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La nueva mujer norteamericana

Louis Mallard —protagonista del relato “Historia de una hora”— padece del corazón. A sabiendas de la dolencia, su hermana Josephine le comunica con la máxima delicadeza la muerte de su marido en accidente ferroviario. Louise se echa a llorar “con un abandono súbito y salvaje, en brazos de su hermana”. Pero, superado el dolor inicial, pide encerrarse sola en su alcoba y, tras mirar por la ventana, se tiende en un sillón:

“Algo le estaba llegando y ella lo estaba esperando, con miedo. ¿Qué era? No lo sabía. Era demasiado sutil y huidizo para darle nombre. Pero lo sentía, saliendo del cielo y acercándose a ella a través de los sonidos, los aromas, los colores que llenaban el aire.

Su pecho comenzó a agitarse tumultuosamente. Comenzaba a reconocer aquello que se acercaba para poseerla, y estaba luchando para combatirlo con toda su voluntad (…).

Cuando se abandonó un poco, una palabra susurrada se escapó de entre sus labios: “Libre, libre, ¡libre!”.

No contaré el chocante final de esta obra maestra del cuento que es “Historia de una hora”. Merece la pena que sea el lector quien lo descubra y ahonde en la genial ambigüedad que adorna la literatura de Kate Chopin. En particular su visión de la pareja, el matrimonio y la liberación de las mujeres, cuya hondura supera cualquier maniqueísmo. No hay que olvidar que, pese a su inteligencia y a lo avanzado de sus ideas, Chopin fue una mujer de su época.

"En sus ratos libres de ama de casa, robando horas al sueño, escribió los tres magníficos libros de relatos que contiene su obra completa"

Catherine O’Flaherty nace en San Luis, Missouri, en 1850. Quizá sea la decana del importante elenco de cuentistas norteamericanas que surgirán a lo largo de los siglos XIX y XX: Edith Wharton, Willa Cather, Katherine Anne Porter, Eudora Welty, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Elizabeth Bishop… Pero Kate atesora una particularidad: no es anglosajona ni protestante, sino de origen francés y católico; lo cual la convierte en una mujer mucho más moderna y abierta que sus coetáneas. El hecho que propicia esta circunstancia es la muerte de su padre —un hombre de negocios irlandés— en accidente ferroviario, cuando ella tenía cinco años. La madre, criolla francesa, no volverá a casarse, y Kate se educa en un matriarcado que completan su abuela, las criadas negras y su bisabuela, dama francesa que le habla en su lengua vernácula, convirtiéndola en bilingüe. Además, asiste a la escuela católica de las madres del Sagrado Corazón de San Luis, también francesas.

Escribe Eulalia Piñero en el prologo a estos Cuentos completos editados por Páginas de Espuma que a Kate Chopin la rodeó en su infancia “un mundo eminentemente femenino, liberal, plurilingüe y multicultural en el que, además del inglés y el francés (…) se hablaban con toda normalidad variantes dialectales como el patois de los criollos y otras lenguas propias de los esclavos negros”.

Por completar el retrato, cabría añadir que a Kate le apasionaba coleccionar citas sobre derechos de las mujeres, música, religión… Fue una joven enigmática que poseía, sin embargo, un carácter amistoso y mostraba una inteligencia poco habitual. Rechazaba las fiestas y los actos sociales porque le quitaban tiempo para hacer lo que más le gustaba: leer y escribir. En cambio, amaba la libertad del flâneur: vagar sola sin rumbo por las calles; beberse una cerveza y fumar en público; dar largos paseos a caballo.

Quizá el matriarcado, el universo femenino en el cual se formó, permita explicar su negativa visión del matrimonio, que contrasta con la felicidad que supuso para ella la vida en común con su único esposo: Oscar Chopin, un hombre bueno y comprensivo que le dio seis hijos en apenas una década de vida en común, antes de morir de malaria en 1882. Su temprana muerte devolvió a Kate a una existencia de soledad femenina educando niños, que afrontó con la determinación casi heroica de convertirse en escritora.

En sus ratos libres de ama de casa, robando horas al sueño, escribió sus tres magníficos libros de relatos: Gente del Bayou (1894), Una noche en Acadie (1897) y Una vocación y una voz (1900). Casi todos los cuentos que los componen y otros sueltos se publicaron en revistas de prestigio como Vogue, Century o Youth Companion.

El matrimonio es, junto al racismo y el costumbrismo sureño, el tema clave de los relatos, entre los cuales hay uno que brilla con luz propia hasta el punto de convertirse en uno de los mejores que he leído de la literatura norteamericana: “Athénaïse”. La protagonista es Athénaïse Misché, joven alocada y sensible que se ve obligada a casarse por imperativo social con un hombre que, si bien la atrae y es comprensivo y tolerante, se convierte en un yugo para ella, pues lo que más desea Athénaïse es vivir su propia vida: “No era de las que aceptan lo inevitable con paciente resignación, un talento con el que nacían muchas mujeres (…). Su sensibilidad era algo vivo y ansioso y excitable. Recibía las cosas agradables de la vida con un aprecio franco y abierto, y en condiciones desagradables se rebelaba”.

"Tal vez en este punto de mi relato ya sea posible definir quién es “la nueva mujer norteamericana”, que da título a esta reseña y anuncian los cuentos de Chopin"

Al fin, con ayuda de su hermano, Athénaïse se fuga del domicilio conyugal, alquila una habitación en una pensión de Nueva Orleans y trata sin éxito de encontrar trabajo. Pero no importa: frente a ella se ha abierto una nueva vida que es solo suya: puede mirar por el balcón, entrar y salir cuando quiere, confeccionar y lucir vestidos a su gusto… Se siente envuelta en un mundo nuevo y pronto conoce a otro hombre, un periodista mucho mayor que ella: el señor Gouvernail, con quien paliar su soledad en largas conversaciones. “No se sentía sola, ni añoraba su casa; la novedad del entorno era entretenimiento suficiente (…). Y luego estaba aquella sensación tan, tan reconfortante de no estar casada”.

“Athénaïse” fue embrión de El despertar, una de las novelas más importantes de la literatura norteamericana, donde la autora da rienda suelta a una libertad creativa absoluta, de la cual no salió indemne, quizá porque fue capaz de mostrar con lucidez que el verdadero problema de la emancipación femenina no eran tanto los hombres, como la falta de libertad infligida por una cultura que imponía a hombres y mujeres desempeñar roles que suponían una carga para ellos.

Cuentos completos es otro magnífico logro editorial de Páginas de Espuma, que nos invita a conocer a fondo a Kate Chopin.

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