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La patria de Raquel Lanseros

Segunda entrega de No-Perfil. La primera publicación de esta serie fue Aún quedan crepúsculos para Dionisia García.

Hay un rastro perenne de afonía en su voz. Es leve, pero ahí está, continuo mientras recita, presente cuando habla, constante en su risa, que aparece a menudo y es agua fresca y sabrosa. El resto es lugar común: de tono agudo y dulce, en armonía con sus gestos; modulada como solo saben hacerlo los poetas, correcta en la dicción de su discurso. Y sin embargo, única.

"La melena negra de Lanseros optó por derramarse sobre los libros menos gruesos, los de poesía"

Tal vez esa oquedad, ese vacío rasgado, sutil como la niebla, es lo que le otorga cariz propio e inconfundible. La Historia nos ha demostrado que eso es lo que importa: que haya un rasgo inconfundible, irremplazable, ese carácter de unicidad que invita a la adicción urgente. Una vez la has escuchado, quieres más.

De pronto, dos versos: “Adivino en tu piel que la vida y la muerte / no pueden ocurrir por separado”. Entonces, a la «vozfísica» se ata otra, más personal todavía —y sí, también rasgada en sus extremos—, la «vozlírica». Y entonces, surge un nombre, un nombre que firma versos, que reclama seis títulos de libros de poemas, que nombra, y por tanto crea, a una mujer, a una poeta, a Raquel Lanseros.

Nació en 1973. Lo hizo en Jerez de la Frontera, aunque el rastro de Andalucía apenas se intuya en su acento, y la biblioteca de su casa —construida por el amor de sus progenitores a la Literatura— la obligó a ser poeta (“no tengo la sensación de haber tenido elección de desobedecer esa pulsión”, dirá años más tarde). Entre los volúmenes de su madre, aficionada a la lírica, y los de su padre, devoto de la novela histórica y el ensayo, la melena negra de Lanseros optó por derramarse sobre los libros menos gruesos, los de poesía. Allí sintió los primeros latigazos de belleza. Y algún que otro disparo de verdad:

Tú también has tenido doce años.

Tú también reconoces

el temblor de la piel abriéndose camino.

Has vivido el incendio de los ojos

que ven la intensidad por vez primera.

 

Es invierno. Mis dedos infantiles

empujan su avidez contra un poema.

Detrás está un muchacho con perilla

y ojos interminables de soñador sensual.

Las palabras me trepan por el pecho

como hormigas hambrientas…

De pronto, un golpe seco

dentro de la conciencia.

Igual que cuando escucho un rock’n’roll.

 

La región más extensa de significado.

Poesía es lo contrario de la muerte.

Esta certeza súbita de lo desconocido.

 

Quizá sea solamente rock’n’roll

pero me gusta.

LEYENDAS DEL PROMONTORIO

El escalofrío que le produjo la lectura de los versos de Bécquer está, como ella reconoce en el poema, en el origen de su «ser poeta». A ello se une, como a la médula la columna vertebral, la sombra de su abuelo, hombre culto, apuntador del teatro del pueblo en las comedias, que, es posible imaginar, con esa voz de trueno con la que nuestros viejos recitaban soliloquios, le decía a la chiquilla que es hoy Lanseros: “Sueña el rey que es rey, y vive / con este engaño mandando”. Entonces Calderón, y la voz y la memoria del abuelo, y el ritmo sagrado de los versos, y Bécquer y la Alejandría de la casa matriz y el don de la poesía cuando es verdadera confluyeron. Rompió así el manantial: Leyendas del promontorio.

"Escribe, y lo hará siempre, desde una primera persona que no termina de ser ella"

Ese, Leyendas del promontorio, es el título que la escritora dio a su primera colección de poemas, un libro iniciático donde ya se intuye el rasgo de una voz propia, ecléctica, preocupada por la estética y, a la vez, por decir lo que quiere decir. Escribe, y lo hará siempre, desde una primera persona que no termina de ser ella: “Es un yo mayestático, un singular que pretende ser plural, porque lo anecdótico no interesa”, reconoce. La andaluza piensa en Machado, y en otros maestros, cuando advierte que en su poesía intenta “evitar el solipsismo claustrofóbico del yo real”: “Escribo desde un yo que quiere remansarse en el nosotros, en el ayer o el mañana”. Porque sus poemas hablan de su mundo, que es también el mundo del lector, o el de usted, que ahora pasa sus ojos por estos versos:

 

Je t’aime era una estatua,

un cruce de caminos por el que  circulaban

la sofisticación y la vanguardia.

 

Je t’aime aterrizó esa noche en mi vida.

Puedo rememorar

Aquel sabor vehemente de fonemas

latiéndome en los labios.

Aconteció el verano y se vistió

de palabras francesas.

 

El boulevard del pueblo estaba engalanado

de escarapelas tricolores. El mar

y una pequeña orquesta celebraban

el bicentenario de la Revolución.

 

Nunca me había sentido

tan libre como cuando te besé

en el mismo momento que dos siglos antes

la esperanza tomara la Bastilla.

 

¿La volveremos a tomar nosotros

antes de que pasen doscientos años más?

 

Lanseros habla en este primer libro, que aparece en 2005 en la colección de poesía Encina de la Cañada, de ella, desde ella y hacia ella, y reflexiona sobre el pasado, el reconocimiento o la capacidad de trascender. De aquí ya hay versos con tendencia a lo sublime, como los que se arman para formar el poema LA DUDA, en el que advierte: “La duda / es el siniestro premio que se obtiene / por mirar atrás” o “La duda / funesta, emponzoñada, / negra duda / ha llevado ya a cabo su antiguo cometido. / Nos ha paralizado”.

"Su poesía es sinónimo de vida. Respiran sus versos como una pequeña energía levantada sobre la Tierra"

Lejos de eso, de la parálisis ante la incertidumbre que ella misma propone —y algo que se le intuye a todo escritor de versos—, la obra de Raquel ha crecido desde entonces, con miradas atrás, hacia los lados y adelante, con las mujeres y hombres que llenan otros libros como Los ojos de la niebla y con las postales urgentes de Manhattan, Buenos Aires, Dublín y una España que sigue doliendo ante el “olor de las aguas estancadas” y el “estiércol sobre trigo”.

Su poesía es sinónimo de vida. Respiran sus versos como una pequeña energía levantada sobre la Tierra. Es una fuerza que la acompaña y le ofrece sus manos generosas. Por eso hemos escuchado a la poeta decir: “Esa gran amiga que nunca me abandona en las cumbres ni en los valles es la poesía”. Por eso de su boca salen palabras como “honor” cuando se le llama poeta, porque ha sido elegida para entregarle su existencia, porque vive en una vocación de apóstol del endecasílabo y la rima, de la palabra encadenada por la metáfora más libre.

EN EL LUGAR DE LA PATRIA

El año 2018 se cierra. Las mesas de novedades de las librerías se llenan de cubiertas violetas. La escritora firma un nuevo libro de poemas; es el sexto y su título es Matria (Visor, 2018).

El editor señala en la sobrecubierta del libro: “Matria se sumerge en las raíces personales y colectivas para indagar sobre el concepto de identidad y establecer nuevas perspectivas sobre la trascendencia del origen”. Cierto, todo eso es Matria. Y, sobre todo, Matria es la conciencia del tiempo de la vida. Raquel Lanseros expurga a Cronos en los poemas, que abordan un mar diverso en el que se dan la mano “el tiempo, la conciencia temporal, la conciencia individual, la indagación individual y colectiva y del lugar en el que estamos”, observa la escritora.

"Raquel ha captado esa hermosura del mundo, la suya y la nuestra, la verdadera, la que fulgura todavía, cuando todo naufraga en el barro"

El libro, dedicado a su hijo, contiene todos los «ahoras», incluso aquellos que están por suceder… hasta los que serán cuando ni ella misma sea: “Uno conoce el mundo con sus labios de barro / (…) / sabe que ha visto ya / la mitad de las cosas que quizá llegue a ver”. También hay patria, pero es la patria de la piel, la Matria, que no puede delimitar sus territorios, pero que ofrece la verdadera identidad de cada hombre, de cada mujer. O, al menos, que define aquello por lo que merece la pena creer en la esperanza.

Raquel ha captado esa hermosura del mundo, la suya y la nuestra, la verdadera, la que fulgura todavía, cuando todo naufraga en el barro, “esa que a veces se embellece a nuestros ojos y se despliega como un atlas”, y le ha dado forma de poemas. Lo ha hecho, lo hace, lo hará, de un modo natural, entendiendo su arte como ese juguete del que hablaba Machado, que solo puede engrandecer la vida, pero no superarla. Y por eso es poeta, porque ama vivir, porque la vida es su Matria, porque quedan PROMESAS QUE CUMPLIR:

Nací en el sur de Europa, donde todos los pueblos se quedaron.

Soy hija del camino, el azar y la distancia.

Amo el decir callado de los que piensan hondo

y el tintineo feliz de quienes sueñan.

En cada surco encuentro una nueva llanura

en cada madrugada semillas del crepúsculo.

 

Defiendo la memoria como la patria íntima

el único dominio con vino de justicia.

Reniego del rugido de expertos bien pagados

al servicio de réditos que nunca son el nuestro.

No tengo fe en la cháchara de este tiempo de máscaras

me ocasiona urticaria la versión oficial.

 

Soy partidaria

del fuego que consume, pero también calienta.

He aprendido que todo en la vida tiene un precio

con dinero se paga el de la bisutería.

Me gustan las palabras cansadas del camino

ésas que a vida o muerte se empeñan en decir.

 

¿Soy épica o hermética?

¿Versicular o clara?

¿2.0 o mística?

Quién sabe. Nadie es buen sastre propio.

Escribo porque intuyo que mi ambición mayor

es volver a nacer.

 

A veces me he atrevido a asomarme a la sima

la oscura, la lejana, la misteriosa: yo

y ha llenado mi ánimo una certeza insólita

yo no existo –es verdad– pero el tiempo tampoco

sólo es ausencia limpia en un cielo de arena

indiferente a mí que día a día se ilumina.

 

Allí quiero que mires cuando yo ya esté lejos

para gritar con fuerza todo vuelve a empezar.

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