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Una casa en la nieve

De la chimenea salía humo y todo estaba cubierto de nieve. Un coche tirado por renos llegó a la casa y descendió de él un hombre con largos bigotes blancos. El conductor le ayudó a sacar su equipaje, y después de esto el hombre de los bigotes entró en la casa.

Se oyeron gritos de júbilo. Una familia entera lo recibió alborozada: un matrimonio y sus dos hijos, un niño de once años y una niña de diez. El hombre que acababa de entrar por la puerta era el tío de estos niños, el hermano de la madre.

—¡Tío, tío! —gritaban los niños.

Rápidamente dejaron a un lado el equipaje y se sentaron a cenar. La mesa estaba cuidadosamente dispuesta, seis cubiertos, y no cinco, como pudiera esperarse, porque los últimos años la familia rendía homenaje a un abuelo muerto.

—¿Cómo estás, tío? —preguntó el niño.

—Muy bien, pasando mucho frío en la capital, pero aquí vosotros estáis bien calentitos, ¿eh? Estos muros de piedra y esta chimenea no los tiene todo el mundo.

El padre de los niños pensó cuánto tiempo les durarían aquellos muros y aquel fuego. Pero en lugar de decirlo en voz alta preguntó otra cosa:

—¿Cómo está Liria, tío?

—Muy bien, en la ciudad, terminando sus estudios. Pronto la veremos.

—¿Has traído muchos regalos? —preguntó la niña.

—Sí, muchos, pero tendrás que esperar a los postres. No le vamos a estropear a tu madre esta magnífica sopa tan calentita… ¡Estoy hambriento!

—Claro —dijo la madre—, viajar da mucho hambre.

—No sólo es viajar —dijo el tío, sonriendo y guiñando un ojo—, yo siempre he sido tragón.

Todos comieron, y después de la comida el tío sacó los regalos de su maleta: un libro para el niño y un reloj para la niña. Estaban encantados: a él le gustaba mucho leer y en la casa apenas tenían libros; y ella le daba vueltas al reloj, fascinada…

—Vamos —dijo la madre—, ha llegado la hora de irse a la cama.

Entonces acompañó a los niños a sus habitaciones. Cuando los hubo acostado regresó al comedor.

La mesa se había puesto seria; el tío hablaba con voz grave:

—La guerra es inminente, van a tomar la capital y pronto vendrán aquí. Tenemos que huir en seguida.

—Sí, pero ¿adónde? —preguntó el padre.

—Hay unas cuevas en las montañas. Conozco gente allí; son de la resistencia y sabían que iba a ocurrir esto pronto: nos acogerán.

"Daba la impresión de que las nieves se conmovían y amenazaban con abalanzarse sobre ellos"

Ellos no se dieron cuenta, pero los niños escuchaban toda la conversación a través de la rendija de la puerta.

Al día siguiente la madre los despertó y les dijo que tenían que marchar de viaje. Los niños no replicaron y se vistieron con su ropa de mayor abrigo.

Todos, el padre, la madre, los niños y el tío montaron en un coche tirado por renos, muy parecido al que había llevado al tío allí.

Caminaron durante días sin hacer apenas paradas. La niña fue la primera en ver las montañas:

—¡Allí están, mirad! —dijo, asomada a la ventana del coche.

El coche se dirigió hacia las montañas, hacia un punto que el tío conocía de antemano.

Cuando llegaron todos salieron del coche, esperando que ocurriera algo, pero no ocurría nada.

—¿Hay alguien aquí? —gritó el tío hacia las montañas.

Pero nadie respondía, sólo el eco. Daba la impresión de que las nieves se conmovían y amenazaban con abalanzarse sobre ellos. Por eso el tío dejó de gritar.

—Vamos a esperar aquí —les dijo a todos—. Tarde o temprano aparecerán; yo sé que están aquí cerca.

Y esperaron esa tarde, y luego tuvieron que dormir en el coche, muertos de frío, pero por la mañana empezaron a aparecer por todas partes hombres armados.

—Aquí están, son ellos —dijo el tío—, dejadme a mí.

Hubo algún malentendido, pero el tío consiguió identificarse. Les ayudarían.

A partir de entonces empezó un tiempo largo, guarecidos en una cueva, al lado de un fuego, entreteniéndose como podían. Leyendo, poco, hablando, mucho, y paseando por los alrededores en una zona en la que no pudieran ser sorprendidos por el enemigo.

Un día el tío recibió un mensaje de su hija Liria. Ésta le decía que continuaba en la capital, que los invasores la estaban reduciendo a ruinas, y que ella seguía esperando a su novio, soldado en el ejército del país. Estaba bien, no la iban a hacer daño porque se había ocultado y hacía una vida muy discreta.

La familia seguía su monótona existencia en las montañas. Se sabía que el ejército invasor iba a dirigirse hacia allí y habría que hacerles frente o huir. Pero eran demasiado débiles para realizar una contraofensiva en condiciones.

El tío recibió otra carta de Liria. Su novio la había encontrado; se había introducido en la ciudad disfrazado y ahora ambos se dirigían hacia la cordillera, para poder reunirse todos.

Los acontecimientos se sucedieron rápido. Liria y su novio llegaron a las montañas, y el ejército invasor volvió a su tierra, porque sus aliados les obligaron a ello: no merecía la pena mantener preso a ese pequeño país, pues no había en ello ningún beneficio de alta política.

"Todos miraron extrañados a la niña, al tío y al reloj, como si no comprendieran muy bien aquella gran alegría"

Poco tiempo después de que Liria y su novio se reunieran con el resto de la familia, todos ellos partieron hacia su casa de siempre, la casa entre la nieve, que ya no humeaba por su chimenea.

Había sido muy maltratada por los soldados enemigos; tenía los cristales rotos y habían arrancado la puerta.

—¡Cuánto nos va a costar arreglarla! —dijo el padre, compungido.

—No te preocupes, Silas, eso es fácil —le replicó la madre—. Lo importante es que estamos vivos.

Todos miraban la casa, pensando en el pasado y en el presente. Al principio no repararon en lo que hacía la niña: estaba escarbando ante la puerta, en la nieve.

Al poco tiempo de haber empezado, sacó del agujero un reloj, el reloj que le había regalado su tío justo antes de que se marcharan.

—¡Mira, tío, todavía funciona! —gritó alborozada.

—¡Qué alegría, Rosa! —dijo el tío— ¡Aún funciona!

Todos miraron extrañados a la niña, al tío y al reloj, como si no comprendieran muy bien aquella gran alegría.

—¿No comprendéis? —dijo el hombre de los grandes bigotes— Nosotros somos como ese reloj. Hemos estado enterrados durante un tiempo, pero estamos vivos, aún funcionamos. Tenemos toda la vida por delante.

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