El azar ha querido que los estudios Laika y Aardman se den cita en la cartelera con dos películas, Wildwood y la aquí presente La oveja Shaun: Misión Calabaza, que reivindican el stop-motion y la cualidad más artesanal del cine de animación en un año en el que la inteligencia artificial ha comenzado su silenciosa irrupción en todas las áreas creativas.
La oveja Shaun: Misión Calabaza comienza con una parodia del mítico videoclip “Thriller”, de Michael Jackson, para sintonizar esa particular onda Halloween que, en su versión stop-motion, nos recuerda directamente a las obras de animación de Tim Burton. Pero a esa ambientación suma su habitual show sin diálogos, que no exactamente mudo (la notable banda sonora de Natalie Holt es omnipresente), en el que Aardman elude la narrativa sentimental y la habitual concatenación de homenajes o parodias típicas del cine animado proveniente de los grandes estudios norteamericanos.
El devenir de la trama, al fin y al cabo otra trepidante jornada de equívocos y carreras en la granja, funciona por la acumulación de gags, persecuciones y enredos varios en un crescendo que no necesita explicaciones. Una estructura heredada de los sketches típicos del estudio de Bristol y perfeccionada con el tiempo por Peter Lord y Nick Park, entre otros miembros implicados en obras como Wallace y Gromit o Chicken Run, además de las anteriores La oveja Shaun: La película (2025) y Granjaguedón (2019), ambientadas también en la granja de Mossy Bottom.
La levedad, falta de pretensiones y sentido de la anarquía del film, junto a una animación detallista pero que, como es habitual en Aardman, nunca alardea de su preciosismo técnico, dan lugar a una aventura trepidante que comprime multitud de acontecimientos en menos de 80 minutos y demuestra que, a veces, solo hay que retornar a los elementos esenciales para devolver la fe en un género.
Todo en La oveja Shaun: Misión Calabaza se articula en torno al color de fondos otoñales y misteriosos, a figuras y la fluidez de la animación, y a la creación de una expresividad puramente visual basada en el ritmo. El evidente homenaje a Frankenstein, versión blanco y negro, supone el guiño final a la iconografía clásica de un film vertiginoso, voluntariamente independiente pero no anticuado, que no necesita rebelarse contra nada para funcionar al margen de las corrientes establecidas fuera del estudio.



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