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La mujer sin sepultura, de Assia Djebar

La mujer sin sepultura, de Assia Djebar

Como una confluencia de géneros novelístico, histórico y biográfico, Assia Djebar, la escritora argelina más importante del siglo XX, narra en esta extraordinaria obra la vida y muerte de Zulija Udai, heroína partisana de la guerra de independencia de Argelia.

Zenda adelanta un fragmento de La mujer sin sepultura (Armaenia Ed.).

***

ADVERTENCIA

En esta novela se relatan todos los hechos y detalles de la vida y muerte de Zulija, la heroína de mi ciudad de infancia, durante la guerra de independencia de Argelia, con empeño de fidelidad histórica o, mejor dicho, según una perspectiva documental.

Sin embargo, algunos personajes secundarios, en particular los que se presentan como del entorno familiar, se tratan aquí con la imaginación y las variaciones permitidas por la ficción.

Me he servido a voluntad de la libertad novelesca precisamente para arrojar más luz sobre la verdad de Zulija y poder situarla así en el mismo centro de un gran fresco femenino, según el modelo de los antiquísimos mosaicos de Cesarea de Mauritania (Cherchel).

Si hacer escuchar una voz venida de otra parte
Inaccesible al tiempo y al desgaste
Se revela tan ilusorio como un sueño
Sin embargo, en ella hay algo que perdura
Aun después de perder el sentido
A lo lejos vibra todavía su timbre como una tormenta
Que no se sabe si se acerca o se aleja.

Louis-René Des Fôrets
Poèmes de Samuel Wood, 1988

PRELUDIO

1

La historia de Zulija: al fin la escribo o, más bien, la reescribo…

La primera vez era en la primavera de 1976, creo recordar. Me encuentro en casa de la hija de la heroína de la ciudad. De mi ciudad, Cesarea, su antiguo nombre, Cesarea, para mí y para siempre…

La segunda hija de la heroína, recién llegada de Argel, me clava una mirada ardiente… uno de los ayudantes me ha interceptado dándome una bobina de sonido para el magnetófono Nagra. Ella ha repetido mi nombre y se ha sobresaltado. Me interpela, y su pausada voz, de pronto, se alza:

—¡La estaba esperando! Esta tapia que delimita nuestro patio es precisamente la de la casa de su padre, ¿no es cierto?

Asiento con la cabeza. Al llegar aquí, una hora antes, había comentado para mis adentros: «Todo justo al otro lado de la vieja casa de mi padre, increíble…».

—Llevo años esperándola, ¡y llega justo ahora!

Ahora el tono de la joven es fuerte y agresivo. Sonrío, un poco cansada.

—Estoy aquí, tal vez con retraso, pero ¡aquí estoy! A trabajar…

Ella y yo por fin hemos empezado: la historia de Zulija.

***

Sí, era la primavera de 1976. Andaba yo absorta en la búsqueda de localizaciones para un largometraje. Al principio, había pasado dos semanas en la montaña, alojada en pequeñas alquerías a las que a veces ni tan siquiera llegaba la carretera principal (la vía romana, como aquí la llaman los campesinos de mi tribu materna). Por la tarde, despedía al conductor del todoterreno y a los ayudantes, encantados de irse a dormir a la llanura o a Tipasa, al nuevo hotel para turistas. Yo solía pernoctar en casa de unas primas; en algunas ocasiones, en el pueblo de Menasser, donde vivía un hermanastro de mi madre, un envejecido granjero siempre austero y reservado, y en otras, en aldeas perdidas, donde alguna tía política.

En los numerosos relatos de mis anfitrionas se había evocado muy a menudo el mismo nombre: Zulija… Zulija… «Cómo, ¿que no la conoces? ¡Si es de tu ciudad!», decía una. «¡La madre de los maquis argelinos!», la apodaba otra.

Dos o tres semanas después de tanto conciliábulo, me encuentro por fin en Cesarea, en casa de Zulija, desde donde partió a su destino en la primavera de 1956.

Me siento enfrente de Mina, su hija pequeña.

—¡Te he estado esperando todos estos años! Me interpela de nuevo, esta vez en árabe dialectal. La frase de amargas palabras vibra, sin embargo, con una oculta y temblorosa dulzura, al borde del llanto. Dulzura que así percibo quizás por la sonoridad andalusí del árabe refinado de las mujeres de esta ciudad.

—¡Hablemos! ¡Empecemos! —respondo con tono firme.

Miro fijamente la tapia que colinda con la casa de mi padre, el lugar de mi tierna infancia… Intento no sentir remordimientos: haber permanecido tanto tiempo sin moverme de Argel, este último año, desde que regresé a mi tierra.

—Yo también enseño en Argel —murmura Mina—, pero en secundaria. Tengo veintiocho años.

Se calla. Respira.

—En el momento de la independencia del país, yo tenía quince años.

Se calla de nuevo. Después, continúa en tono más bajo:

—Cuando mi madre fue asesinada, yo tenía doce años.

2

De nuevo primavera. Dos años después. Termino el montaje de la película dedicada a Zulija, la heroína. Dedicada también a Béla Bartók. La historia de Zulija se esboza en la secuencia de apertura. Dos horas de película fluyen luego como un río tranquilo: ficción y documental, frecuente sonido en directo, algunos diálogos entre mujeres, torrentes de música tradicional y contemporánea.

En cuanto a Zulija (su juventud, sus matrimonios, sus hijos, su incorporación a las filas de la resistencia en 1956, sus dos años de alarmas, peligros y regresos clandestinos a la ciudad como proveedora de medicamentos y, a veces, de armas), su vida de lucha, segada a los cuarenta y dos años, ¡es como si se hubiera quedado suspendida en el espacio de la antigua ciudad! Hasta la trágica escena final: Zulija, apresada, sale del bosque custodiada por soldados. Lanza una arenga al círculo de hombres, con lirismo y desafío. Algunos campesinos ancianos lloran mientras harkis y oficiales franceses la conducen a rastras hacia el helicóptero.

Nadie volverá a verla con vida.

La pasión de Zulija: su apóstrofe final resuena para mí, aquí, cada mañana soleada; en la pantalla, unas voces anónimas lo van recitando con fondo de música de flauta de Edgar Varèse…

Imágenes actuales de la antigua capital: calles semidesiertas, una mendiga vagabunda, bellasombras por encima de los rostros de piedra, el inmutable faro milenario. Las voces solapadas realzan aquel destino de mujer: la evocación dura algunos minutos en los que la cámara va rastreando lentamente el espacio vacío de las arterias, de las plazas y de las estatuas sin mirada. Como si Zulija, que no recibió sepultura, flotara, invisible y perceptible, sobre la ciudad rojiza.

Obra dedicada a Zulija, pero también a Béla Bartók. El músico húngaro había venido a Argelia pocos años antes del nacimiento de Zulija, la imperecedera.

Nadie, efectivamente, volvió a verla con vida. Tal vez, gracias a la música de Bartók, yo la oigo, oigo a Zulija, constante, presente.

Y con vida, por encima las callejas, las fuentes, los patios y las elevadas azoteas de Cesarea.

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Autora: Assia Djebar. Traductora: Laura Rey-Stolle. TítuloLa mujer sin sepultura. Editorial: Armaenia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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