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La otra bestia, un cuento de Concha Alós

La otra bestia, un cuento de Concha Alós

¿Existe realmente la Bestia? ¿El padre siente por Arianna un amor incestuoso? ¿En qué consisten esas presencias que acompañan al solitario del acantilado y a sus gatos? ¿Por qué acecha en el camino de una adolescente ese leproso evadido? ¿Quién es Cosmo?… Todo un universo ambiguo y subterráneo, un malabarismo de elementos alucinados y reales en este libro de Concha Alós que se presenta en forma de relatos, aunque el ropaje sea lo de menos, ya que —en verdad— se trata de una sola historia y la atmósfera es idéntica: visceral, onírica, antropófaga, ambivalente, feroz y tierna en cada uno de los cuentos.

Concha Alós nació en Valencia y vivió gran parte de su vida en Barcelona. En 1962 se dio a conocer con la novela Los Enanos (Premio Planeta) y al año siguiente publicó Los cien pájaros. El éxito que alcanzó con sus primeros trabajos se consolidó con la obtención en 1964 (por segunda vez) el Premio Planeta por su novela Las hogueras, aunque le fue retirado por un problema de derechos con la editorial Plaza & Janés.

La editorial La Navaja Suiza publica Rey de gatos, una colección de relatos de una de las voces “clásicas» de la literatura española. Zenda publica “La otra bestia”, el primero de los cuentos de este libro.

La otra bestia

Es extraña. Resulta imprevisible. Nadie sabe cómo puede imponerse, mandarme. Anoche me hizo vestir de negro, toda de negro: el traje largo, topacios en las orejas, dedos, escote. Maquillaje pastel, tonos rosa, imitando la naturaleza, como si me dirigiera a la cita de un amante nuevo y calibrador. El rostro me quedaba intenso, la mirada brillante. Fiebre y misterio, que dicen las novelas baratas. Así, perfumada hasta casi agotar el frasco de Je reviens–Worth, y no sé si podré adquirir otro. Así, furiosa, mordiendo: «Pero para qué tanto disfraz, para qué, si lo que querría es meterme un saco por la cabeza, una soga, tirarme al río», me hizo tomar un taxi. La dirección estaba en el papel arrugado del anónimo: «¿Ya sabe adónde va su idolatrado gigolotto? ¿Por qué no acude un día cualquiera…?». Y la dirección. La voz se me disparó en un gallo cuando se la repetí al taxista. Y las calles pasaban, iban huyendo, quedaban atrás. Relámpagos de puertas y ventanas, escaparates, y las gemas prohibitivas, autoritarias, de los semáforos: «Pare», «pase»… Sentada sobre el cuero del vehículo. El trepidar, las vueltas, con aquellas rabiosas ganas de llorar. Doblarme, aguantando el estómago, derretirme en llanto de una vez, sin el más remoto deseo de encontrarlo in fraganti, deseando con toda mi alma seguir creyendo en él, igual que cuando me cobijaba dentro de su abrigo: «Bichito, es asombroso lo que te quiero. Eres como mil animalitos todos juntos. Como una selva de latidos para mí solo». Y ella, la Bestia: «¿Llorar? Ni se te ocurra. Nada de repetir los aburridos cuentos de la lágrima. Nadie ama lo miserable». Y yo pensando argumentos idiotas para rebatir sus palabras. Santa Rosa de Lima y santa Isabel de Hungría, curando sarnosos. Historias que nos contaban las monjas, vidas heroicas inmoladas a lo despreciable. Pero ella que no, soltando el sobadísimo rollo de las valquirias, de las amazonas, la doncella de Orleans… Como si a mí me importaran un pito esas marimachos. Yo que me arrodillaría a los pies de Nico para suplicarle que me amara, para repetirle cómo me estaba matando. Así, moqueando, desesperada. «Mira lo que has sacado hasta la fecha con tu actitud. El negocio lo tienes bien a pique. Y un día te van a encontrar seca, deshidratada, lista para el otro barrio. Ponte en tu sitio, imbécil, recobra tu dignidad. Mantente soberbia, aguanta el tipo aunque por dentro te deshagas. Cuando una mujer ha perdido su amor propio lo ha perdido todo». Soberbia. Dios, ¿cómo se puede ser soberbia cuando se ha bajado veinte veces a los infiernos? Cuando se siente una basura despreciada, sucia, inservible. Tan vieja.

Lo hice. No podía rebelarme. Ella siempre elige mis días bajos, mi depresión, mi miedo. Clava las uñas aprovechando. Hiere, anula. El taxi paró en una de las zonas extremas de la ciudad, un barrio residencial que yo no había visto nunca. Casas con jardín, alambradas de tenis, piscinas… El noventa y tres pertenecía a una casa con valla de madera, madera de calidad, encerada. El taxista preguntó: «¿He de esperar?». Yo: «No. ¿Qué le debo?». Y las manos sin encontrar el portamonedas. Hasta que arrancó con su faro verde y el cartelito de libre. Al llegar a la esquina dobló, cambiando a segunda, dejándome con el terror, con aquel incontenible impulso de lanzarme detrás, de gritarle que me había equivocado, que me llevara a mi casa nuevamente. Pero ella no me lo permitió. Yo diría que me agarraba por las muñecas, que me tapaba la boca. No sé. Y todo quedó en silencio, un silencio que gravitaba como una lona grandísima, igual que si la vida humana se hubiera ahogado, tapada por ella. Luego se oyó un agudo «uuii uuii», creo que de mochuelo, y los demás ruidos volvieron a funcionar, mientras yo contemplaba el astro allá arriba, solitario, quieto, muerto, delgado como una cuerda de barco, y ella, la Bestia, permanecía a mi lado, tan tangible y concreta como si no fuera parte de mí misma y se hubiera desdoblado para colocarse enfrente, poderosa y despótica: «No abras la verja. Rechina. Ven por aquí». Y salté. Soy ágil. Por algo pierdo tres tardes a la semana en el gimnasio. Me doblo sin sentir y las palmas quedan planas en el suelo, hago la mosca mejor que ninguna. Nadine me pone como ejemplo: «A ver, Lila. Hágalo usted». Y yo, luciéndome, con las mallas negras ajustadas, sabiendo que el grupo de mironas envidian mi estómago plano, mis muslos, la línea de la cadera.

Exactamente debajo de la verja está la pita. Grande y decorativa, de bordes amarillos. Me pincha, siento el arañazo en el tobillo, me duele, puede que esté sangrando. ¡Vaya! Y se me enganchó el vestido, la gasa queda rasgada cerca del dobladillo. Me acongojo: tan precioso el modelo de Nadala Papillón que ahora se puso tan carera y con papá enemistado por culpa de mi boda con Nico: «Tú lo has querido, hijita. Ya tienes el marido guapo y amadísimo, pero debes comprender que tu padre no va a ser el eterno pagano. Rechazaste tu carrera, no aceptaste a Sorribas. Hágase tu capricho, pero atente a las consecuencias, ni hablar de que mamá y yo asistamos a la ceremonia. Ese sujeto ya sabes que no me gusta. Es un raro. Y no veréis un real hasta que me muera. Eso, si no puedo impedirlo. De momento la legítima pelada. Y… Dios me dé años». Pero la Bestia ni tuvo tiempo de regañarme por mi frivolidad. El Gordini ha parado enfrente mismo de la casa. Apenas me da tiempo a agacharme escondida en la sombra. El único farol de la calle pega de través a las moreras que están empezando a brotar, a un álamo, pero a la izquierda existe un cobertizo que puede servir de escondite. Al agazaparme observo que está lleno de begonias y otras plantas, tiestos. Gime la barrera. Nico cruza a dos pasos de mí. Sube por la escalera descubierta y pienso: «Ahora llamará, abrirá uno de sus socios. Dirá: “Hola, Nicolás, te estamos esperando. Ha llegado ya fulano, de la empresa abissa… Pasa”. Y entonces podré echarle en cara a la Bestia lo excesiva que resulta, lo suspicaz e inaguantable. Que no quiero escuchar ni una palabra más de su sucia boca, que somos entre las dos una hidra. Dos cabezas. Y cada una de ellas quiere una cosa: es que ansío estar sola, sin ella. Miro a mi marido subir los escalones con la cabeza erguida y encima los hermosos rizos negros, murmurándome “Amor” a mí misma, como si se lo dijera a él». «Lo más odioso, lo más mezquino es ser celosa. Una mujer no debe tener celos. Se rebaja. Se revela falta de seguridad en sí misma. Cualquiera, si quiere triunfar, debe creer en su persona… Es algo que leí no sé dónde, en un Reader’s Digest seguramente, o, a lo mejor, se lo he oído a mamá».

La Bestia calla, inmóvil. Y me llega, increíble, su fuerza, como un fluido a punto de estallar, igual que si tuviera al lado una pantera enorme, agachada, dispuesta a un salto infalible y asesino. Al tiempo que tiemblo de miedo, pienso que ella no ama a Nico, que lo odia, que preferiría verlo extendido en medio de una carretera, cubierto de sangre, a sentirse abandonada, a soportar sus fugas hacia una evasión más entretenida, a adivinarlo feliz con otra mujer, divertido con algo que no sea yo y la Bestia, la Bestia y yo.

El timbre de la puerta es una caja de música. Unos compases de vals. Y al mirar la figura de Nico en el quicio, allí de pie, siento unos enormes deseos de gritar. Porque a mí me gusta gritar. Cuando grito, cuando suelto uno de esos alaridos míos, me siento descargada, liberada de todos los diablos que me torturan. Escapan y me dejan libre. También río a carcajadas sin motivo y algunas veces no puedo pararme. Una tarde me dio un ataque de risa que me duró no sé cuánto. Los niños se asustaron tanto que lloraban, pedían auxilio. Acudieron los vecinos y yo, al oírlos, me callé. No pude explicar nada, pero quedé totalmente serena. Otra noche, Nico no estaba, destruí una almohada a mordiscos. Cuando llegó –muy tarde– me encontró dormida, nevada de plumas. Yo y la habitación cubiertas de tantas y tantas plumas que tiene una almohada, que parece mentira. Pero no grito, no. Me contengo y contemplo allá abajo, nerviosas y múltiples, todas las luces de la ciudad: «Son como estrellas, como constelaciones, las calles iluminadas. ¡Qué belleza! De día la panorámica debe ser preciosa» monologo como si cumpliera con un deber, como me enseñaron mamá y la miss que hay que hacer con las visitas. Incitar la conversación, hablar aunque no se tengan ganas. ¿O se lo digo a ella con el oculto deseo de distraerla, de impedir la magia, como si todo lo que va a ocurrir dentro de unos instantes pudiera ser obra de sus artes, de una voluntad poderosa emanada desde su actitud de fiera en reposo, de amansarla, como si mi oscuro presentimiento de que iba a tomarse la revancha pudiera resultar cierto? «Ahora saldrá Llavaneras, el socio…» creo que pronuncié también.

Pero no hubo socio. La puerta se abrió y vi a la mujer. Bueno… un perfil, algo anguloso y alto, vestido con transparencias, con una voz fina, un falsete mascaril. Oí su voz. Y la de mi marido. La de Nico, al tiempo que notaba cómo la aorta se me abría por en medio con un tajo que me iba produciendo su tono, tan íntimo, tan parecido al que me regalaba tiempos atrás a mí. Aún lo veo en el pasado: mi novio, Nicolás, mi adolescente Nico con su cabeza de Andrea del Sarto pensativa, rizosa. Cruza por la acera de enfrente, mira hacia mi ventana. Yo acabo de encender un cigarrillo. Aguardo. No hay prisa. Ahora bajaré. Me asomaré al balcón de la calleja. Llamaré: «¡Nico!». Y él vendrá. Me mirará de esa forma especial, entre tímido y codicioso. Más tarde nos besaremos. Tanto da que papá repita: «¿Y este tipo de dónde sale? ¿Quién es su familia? ¿No te das cuenta de que es un don nadie, desgraciada?». Papá, pobre, que cante misa.

Se cierra la puerta y se los traga a los dos. ¿Abrazados? Quizás él la lleva cogida por los hombros y ella apoya una mano de uñas largas, escandalosamente rojas, en la cintura de él. Y yo diciéndome desde meses: «Cuánto tiempo que no me coge así», con aquellas ganas de pedirle: «¿Por qué no me llamas sirena, maga, scolia de los jardines? ¿No recuerdas los nombres que inventabas para mí?». Con aquellas ganas de suplicarle que hiciéramos el amor, que yo estaba ardiendo, ansiosa de él, tan hambrienta que no podía pensar en otra cosa. Y sin atreverme porque mi madre ya me lo predicaba: «Los hombres a veces tienen baches. Hay que respetarlos. Les obsesiona su trabajo, sus preocupaciones. No son como nosotras. Yo con papá nunca tomé la iniciativa. Son ellos los de la voz cantante y tú si tienes ganas te las pasas. Una mujer no es ninguna perra…». Mamá. A veces creo que mamá y sus mandamientos forman también parte de la Bestia, casi en tanta proporción como aquella hermana gemela cuyo espíritu ha quedado a mi lado, invisible para los demás, casi tangible para mí. «Erais dos. Ella se hubiera llamado Ofelia. Pero tú naciste primero y apretaste el cordón. La ahogaste». Ofelia es la Bestia. Y lo avasalla todo, no tiene escrúpulos. Cuando me hallo tranquilamente sentada leyendo o mirando la tele, esperando a Nico, que se retrasa, pensando que se ha prolongado su trabajo, a veces veo entrar a Cuchi, a mi hija Cuchi: «¿Por qué no viene papá? A estas horas las oficinas están cerradas y las tiendas también. Y él, ¿por qué no viene?». Ya veo el brillo de la Bestia dentro de sus ojos, que son como los míos y como los de Ofelia. Sé que la posee la Bestia y me horrorizo, me siento acorralada, sin salida. Es cuando grito, o río a carcajadas o bebo dos vasos de whisky sin respirar. O empiezo a probarme vestidos. Esos trajes que ella me aconseja que me ponga y que son largos, estrambóticos, sacados de revistas raras. Con escotes hasta el ombligo, transparentes, multicolores: –«Una mujer, si quiere interesar, ha de ser mil mujeres»–. Hechos de antiguas cortinas, de velos de novia, de visillos… Y collares, pulseras, abalorios, que mi marido ni siquiera mira.

Es Ofelia, la ahogada, quien suelta apenas cerrada la puerta: «¿Lo ves, cretina? ¿Te das cuenta? Tú que a la hora de meter en la balanza tu carrera, tu familia, las raíces tuyas, exclamaste como si te hubieras convertido en un charco de melaza: “Él vale más. No la carrera. No papá y su dinero: el mundo, el cielo, la salvación de mi alma por tenerlo. No me importa lo que digáis: ¿Que él es menos? ¿Por qué es menos? ¿Que no tiene bienes? ¿Que no sabéis quién es su familia? No me importa. Ni eso, ni vuestro sistema de valores, ni lo que piensan que es el prestigio esas personas que tratamos, esnobs todos, persiguiendo la última figura, al que sale en los periódicos, al más retratado. Me es igual quedarme sola. Sin raíces, sin tierra para pisar. Flotaré. Abrazada a Nico no necesito ni suelo”».

Yo no sabía si escuchaba. Era una herida. Toda yo una llaga. Me empezó a doler el estómago y luego las punzadas se trasladaron a la pelvis. Y dentro del cobertizo las begonias, gloxinias, aguileñas, aubrecias, palmeras enanas, qué sé yo, soltando su vaho gozoso, vivaz, como si se burlaran. Y el dolor es un chorro que no sé dónde está. Corre por esa serie de tubos del abdomen, del corazón, del alma. Tubos gordos y más delgados que conocí en los grabados de Fisiología que nos mostraba sor Regina –cara de rata, gafas de alambre, tan gorda y con aquel olor a sobaco–. La veo en el recuerdo con las mangas del hábito arremangadas, los brazos alzados, a punto de baile: «Señoritas, queridas señoritas: ¡y qué requetesabio es Dios! ¡Qué maravilla de cuerpo humano! ¡Esta piel, estas arterias! ¡Qué perfección! ¡Qué armonía! Es el Universo, un universo en pequeño, al fin y al cabo creado por la misma mano». Y sor Regina bajaba los brazos, juntaba las manos en plegaria: «Y ahora digan ustedes conmigo: Señor, eres único, omnipotente y sabio, ya que has podido crear algo tan parecido a lo perfecto». Y nosotras: Tichell, M.ª Ángela, Patro Fuster y todas, a coro, desganadas, aburridas, enclaustradas, mirando de reojo, con nostalgia, el sol y el aire que pegaba contra los cristales, respirando el aire cargado de la sala. A coro: «Señor, eres perfecto…». Mira que ponerme a recordar ahora a sor Regina, en estos momentos, con estas ganas de morirme. Y las tripas retorcidas, igual que en aquellos tiempos, cuando iba a venirme la regla, y me ponía tan mala. Recordaba a sor Regina y toda mi juventud: «Seré ingeniero, no quiero boda». Papá, con aquella ilusión: «Ha nacido una mujer nueva. Se acabó la inmolación a la especie. La mujer de hoy tiene voluntad de ser. Ya era hora. ¡El sentimiento! ¡Qué mandanga!, qué mentira, qué sumidero negro por donde escapan las fuerzas». Pero poco le duró el gozo. Dejé los estudios en cuanto apareció Nico. Nico, Nico, Nico… ¡Señor…! Los recuerdos danzaban frenéticos. Yo era el dolor y la locura. Recordé nuestro viaje a Italia: La Spezia, Ferrara, Roma, Florencia, Venecia, Turín… Revivía el nacimiento de nuestros hijos. Y la última explicación: ya habíamos apagado la luz y junto a mí estaba su cuerpo. Yo podía tocar sus bíceps, acurrucarme cerca de su vientre, besarlo… Veníamos de una fiesta. Eran más o menos las cuatro de la madrugada. Ridículas oleadas de dicha me invadían: «Nico volverá a ser el mismo», me decía ilusionada… Y arrinconados los fantasmas, yo tenía la carta mejor. Dije: «Presiento algo así como si fuera a empezar una nueva etapa en nuestra vida. Los niños ya están criados, tú y yo hemos evolucionado. Podemos convertirnos en una nueva pareja». Gruñó algo. Tal vez contestó que no me hiciera ilusiones. No sé. No lo entendí. Yo seguía aferrada a la atmósfera feliz que acababa de fabricarme: Nico salía conmigo. Ya venía a dormir por las noches. Fue solo una crisis que ya pasó. Eran realidades bellas y posibles, un resquicio en mi túnel de días atrás, una abertura por donde sacar mi cabeza, respirar sonriendo. Pensé que sería muy hermoso dilatar este instante como una goma, hasta el infinito. Me encantó la idea de un Dios amable, padre de todos los hombres, preocupado por la felicidad de cada una de sus criaturas: los hombres, las avecillas y los lirios del campo… El Dios de sor Regina, fabricante de tubos perfectísimos –tubos de carne de nuestra carne– y estrellas de mar, y gorriones, y abedules y viento. Y el amor de Nico para mí, exclusivamente para mí. Solo dije, supongo que transida de dicha ante la posibilidad: «Me gustaría que existiera Dios». No comprendo cómo se enfureció tanto. Encendió la luz, se incorporó en la cama y creo que nadie me ha mirado nunca con tanto odio: «Lo que más me molesta de ti es lo tonta que eres, lo egoísta. ¿Dios? ¿Y para qué quieres a Dios? ¿Para que arregle las cosas a tu medida? ¿Para que sea tu borrego? ¿Para que trabaje para ti como hago yo? ¿Para que cree para tu uso una imagen de felicidad, una cursi postal de esposos dentro de una rosa, padres de una parejita, de un nene y una nena? ¿Es que a los cuarenta años aún no tienes los ojos abiertos, mema, más que mema?». Yo estaba aterrada no solo de sus palabras, estaba aterrada, sobre todo, porque su voz, su mirada, la forma de mover sus manos, eran la voz, la mirada y los gestos de la Bestia. Parecía mi hermana, mi diablo.

Quedó tranquilo. ¡Yo estaba herida, tan herida! De nuevo el agua espesa, negra, la cloaca. Mi cabeza dentro. Anegada. Sola. Él respiraba suavemente y al poco emitió un ronquido corto. Se había dormido. ¿No sabía que era cruel? ¿Tenía el propósito de destruirme? Pero ¿por qué? Nico ya no era el árbol de la sombra, Nico se había convertido en un saco de interrogaciones. No era la primera vez que sorprendía dentro de sus pupilas a la Bestia. Su aire familiar, fatídico. La cabeza me daba vueltas. «No soy más que un trapo viejo, sin dignidad, abyecto. Solo deseo volver a respirar. Por favor, un poco de aire. No quiero estar hundida. Aún puedo tocar el camino nuestro con los dedos. No quiero ahogarme. Las rosas están ahí. Sus labios, sus besos, sus manos… Pero no, eso no es cierto, todo aquello está al otro lado del tiempo y en medio existe una sima demasiado profunda para que la haya cavado él solo. Yo he tenido que ayudarle y no lo sé… ¿Qué he hecho, Señor? ¿Qué culpa me haces pagar? Quiero abarcar todo, intento descifrar todos los porqués, sin entender nada. Las preguntas me obsesionan, son como un badajo de campana que me ensordece y anula inútilmente, porque no puedo contestarme, porque solo soy una máquina que interroga. Ni siquiera una máquina. Ya no soy nada. Nada».

Una araña peluda y grandísima avanza. Tiene la pinza del veneno roja de sangre. Camina cautelosa, torcida, con unos ojos redondos y sorprendentemente tallados, como diamantes o pisapapeles preciosos. Tiene la pinza del veneno roja de sangre. Se aproxima. Ya está ahí. Pienso, creo que con alivio: «Mejor, mejor así. Como es tan grande el veneno será muy activo y no sufriré nada». Me imagino muerta. ¡Qué triunfo! Mi cadáver: les regalaré mi cadáver: a Nico, a papá, a mamá y a Menchu –mi hermana pequeña, casada con todos los parabienes y todas las aquiescencias, en fervor familiar–. Seré llorada, ensalzada, dignificada. Pero cuando va a clavar el aguijón el terror es tan agudo que me despierta. Estoy empapada de sudor. Nico duerme a mi lado. Todo es negro. «Bien –dice Ofelia–, ahora ya no tienes dudas». «¿Qué hago?», le pregunto, vencida. Ella reflexiona, parece tan anonadada como yo. Pronuncia: «Si tienes valor, el camino, quizás el único camino, es acabar». «¿Cómo?», pregunto aturdida. Se enfurece: «Sí. Acabar, acabar, acabar», chilla, y yo me estoy imaginando a Nico allá arriba en la cama, con aquella. «No podría vivir sin él –le digo con un hilo de voz–. Es mi vida». Me mira preocupada, parece que me estudia: «¿Y si se muriera?». Intento representarme a Nico muerto. Es como verlo dormido. Una cara serena, pálida, el traje oscuro, dentro de nuestro dormitorio. Cuatro cirios o más. Gladiolos, coronas de rosas, de nardos. Papá vestido de negro, mamá lloriqueando, con el mismo manto de beatilla que llevó en el entierro del tío Gabriel. Mi padre: «¡Pequeña!, ¡pobre pequeña!, ¿quién tenía que decirlo…?». «Muerto –me arranco murmurando–, enfermaría de pena, pero… supongo que con el tiempo llegaría a consolarme. Lo que no puedo soportar es que respire, que ame, que ría, mientras yo me siento morir». Observa mi rostro con aire de triunfo. Es como si dijera: «Ahora eres tú la Bestia. Tanto reprochar y ahora eres tú». Y asisto, como si contemplara desde una butaca una simplicísima película de terror, a mi transformación. Me oigo decir: «Lo mataré. He traído mi pistola. Acabaré con él». Ofelia tiene la mirada brillante, aprobatoria y muda. En el bolso está la pistola que me regaló papá aquel verano de los raptos. Es diminuta y en la culata unos esmaltes incrustados dicen: «Ojo por ojo». Miro a Ofelia. Por primera vez estamos unidas. Somos una sola. Como si hubiéramos nacido pegadas por el tórax con un solo corazón. Me llama Ofelia y yo la llamo Lila. Nos abrazamos. Siento su calor. Ya no estoy sola. Me habla al oído. Dice: «Él bajará. Quizá tarde una hora. Dos. Es igual. Tú, cuando esté muy cerca, lo llamas dulcemente, todo lo suave que puedas. Él quedará sorprendido, tan inmóvil, que habrá llegado mi momento. Será un blanco infalible. Después, ahí tienes la llave del coche, el pasaporte. Dentro de dos horas estarás en la frontera. Lo demás es fácil. Papá te enviará dinero. Yo me encargo».

Estoy temblando. Miro el cielo. Todas las estrellas. No hay luna. Se ha escondido o no existe. Veo mis manos que se agitan y la miro a ella como si la descubriera. Así, de pronto. Igual que si mi ángel de la guarda me revelara el secreto. Mi hermana tiene en la boca un gesto maligno. Es mi diablo y está ahí. A mi lado. Me maneja. Algo se ha desvelado de pronto. Lo veo claro. El redondo plan, la honda trampa donde he caído. ¿Existe realmente la mujer que ha recibido a Nico? ¿No es la misma Bestia quien ha tomado su puesto en la puerta, para cegarme? El anónimo. Ahora comprendo por qué encontraba familiar la letra del anónimo, ¿no se parece a mi letra? ¿No es esa la caligrafía que hago yo cuando escribo con la mano izquierda, la letra de la Bestia?

Se han disipado las brumas. Sé la verdad: Ofelia quiere la vida de Nico para reencarnarse. Tomará su sangre. El cordón se habrá roto a tiempo y ella crecerá. Crecerá, crecerá… hasta ser más grande que nadie. Chupará de los pechos de mamá. Fabricará herbolarios para sor Regina. Será ingeniero. Se enamorará de Nico y volarán juntos por los aires, matarán a mis hijos clavándoles en el corazón una aguda espina de pitera… Quiero huir. Escaparé antes de que me atrape. Camino con sigilo hacia la verja. La abro. Echo a correr por la cuesta abajo. Me detengo para descalzarme, así correré mejor. Correr, correr, correr. Pero antes de doblar la esquina oigo el tiro. El estampido me destroza los tímpanos. Es como si el mundo fuera de cristal y se hubiera roto. Todo ha estallado. Nico está muerto. Muerto, ¡MUERTOOO…! Tengo las vísceras en la garganta y me ahogan. Y mientras sigo huyendo, no sé de qué, voy arrancando mis cabellos. Puñados de cabellos, mis pendientes, desgarro mi vestido. Tengo los pelos enredados entre los dedos y la sangre que cae de mi cabeza me va cegando, tapa mis ojos y la noto viscosa en las manos. Estoy ciega. Sé que en algún sitio está el mar y que allí existen unas algas incoloras que ondulan en el agua, con las raíces en el fondo, que se abren y se cierran como manos. Me llaman. Sé que me llaman. Sigo corriendo. Grito: «¡Nico…! ¡NICOOO…!».

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Autora: Concha Alós. TítuloRey de gatos: Narraciones antropófagas. Editorial: La Navaja Suiza. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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