Se dice que Paul McCartney escribió la primera estrofa de la canción y se la enseñó a Lennon en la casa donde éste vivía, en Weybridge, y junto al resto del grupo se inventaron al padre McKenzie y concluyeron la escritura de la letra. Un amigo de Lennon llamado Peter Shotton propuso ese final en el que Eleanor exhalaba su último suspiro y el sacerdote le daba sepultura. También sugirió que el cura resultase ser el asesino de la mujer. Lennon, por el contrario, prefería intuir que habían tenido un romance. Al parecer la pieza quedó cerrada esa misma noche, aunque algunos aseguran que la última estrofa no se dio por buena hasta que llegó el momento de la grabación. Ésta tuvo lugar en 1966 y en dos tandas, la primera los días 28 y 29 de abril y la segunda el 6 de junio, en las salas 2 y 3 de los estudios que la casa EMI tenía en Abbey Road, la calle que los propios Beatles harían célebre gracias a la portada de uno de sus últimos elepés. Además de los instrumentos que estaban a cargo de Lennon, McCartney, Harrison y Starr, el cuarteto contó con violines, violas y violonchelos. Para la revista Rolling Stone, el tema ocupa el puesto 137 en la lista de las 500 mejores canciones de la historia. Tan hondo caló que existe desde hace años, en la avenida Stanley Street de Liverpool, una escultura del artista Tommy Steele que representa a una mujer sentada en un banco —la misma Eleanor, supuestamente— y lleva inscrita la leyenda Dedicated to All the Lonely People.

Tumba de Eleanor Rigby en el cementerio de Saint Peter

¿Pero dónde estaba el germen? ¿Cómo había nacido ese homenaje tan crudo como sutil a las personas que apuran su vida en soledad, ésas que forman parte del paisaje y en las que nadie repara y cuya ausencia jamás se hace notar? Paul McCartney contó en alguna ocasión que había bautizado como Eleanor a la protagonista de la pieza para hacer un guiño a una intérprete, Eleanor Bron, con la que había actuado en la película Help!, dirigida por Richard Lester en 1965. También explicó que poco después de ponerse a escribir la letra, mientras paseaba por Bristol junto a la actriz Jane Asher, su pareja de entonces, vio una tienda cuyo rótulo, Rigby, le inspiró el apellido de la protagonista de aquella canción incipiente. Asimismo, se dijo que el padre McKenzie debía su identidad a la ojeada que, en pleno proceso creativo, alguno de los componentes del grupo había echado a la guía telefónica. No había por qué creer que tales aseveraciones no eran ciertas, y como verdades se habrían tenido si, unos cuantos años después de que la canción saliese a las ondas, cuando «Eleanor Rigby» ya era conocida en todo el mundo, no hubiesen comenzado a alzarse voces que llamaban la atención sobre una evidencia antigua que cobraba las dimensiones de un verdadero hallazgo.

"Casualmente, en el año 2008 salió a subasta un documento manuscrito con un registro salarial del Hospital de Liverpool donde se consignaba el pago mensual de 14 libras a una asistente de cocina llamada, justamente, Eleanor Rigby"

Fue en la década de los ochenta del pasado siglo. Alguien que paseaba por el cementerio de la iglesia de Saint Peter —puede que porque sus pasos erráticos le condujesen hasta allí o puede que porque se hallara recorriendo en Liverpool los lugares que habían visto nacer a los Beatles— se encontró con una lápida ante la que no pudo hacer otra cosa que detenerse. Se trataba de una tumba con varios moradores, entre ellos una tal Eleanor Rigby que había fallecido el 10 de octubre de 1939, con cuarenta y cuatro años de edad. A diferencia del personaje de la canción, a la Rigby real, que había estado casada con un tal Thomas Woods, no la enterraron a solas con su nombre. Acompañó, junto a otros familiares cuyos nombres se consignan convenientemente en la lápida, a su abuelo John Rigby, el primer inquilino de la sepultura. Cuando la noticia llegó en primera instancia a oídos de McCartney, éste la desmintió y reiteró que los orígenes del nombre de la protagonista de su pieza se encontraban en los dos factores ya citados, el nombre de la actriz Eleanor Bron y el comercio de Bristol, pero ante el peso de las evidencias tuvo que reconocer que posiblemente la inspiración le llegase desde alguna imagen perdida en los pliegues del recuerdo: «El patio de la iglesia de Saint Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado; quizás mi memoria se clavó particularmente en ese recuerdo, o en el nombre, Eleanor».

Iglesia de Saint Peter, en Liverpool

La explicación se dio por buena, porque las musas surgen de la nada y aparecen cuando uno menos se lo espera. Casualmente, en el año 2008 salió a subasta un documento manuscrito con un registro salarial del Hospital de Liverpool —cabe señalar que la madre de McCartney había sido enfermera— y donde se consignaba el pago mensual de 14 libras a una asistente de cocina llamada, justamente, Eleanor Rigby. El bajista de los Beatles fue quien pujó por él para donarlo más tarde a una fundación de ayuda a personas con discapacidad. Es la única huella que, junto a su nombre en una lápida, queda de esa mujer que sin saberlo dio su nombre a una de las canciones más famosas del que seguramente sea el grupo por antonomasia de todos los tiempos y que seguramente jamás sospechó que se acabaría convirtiendo en el espejo de toda esa gente solitaria.

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