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La posibilidad de un relato infinito

La posibilidad de un relato infinito

Ricardo Lladosa arranca, con La posibilidad de un relato infinito, su serie de artículos sobre el fluir narrativo. Aquí, explora a través de Pío Baroja la posibilidad de que una novela no tenga principio ni final.

¿Es posible escribir una novela que no concluya nunca? ¿Es factible un relato en incontables capítulos? ¿Puede existir una historia sin principio ni final? Pío Baroja reflexionó sobre ello en el prólogo a La nave de los locos, decimoquinta entrega de su serie de novelas históricas Memorias de un hombre de acción.

"Ortega consideraba la novela un género agotado"

El aludido prólogo debe su origen a la polémica literaria que mantuvo con José Ortega y Gasset a lo largo de décadas. Según Marín Martínez, quien cita a Carmen Iglesias en la edición de Cátedra-Caro Raggio, la amistad entre Baroja y Ortega “combinó extrañamente admiraciones y desacuerdos: uno y otro se dedicaron elogios sin tasa, pero no evitaron explicar sus desavenencias estéticas o criticar, como hizo el filósofo, lo que consideraba defectos del novelista”.

Ortega y Gasset se refirió a la narrativa barojiana en Observaciones de un lector (1915). Más tarde en Ideas sobre Pío Baroja (1916); pero el texto que terminó de irritar al donostiarra fue Ideas sobre la novela, publicado en El Espectador (1925), en respuesta a otros comentarios vertidos por Baroja en El Sol (1924).

"Ante semejantes postulados, Baroja no pudo soportar más y, ese mismo año, 1925, escribió su famoso Prólogo casi doctrinal sobre la novela, que insertó al comienzo de La nave de los locos"

Ortega consideraba la novela un género agotado. Tras las cumbres alcanzadas en el fecundo periodo realista del XIX, no veía posible que ningún escritor pudiera hacerla evolucionar. Marín Martínez lo resume como sigue: “El único modo de evitar la decadencia de la novela era hacer de ella una realidad estética cerrada, de arte puro, en busca, pues, de valores formales, con una cuidada estructura, unos ambientes limitados, un reducido número de personajes, poca acción, tempo lento…”

Ante semejantes postulados, Baroja no pudo soportar más y, ese mismo año de 1925, escribió su famoso Prólogo casi doctrinal sobre la novela, que insertó al comienzo de La nave de los locos. Lo planteó como un relato donde un novelista sin nombre viajaba con un amigo, ensayista y filósofo, a la costa de Málaga. En el curso del viaje se entabla un debate entre ambos. Aunque nunca lo cite, este último es, obviamente, Ortega, y el texto adquiere la forma de un diálogo en que el novelista le va respondiendo del modo más digresivo y episódico.

"Baroja se refiere a que la finalidad de los relatos tiene que ser únicamente relatar"

Comienza con una idea que no parece escrita hace un siglo, sino en la actualidad. Frente a la estética cerrada de Ortega y Gasset, Baroja afirma: “La novela, hoy por hoy, es un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación; lo abarca todo: el libro filosófico, el libro psicológico, la aventura, la utopía, lo épico; todo absolutamente”.

Por lo que interesa a este artículo hay otra idea esencial: “La novela debe encontrar su finalidad en sí misma —una finalidad sin fin—; (…) debe ser inmanente y hermética”. Baroja se refiere a que la finalidad de los relatos tiene que ser únicamente relatar. El que cuenta una historia novelesca no puede perseguir enunciar unas ideas, ni siquiera puede perseguir el arte —como decía Ortega—, sino que debe simplemente narrar, dejarse llevar por el relato y éste explicarse a sí mismo, sin intencionalidad del autor y dejando el resto al inconsciente.

Respecto a sus personajes, Baroja se queja (ahora en plural) de lo que le reprochan de Aviraneta —aventurero del XIX protagonista de La nave de los locos— y del resto de sus personajes: que su psicología “no es clara ni suficiente, ni deja huella”.

"Con Eugenio de Aviraneta, Baroja se encuentra frente a un enigma. Podría haber creado un aventurero al uso con tintes de la época, pero prefiere no definir claramente al personaje, y preguntarse, en cambio, cómo fue realmente ese ser real que existió"

Frente a estas invectivas, Baroja se pregunta: “¿Cuál es entre los tipos literarios modernos, actuales, el que tiene una psicología bien explicada?”. Sin embargo, a la hora de responder su propia pregunta, no pone ejemplos de autores en activo en 1925, sino que vuelve los ojos hacia Stendhal y escribe sobre Fabrizio del Dongo y Julien Sorel —protagonistas de La Cartuja de Parma y Rojo y negro—, de quienes afirma que su personalidad es incomprensible y, sin embargo, nos apasiona.

Con Eugenio de Aviraneta, Baroja se encuentra frente a un enigma. Podría haber creado un aventurero al uso con tintes de la época, pero prefiere no definir claramente al personaje, y preguntarse, en cambio, cómo fue realmente ese ser real que existió; porque, al fin y al cabo, como asegura en el tomo primero de sus memorias: “El hombre es una máscara no solo para los demás, sino para sí mismo. No hay manera de averiguar en dónde empieza su realidad y en dónde acaban sus ficciones”.

"De lo anterior se sigue que, si la novela es como la corriente de la Historia, y nuestra vida es historia, la novela es la corriente de nuestras vidas"

Y yo, en esta primera entrega de mi serie de artículos El fluir narrativo, voy llegando a donde deseo llegar, a una secuencia del Prólogo casi doctrinal sobre la novela llamada El arte de construir. Baroja comienza afirmando que en la novela —según la ve él— “apenas hay arte de construir”. Lo hay en el soneto, en el drama, en el cuento; sin embargo “una novela es posible sin argumento, sin arquitectura y sin composición (…). La novela, en general, es como la corriente de la Historia: no tiene ni principio ni fin; empieza y acaba donde se quiera (…). A Don Quijote o a Pickwick, sus respectivos autores podían lo mismo añadirles que quitarles capítulos”.

La idea anterior se completa con la que sigue, proveniente de otra novela escrita al año siguiente, El gran torbellino del mundo (1926): “Nuestra vida es historia, no solo nuestros hechos exteriores, sino nuestra personalidad interior. Todos nos imitamos a nosotros mismos. Somos plagiarios de nuestro Yo”.

De lo anterior se sigue que, si la novela es como la corriente de la Historia, y nuestra vida es historia, la novela es la corriente de nuestras vidas, y nuestras vidas pueden ser un relato infinito, sin principio ni final, porque también lo son nuestros pensamientos y hechos, que repetimos un día tras otro, con ligeras variaciones, en continua imitación plagiaria.