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La prueba del óxido

Parecía no equivocarse Pedro Salinas cuando escribía aquello de que el amor sólo es un pretexto para vivir. O dicho de otro modo, la vida sin amor no es vida. Al menos así lo imagina Luis, el protagonista de la primera novela de Jacobo Bergareche (Londres, 1976), que no pocas similitudes guarda con el propio escritor y narrador de esas historias a propósito de las pequeñas cosas y de los grandes acontecimientos vitales que son los textos publicados bajo el título de Estaciones de regreso (Círculo de Tiza, 2020). Si en El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida (Tusquets, 1998) Philippe Delerm sintetizó en pocas páginas las alegrías cotidianas de la existencia, el día en que Jacobo Bergareche le contó a su abuelo que abandonaba sus estudios de Bellas Artes para irse a estudiar Literatura y Escritura en Boston, tal vez supuso en su biografía familiar el epítome de la insensatez. No en vano, el irónico patriarca le felicitó diciéndole que tenía la mayor capacidad para lo inútil que jamás había visto. Aunque ya se sabe, no hay inutilidad que no nos conforme, pues ahí, en la gratuidad de lo aparentemente inútil reside la maravilla de lo necesario, aquello que nutre a los seres humanos más allá de la mera supervivencia. O como dice un amigo mío en sus recesos etílicos, lo que nos conforma para que no acabemos siendo un simple bulto con ojos.

"Luis encuentra refugio a sus horas de pesar, especialmente cuando de un modo casual su indagación se topa con la correspondencia de William Faulkner"

Luis es un periodista cansado de sus rutinas, las profesionales y las personales. Ya se sabe: el tedio, amigos, nos aguarda a la vuelta de la esquina. A él su trabajo y su matrimonio lo lastran hacia un pozo sin fondo, que no es otro que el de la maldición de los días sin más propósito que llegar al umbral de la noche con el aliciente de los sueños por cumplir, y abandonarse en un cerrar de ojos que promueva su cumplimiento onírico. No cabe otra esperanza, entiende Luis. O tal vez sí, el aliciente anual de su viaje al congreso de Austin donde durante un manojo de días vuelve a ser feliz, tres para ser exactos. Allí se reencuentra desde hace dos años con Camila, una arquitecta teórica que despierta en él el pulso de lo que sí tiene sentido, un latir cardíaco que va más allá de la simple excitación carnal. Pero cuando está de camino, recibe un mensaje de la amante mexicana con la frase “Dejémoslo aquí, quedémonos el recuerdo”. Y es que al viaje se ha apuntado esta vez el marido de Camila. Ya no habrá más desayunos con tacos ni más bailes en honky-tonks a ritmo de country. Ya no más locuras. Ya no más vida, cree suponer Luis, lo que lo sumerge en una espiral de desconsuelo y tristeza que lo hará recalar, casi por accidente —también por revisar unos papeles del Watergate—, en los archivos del Harry Ransom Center. Se trata de una institución adjunta a la Universidad de Texas que guarda en sus salas y depósitos algo más de cuarenta y tres millones de documentos, desde una Biblia de Gutenberg, varios First Folio de Shakespeare, manuscritos de Pío Baroja o Ian McEwan, a originales de J. M. Coetzee, los fondos de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, hasta el escritorio de Edgar Allan Poe. Un paraíso, al fin, en el que Luis encuentra refugio a sus horas de pesar, especialmente cuando de un modo casual su indagación se topa con la correspondencia de William Faulkner. En particular, con una caja en la que aparecen las cartas inéditas que el autor de Santuario dirigiera durante treinta años a su amante desconocida, Meta Carpenter, la secretaria de Howard Hawks, y que aquí se reproducen como primicia mundial.

"El hilo conductor de toda la trama es la correspondencia de Faulkner, y en particular una epístola que dirige a Meta en la que le refiere lo que para él es un día perfecto"

A partir de ese momento, la novela pasa a ser el eco de una doble pasión, la de Faulkner hacia Meta y la de Luis hacia Camila, la amante que ya será difícil recobrar. A Paula, su mujer, no la ha perdido, pero ambos se han extraviado en el arduo camino conyugal. De hecho, la novela puede leerse como una impugnación del matrimonio en toda regla, al tiempo que adquiere la consistencia de lo inapelable. Pocas pegas se le pueden atribuir a un libro que desde su arranque se vuelve irrenunciable, como acostumbra a pasar con las confesiones más sentidas. No sólo por el hecho de la confesión misma, sino por las cargas de profundidad que atesora. Al final, lo que el lector tiene entre sus manos es un espejo en el que reflejarse, con lo que el experimento de confrontar al lector consigo mismo y con sus vidas posibles se siente de tránsito obligado y, claro, al fin, agradecido.

El hilo conductor de toda la trama es la correspondencia de Faulkner, y en particular una epístola que dirige a Meta en la que le refiere lo que para él es un día perfecto (descúbranlo, no tiene desperdicio, es tan sencillo como un anillo, que diría el sabio Kiko Veneno). Como ocurre con las experiencias decisivas, la lectura de esa carta —la lectura de este libro— genera un impacto transformador en Luis —en el lector—: cambia la manera de verse a sí mismo. Tal es su poder, su incuestionable poder. A partir de ese momento, el punto de vista del lector de aquella carta fechada en junio de 1936, compuesta por doce viñetas en formato sketches de storyboard, muta. Lo hace porque descubre que “la vida es poco más que haber pasado un solo día como el que narra”. Ése es el secreto que destila la misiva convertida en micropelícula “de amor indie” que el autor de Las palmeras salvajes dejó para conocimiento de la humanidad, un novela en la que el escritor de Mississippi afirmó que “entre la pena y la nada, elijo la pena”. Si Carl Sagan hubiese tenido constancia del documento, seguro que lo habría incluido aquel ya lejano 1977 dentro de la cápsula del tiempo contenida en la Voyager I: haría de acompañamiento perfecto a «Johnny B. Goode», de Chuck Berry, «Dark Was the Night», de Blind Willie Johnson, «Melancholy Blues», de Louis Armstrong o al «Canto nocturno» de los indios navajos.

La estructura de Los días perfectos guarda relación directa con el documento que Luis rescata del olvido en el depósito texano que le sirve de lugar de resguardo y reposo, de sanatorio para la herida que acaba de inflingirle el destino con la negativa de Camila a mantener el oasis estimulante que ambos construyeron durante algunos años. El texto de la novela contiene dos cartas: la primera es la que Luis le escribe a Camila (no escribo «envía», puesto que Luis no tiene claro si acabará enviándola o no), a imagen y semejanza de las que Faulkner (Bill, tan fiel en su infidelidad) enviara durante aquellas tres décadas a Meta, y responde a un diagrama que intenta preservar la memoria de un amor, por lo que empieza en el enamoramiento, sigue con la indiferencia, pasa al olvido hasta recalar en la construcción del recuerdo y concluir con la escocedura que produce la melancolía; la segunda, algo más corta que la anterior, es la carta que Luis, de regreso a España, escribe a su mujer, Paula, con la intención de reflexionar sobre su relación, donde le propone el deseo de reinventar sus días, si ello fuera posible, a pesar del tedio en el que la pareja anda sumida desde hace años. Ahí, en la carta (por razones de peso es carta, no email), Luis trata de recrear un día perfecto que arroje luz y sirva de faro a los que quedan por venir, si es que cabe posibilidad de reinvención en la vida familiar de un matrimonio de diecisiete años en el que, metafóricamente, se han convertido en músicos que están tocando sin escucharse. Lo que le pasa al amor cuando el tiempo pasa es esa carta. Pero en Luis vive el deseo de una existencia tangible, de nutrir el futuro con vivencias del presente, de no olvidarse en el olvido del otro, de perderse en el fuego, en eso que decía Neil Young, cuando en «Hey Hey, My My» cantaba que es mejor arder que desvanecerse (“It’s better to burn out than fade away”), mientras los Crazy Horse se conjuraban en llevar a cabo la propuesta hasta sus últimas consecuencias.

"Un malicioso algoritmo la emparentaría con La uruguaya, de Pedro Mairal, y acaso con Despojos, de Rachel Cusk"

La novela está plagada de humor, pero también de música. Las notas reales surgen de la pluma de Bergareche, natural, fluida, limpia, lírica a veces, con la distorsión justa y ese apego por los clásicos que hacen también arder su escritura sin desvanecerse. Como el dolor del poema de Pedro Salinas, uno sabe que lo que ha leído ha sido verdad por el recuerdo de esa lectura. La prueba está encuadernada y forma parte ya del repertorio de standards de la mejor literatura de este tiempo. Un malicioso algoritmo la emparentaría con La uruguaya (2016; 2017), de Pedro Mairal, y acaso con Despojos (2020), de Rachel Cusk (curiosamente ambas en Libros del Asteroide), pero en cualquier caso no dejaría de ser Bergareche en estado puro. Es verdad, todo el mundo ama el tiempo en el que ha amado. Lo que ya no es tan frecuente es que exista la disposición para revivir desde el presente lo que un día fue perfecto, para así toparse sin querer con algo de felicidad cuando volvamos de nuevo la vista atrás. La perfección, como se sabe, no existe. Tratar de recordarla es entrar en el terreno de la falacia, el engaño. Pero se puede aspirar a ella. Como el horizonte, que está ahí sólo para ayudarnos a avanzar hacia él y mantenernos a flote. El camino se hace mejor con novelas como ésta. Si el libro es “insolente”, como lo ha piropeado Mario Vargas Llosa, es en la medida en que nos enfrenta a nuestros fantasmas, a los que ya tenemos, a los venideros, a los que tal vez soñaremos. Lo que no cabe duda es que el tedio está para combatirlo. Recuerden, el óxido nunca duerme. Por eso, en un tiempo en el que los consejos le hacen caer a uno en la petulancia, habrá que arriesgarse y deslizar como quien no quiere la cosa la necesidad de aguzar la mirada para no perderse ni una página de Bergareche a partir de ahora. Pensándolo bien, no es un consejo. Ya puestos, es un mandato. Ahí lo dejo.

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Autor: Jacobo Bergareche. TítuloLos días perfectosEditorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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