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La noche más oscura brillaría

La noche más oscura brillaría

A veces las anécdotas vienen cargadas con la elocuencia de lo evidente, como si no hubiera mejor explicación a un hecho, un fenómeno o una vida, tres cosas que vienen a ser lo mismo cuando las circunstancias se confabulan con el destino. Corre el año 1960 y Ella Fitzgerald anda de gira por Berlín, la misma ciudad donde treinta y dos años antes se escuchara por primera vez “Mack The Knife” (“Die Moritat von Mackie Messer”, 1928). Un año antes de ese viaje europeo, Bobby Darin había conseguido arrinconar a todos los precursores que se habían atrevido con la canción de Kurt Weill y Bertolt Brecht, al permanecer nueve semanas en lo más alto de la lista de sencillos —curiosamente, ahora ha regresado esa Era, la del sencillo, al amparo de las plataformas de streaming— y llevarse un Grammy a casa por esa versión del clásico de la Ópera de los tres centavos (1929). Delante de doce mil personas, Ella Fitzgerald encara el standard advirtiendo que la letra le tambalea, pero que lo va a intentar. Ocurre lo peor, que es lo mejor cuando el genio anda cerca. Ella olvida, en efecto, la letra y empieza a improvisar como sólo ella sabe (“Oh, what’s the next chorus to this song now? (…) You won’t recognize it, it’s a surprise hit”). Lo que acaban haciendo Ella y sus fellas, que es como llama la cantante a su banda de acompañamiento, el Paul Smith Quartet, ha pasado a los anales de la historia del jazz.

"Judith Tick cuenta cómo antes jamás se había contado la vida de Ella, sus desventuras en las calles de Nueva York, en los callejones y aceras de la Gran Manzana"

Por suerte, el productor Norman Granz, a la sazón al frente del sello Verve, decidió, con su proverbial olfato, publicar la interpretación fallida de la pieza canturreada en el escenario del Deutschlandhallen, lo que propició que la cantante se mantuviera catorce semanas en lo más alto de las listas de éxitos y que el disco (Ella in Berlin, Verve, 1960) y el single se llevaran sendos Grammys al año siguiente. Era la primera vez que Ella Fitzgerald cantaba aquella canción universal. El crítico del San Francisco Chronicle Ralph J. Gleason saludó la salida del álbum escribiendo que la de Ella era “una de las voces  musicalmente más perfectas que jamás se haya prestado a una canción popular”. No le faltaba razón. Ni el rango infinito de Sarah Vaughan, ni la intensidad de Billie Holiday, ni la inventiva de Carmen McRae, ni la versatilidad contemporánea de Cassandra Wilson, por poner ejemplos palmarios del arte de la canción, se acercan a la peripecia vital y artística de la gran dama del jazz del siglo XX, Ella Jane Fitzgerald (1917-1996), The First Lady of Jazz.

"Ted Gioia trata muchas de sus referencias en El canon del jazz, donde entra y sale como una divinidad con majestuosa soltura y autoridad"

Judith Tick cuenta cómo antes jamás se había contado la vida de Ella —Ella, que eres tú—, sus desventuras en las calles de Nueva York, en los callejones y aceras de la Gran Manzana. Recuerda el infarto de la madre con quince años, los maltratos de su padre, la acogida de una de sus tías en Harlem, las pellas en el colegio para hacer de mensajera para una lotería ilegal en el barrio, la regencia de un burdel, las propinas conseguidas cantando y sudando la piel con bailes de sensualidad adolescente, su paso por la cárcel acusada de absentismo (¡qué tiempos!), la época del reformatorio, su huida y su regreso a las calles… hasta que se alza con el primer premio del legendario concurso vocal del Apollo Theatre, la famosa y exigente Amateur Night Contest. Corría el año 1934, y Ella seguía siendo una fugitiva de diecisiete años. El resto es historia, sudor y una profundidad emocional en sus interpretaciones que habría que captar con sonar de altísimo alcance, casi abisal. El antiguo biógrafo Stuart Nicholson ya hablaba de ello, y no sin poca autoridad. Ahora es el turno de Tick, quien ha contado para el perfilado con fuentes más diversas y afinadas, empezando por las revistas «raciales» de época, no estudiadas hasta la fecha. Trabajo arduo, dado el racismo imperante en la época, que se extendía a la crítica musical, desde luego. Ella Fitzgerald jamás ofreció confesión alguna de sus circunstancias vitales. Ella, la diosa del scat (tararear sin palabras reconocibles marcando la melodía), la artista que recurrió a cuarenta y cinco piezas para abordar su solo de “How High the Moon” en directo en Berlín. La versión, un clásico desde entonces en el repertorio de la Fitzgerald, recibió en 2002 el premio que la elevaba a los altares del Grammy Hall of Fame, una distinción especial introducida en 1973 para honrar las grabaciones con al menos veinticinco años de antigüedad que cuentan con una “importancia cualitativa o histórica” fuera de lo común.

“Ella Fitzgerald es capaz de conseguir que una canción tenga una transparencia totalmente novedosa, insólita”, ha dicho de la cantante el experto musical (y hoy parcialmente sordo) Nick Coleman en Voces (Blackie Books, 2019). Por su parte, Ted Gioia trata muchas de sus referencias en El canon del jazz (Turner, 2013), donde entra y sale como una divinidad con majestuosa soltura y autoridad. Suyos son los grandes songbooks de la cultura norteamericana, esos compendios de vida metrada con melodías imperecederas, de Gershwin a Porter, de Arlen a Ellington. Los diez años de investigaciones de la profesora emérita Judith Tick así lo atestiguan. Biografía sin parangón, reveladora y de una valía inestimable que se espejea en la pulverización de estereotipos que llevó a cabo la legendaria exploradora del Gran Cancionero Americano del siglo XX, Ella Fitzgerald. Ella. Siempre.

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Autor: Judith Tick. Título: Ella Fitzgerald: La cantante de jazz que transformó la canción norteamericana. Traducción: Antonio Jiménez Morato. Editorial: Libros del Kultrum. Venta: Todostuslibros.

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