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La negra etnográfica de Ibon Martín

La negra etnográfica de Ibon Martín

No conocía la obra de Ibon Martín (Donostia, 1976), y mi primera reacción ante la primera novela suya que llegó a mis manos, El ladrón de rostros (Plaza y Janés, 2023) fue de rechazo. Pensé que se trataba de otro de esos relatos truculentos que apelan al morbo del lector, así que tuve el libro aparcado un tiempo hasta que, casualmente, descubrí una especie de trampantojo en su portada. Una serie de finas incisiones verticales que simulan hilos de lluvia y los aros concéntricos que producen al caer sobre un estanque, un efecto visual que sólo se percibe desde cierto ángulo. Como si se tratara de un conjuro, me hizo abrir las páginas y sumergirme en una agradable lectura. Así descubrí a un escritor que te cautiva con bellas descripciones de imponentes paisajes, unas tramas bien urdidas, personajes creíbles y sobre todo con la atmósfera de autenticidad que impregna su historia. La frescura y naturalidad de los diálogos es una de las mejores bazas del narrador vasco, tal vez fruto de su costumbre de escribir en bares y cafeterías, inmune al barullo de voces, molinillos de café, televisiones y máquinas tragaperras, mientras mantiene el oído atento a los chismes y chascarrillos de la parroquia.

"La ubicación de cada una de ellas revela una fórmula muy personal de este autor, que durante diez años recorrió los caminos, senderos y trochas de su tierra para escribir libros de rutas y viajes"

Su octavo título, El ladrón de rostros, arranca fuerte. El cadáver de una mujer, cuyo cuerpo ha sido sometido a la ablación de sus órganos internos, aparece en la pequeña ermita de Saindaili, en el pueblo de Oñati. Sus manos están abiertas en actitud de entrega, y leves residuos de cera muestran que su asesino tomó moldes de su rostro. Posteriormente, aparecen otras víctimas igualmente mutiladas de esa forma atroz: un anciano monje, un artesano residente en una localidad cercana y la guardiana de la ermita. Los investigadores de la ertzaina no tardan en relacionar el aspecto que ofrecen con las esculturas de Jorge Oteiza que presiden el monasterio de Arantzazu, los catorce apóstoles huecos que han renunciado a sus entrañas para servir a Dios.

Son Ane Cestero y sus colegas de la Unidad de Homicidios de Impacto, que han protagonizado también las novela anteriores de Martín: La danza de los tulipanes, ambientada en la ría de Urdaibal, y La hora de las gaviotas, situada en la ciudad marinera de Hondarribia. La ubicación de cada una de ellas revela una fórmula muy personal de este autor, que durante diez años recorrió los caminos, senderos y trochas de su tierra para escribir libros de rutas y viajes. Un día pensó utilizar los paisajes más impactantes y evocadores para poblarlos con su propio paisanaje imaginario, convirtiéndolos en historias en clave de thriller pues, además de disfrutar con la descripción del territorio, Martín maneja con soltura la dosificación de la intriga y la tensión, con picos de sierra recortados como las cumbres rocosas de la sierra de Aizkorri.

"Martín recurre a los mitos y leyendas de su tierra, pero de una forma diferente a cómo lo hace Dolores Redondo, pues nunca cruza el umbral del realismo para hollar lo sobrenatural"

El valle sin nombre fue su primera novela, publicada por la misma editorial de sus guías de senderismo, a la que siguió una serie de cuatro títulos, Los crímenes del faro, inspirados en el thriller nórdico, que el propio Martín designó como noir euskandinavo por su carácter septentrional: una naturaleza indómita con frecuencia hostil y una climatología extrema de la que hay que protegerse gran parte del año. Aparte de esos rasgos propios, yo destacaría el caracter etnográfico de su literatura. No se trata sólo de combinar lugares más o menos mágicos con argumentos atractivos, sino de una inmersión cultural, costumbrista en dichos parajes, pues el escritor donostarria se empapa de ellos a fondo y los transmite de forma amena e instructiva. Lecciones de geografía e historia con un toque folk. Por ejemplo, las argizaiolas o cerilleros de difuntos que aparecen en esta novela, incluso representadas en la portada, una pieza propia de los ritos funerarios compuesta de una tabla de madera tallada con determinados signos, en torno a la cual se enrolla una fina candela cuya luz guiará al difunto hasta el más allá. Martín recurre a los mitos y leyendas de su tierra, pero de una forma diferente a cómo lo hace Dolores Redondo, pues nunca cruza el umbral del realismo para hollar lo sobrenatural. Su estilo se aproxima más al del tristemente desaparecido autor gallego, Domingo Villar, al que Martín admira.

Argizaiola.

El ladrón de rostros se sitúa en mayo en 2021, en el segundo brote de la pandemia, que Martín utiliza como recurso para acentuar la angustia que sufren los habitantes de Oñati, una población asediada por un monstruo. En pos del asesino, Ane Cestero y sus colegas recorren la zona desde la central eléctrica de Olate al impresionante monasterio de Arantzazu, donde se hospedan sometidos a un menú espartano. Paisajes bucólicos, de ondulantes y verdes colinas, salpicados de ovejas en sus bordas y lugares umbríos de difícil acceso o abruptas montañas. Desde una escuela de pastores a un centro de terapias naturales dirigido por Gemma, que organiza cursos de yoga y susurra a las abejas que cría con mimo.

"El ladrón de rostros no roba tiempo de lectura, al contrario; aporta solaz y esparcimiento, además de información interesante sobre un lugar de España conocido años atrás por generar noticias trágicas"

Martín construye esta historia sobre una encrucijada espiritual, en la que convergen las creencias milenarias ancestrales como los ritos de fertilidad en pozas de agua, el cristianismo católico representado por los monjes de Arantzazu y las últimas técnicas de meditación y autoconocimiento. Prestando atención a los pequeños detalles crea una atmósfera envolvente que aporta gran verosimilitud al relato. Los apetitosos nombres de los dulces que elaboran las monjitas, los métodos de apicultura y de elaboración artesanal de quesos, las máscaras de la procesión del Corpus, o que Lope de Aguirre sea antepasado de uno de los personajes. E incluye algún guiño a los lectores de novela negra, como la breve intervención del músico Diego León creado por su colega de Portugalete, Mikel Santiago.

Ane Cestero es la principal protagonista, junto a una rica galería de personajes, sus colegas y los habitantes de Oñati. Empieza a superar la pérdida que sufrió en la entrega anterior y se enamora de un joven aprendiz de pastor que la inicia en el boxeo, afición que se suma a la escalada, la batería y el café. Su amiga Julia, intrépida nadadora de aguas bravas, tiene un papel especial conectado con sus orígenes y un oscuro episodio del franquismo, y la perspicaz psicóloga Silvia identifica al asesino serial, conocido popularmente como el Apóstol, dentro de la categoría de «misioneros», unos de los más temibles pues actúan convencidos de realizar una misión divina.

El ladrón de rostros no roba tiempo de lectura, al contrario; aporta solaz y esparcimiento, además de información interesante sobre un lugar de España conocido años atrás por generar noticias trágicas. Paradójicamente, estas historias de Ibon Martín de crímenes y muertes ofrecen una visión amable y acogedora de Euskadi, como un país fascinante que se hace querer y apetece visitar.

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Autor: Ibon Martín. Título: El ladrón de rostros. Editorial: Plaza y Janés. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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