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La posliteratura, de Alain Finkielkraut

La posliteratura, de Alain Finkielkraut

El filósofo y miembro de la Academia Francesa Alain Finkielkraut analiza, de la mano de algunos de sus autores favoritos como Milan Kundera y Philip Roth, la manera en que el poder otrora formativo de los grandes autores y obras del canon literario de Europa se va disolviendo bajo la sobra del pensamiento único de lo políticamente correcto de la sociedad actual: un recorrido por la «cultura de la cancelación» desde el impacto del #MeToo al movimiento Black Lives Matter y los nuevos ecologismos.

Zenda adelanta dos extractos de La posliteratura (Alianza).

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Claqueta final

El 8 de septiembre de 2020, bajo el impacto del caso Weinstein y del asesinato de George Floyd, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas presentó una nueva lista de criterios de elegibilidad para la categoría de Mejor Película. Para conseguir el marchamo de que una obra se ajusta a las exigencias de diversidad, tendrá que cumplir alguno de estos tres requisitos: al menos uno de los actores principales o actores secundarios importantes debe pertenecer a un grupo «racial» o étnico subrepresentado; al menos el 30 % de los actores en papeles secundarios, a dos grupos subrepresentados: «negros», latinos, mujeres, personas que se identifican como LGTBIQA+ o personas con alguna discapacidad, y la trama principal, el tema o la narrativa ha de centrarse en un grupo subrepresentado.

De modo que, para Hollywood, los cineastas ya no son libres de imaginar a sus personajes y los propios personajes ya no son libres de ser personajes: caen en la categoría de especímenes. No se permite ninguna maldad contra los que representan a grupos minoritarios, ni siquiera ninguna ambigüedad. Los portavoces deben vencer, con su comportamiento ejemplar, los prejuicios del espectador. Una vez más, la propaganda invade el arte. Y tal abordaje no es obra de un Estado totalitario, sino que viene prescrito y aplicado por el propio medio cinematográfico.

Francia se encuentra desgraciadamente en concordancia con Estados Unidos. Aquí como allí, los enemigos de las musas elaboran, por el bien de todos nosotros, un cine Potemkin. El presidente del Consejo Superior del Audiovisual de Francia, organismo independiente encargado de supervisar las buenas prácticas de las emisoras de radio y de televisión, también quiere promover la diversidad: «Solo el 15 % de las personas representadas se perciben como “no blancas”. Todavía queda mucho por hacer, aunque ha habido algunos avances en las series y en las ficciones, las personas que se perciben como “no blancas” están asumiendo más papeles positivos». En los medios de comunicación que, en defensa de Charlie Hebdo, afirmaron todos su inquebrantable amor por la libertad, nadie se inmutó con esas palabras.

Al mismo tiempo, los herederos de Agatha Christie anunciaron su decisión de cambiar el título de la novela Diez negritos. El título de la obra maestra de Joseph Conrad, El negro del Narciso, correrá pronto la misma suerte. Y no se tolerará eternamente la majestuosa presencia de la palabra «raza» en las obras de Racine, Malherbe o Péguy. El antirracismo contemporáneo, que pretende luchar sin tregua contra el olvido, está tan absorbido por su gran adversario que pierde la memoria y solo entiende «raza» en el sentido imbécil y criminal del racismo biológico. La creciente inseguridad de los muertos: los sensitivy readers que planchan los manuscritos en las editoriales norteamericanas tendrán que hacerle al pasado, en algún momento, un lavado de cara y limpiar los viejos textos para ajustarlos a las normas del presente, porque el presente pretende haber encontrado con esto de la diversidad la solución al problema humano. No acude a los libros en busca de la verdad de la existencia, sino que comprueba su conformidad con el vocabulario que utiliza y con los principios que enuncia. Infatuado con su apertura sin parangón, se encierra en sí mismo para siempre y, al tiempo que libra una guerra interminable contra la discriminación, ya solo ve en los seres su origen o su color de piel.

«La acción de la literatura sobre los hombres es quizás la última sabiduría de Occidente», escribía Levinas. Mediante la acción de lo políticamente correcto sobre las obras de ficción pasadas, presentes y por venir, Occidente se dice adiós. Adiós, no hasta la vista. Porque es de temer que esa Gran Rectificación no sea un delirio pasajero, pronto desacreditado por sus excesos, como tantas otras modas intelectuales, sino el acompañamiento ideológico de un proceso inexorable: la deseuropeización del Nuevo Mundo y del Viejo Continente.

La última batalla

Cuando el novelista y crítico literario Frédéric Beigbeder se atrevió a decir que no le gustaba la palabra écrivaine [1], tres eminentes personalidades de las letras francesas —Annie Ernaux, Benoîte Groult y Maryse Wolinski— expresaron su consternación: «¡Es como volver al siglo XX!». Toda la arrogancia del presente cabe en ese grito del corazón. A juzgar por lo que dicen, la humanidad europea se encontraba hasta ayer por la mañana inmersa en la barbarie. Apenas si estamos saliendo de los tiempos oscuros: invisibilización de la mujer, sexismo incluso en la lengua, desprecio, esencialización y opresión de las culturas extranjeras, homofobia generalizada… La norma era estrecha, menudeaban las vejaciones, las minorías sufrían en silencio.

Y siguen sufriendo, y el camino hasta la igualdad en la diversidad es largo. Pero conocemos la ruta y el final. Sabemos lo que nos queda por hacer. Ya no es hora de cuestionamientos ni de modestia. Ninguna humanidad pasada ha denunciado al mismo tiempo todas las formas de exclusión. Ninguna ha desplegado tanta previsión ni semejante apertura de mente. Y esa apertura es, paradójicamente, la que deja al presente a solas consigo mismo. Un presente que no ve la necesidad de confrontarse con otras perspectivas, puesto que nadie ha promovido la alteridad como él. Ya no lee a los clásicos «con un previo fervor y la lealtad misteriosa», como pretendía Borges. Cuando mira hacia atrás, es para medir, henchido de satisfacción, el camino recorrido. Y cuando se le habla de diferencia de sexos, reacciona con la deconstrucción paciente de las obras de los poetas, de los pintores, de los dramaturgos y de los novelistas enviscados en los estereotipos de género. Para conocer la experiencia de la lectura, le falta la falta. No hay ningún defecto en su coraza, y de ahí la cultura muere. El multiculturalismo es un monólogo triunfal. Nunca se juzga el presente; el presente juzga, enmienda los errores, corrige las imperfecciones, libera a los dominantes de sus anteojeras y a los dominados de su indignidad, proyecta su pensamiento impoluto sobre la herencia de los siglos y, con la actriz Jeanne Balibar, define el arte como el lugar «donde se desarrollan las formas que permiten luchar contra el racismo y las desigualdades». El presente es una monarquía solitaria.

Hemos entrado en la edad de la posliteratura. El tiempo en que la visión literaria del mundo tenía un lugar en el mundo parece estar cumplido para siempre. No es que la inspiración se haya agotado súbita y definitivamente. Siguen escribiéndose e imprimiéndose libros de verdad, pero no imprimen. Ya no tienen ninguna virtud formativa. La educación de las almas ha dejado de ser de su incumbencia. Se dirigen a lectores que, desde antes incluso de entrar en la vida, se niegan a que se les cuente y miran la Historia y las historias con la inteligencia soberana que les confiere la victoria total sobre los prejuicios. Si no es para ponerlo al servicio de una u otra de las causas que les son queridas, los descendientes de la tía Céline ya no necesitan a Shakespeare. Y, en pago de tal desfachatez, lo falso se apodera de la vida.

En 1970, Solzhenitsyn recibía el Premio Nobel de Literatura. El discurso que no pudo pronunciar en Estocolmo terminaba con una nota de esperanza: «En la lucha contra la mentira, el arte siempre ha ganado, y siempre ganará abiertamente, irrefutablemente, en el mundo entero». Eso fue hace cincuenta años. Menos de dos décadas después de esta profesión de fe, caía el Muro de Berlín y el comunismo soviético exhalaba su último aliento. Los hechos parecían haberle dado la razón a Solzhenitsyn. Si se examina todo con más detenimiento, se la han negado cruelmente. El presente no solo reina sin concesiones, sino que además él mismo se imagina como algo distinto de lo que es. A fuerza de contarse historias, se pierde de vista por completo. Los montajes fantasmáticos que produce en cascada le valen de literatura. Neofeminismo simplificador, antirracismo sonámbulo, recubrimiento metódico de la fealdad y de la belleza del mundo mediante las ecuaciones del pensar calculador, negación obstinada de la finitud: en su lucha contra la mentira, el arte está perdiendo la partida.

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[1] En francés existía hasta no hace mucho la tendencia a marcar el femenino de algunas profesiones anteponiendo femme a la forma en masculino; en este caso, femme écrivain —aunque el femenino escripvaine, escrivaine está atestiguado desde finales del siglo XIV—. (N. de los TT.)

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Autor: Alain Finkielkraut. Traductora: Elena-Michelle Cano. TítuloLa posliteraturaEditorial: Alianza. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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