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La raya, de Federico Bravo

La raya, de Federico Bravo

«No es breve todo lo que se reduce» pone como lema, al frente de su libro Cuento hasta cuarenta, todavía sin publicar entero, Federico Bravo. Esa frase parece una inscripción tallada en una superficie de oro. Relucen tras ella un prólogo astuto del propio autor y una cuarentena de valiosas monedas, microrrelatos, espoletas de ingenio y ejercicios de sutileza verbal y culta, recreaciones literarias, entre bromas y veras, que compuso entre el primer mes de 2007 y el siguiente enero. Y, por debajo, en los finales de esas piezas, una actitud crítica ante comportamientos humanos contradictorios, una postura burlona ante las palabras concebida por alguien verdaderamente experto en el idioma y sus ecos. Cuento hasta cuarenta suena a «cantar las cuarenta», «contar las cuarenta», a reprender.

Federico Bravo es desde hace treinta años catedrático de Lingüística y Semiótica en la Universidad de Burdeos (Bordeaux-Montaigne), especialista en poetas tan relevantes en nuestro idioma como César Vallejo y Miguel Hernández o incluso Borges, estudioso de géneros como el exemplum medieval y otras formas breves narrativas, atento a la literatura de escritores como Juan Benet… Su variado currículum testimonia lo diligente de su talento.

Por eso, posiblemente, Cuento hasta cuarenta reviste un interés especial.

Tres muestras del humor socarrón que pone en el fuego cosas serias y que va más allá de lo que da una primera lectura.

En «Cortes al azar» se fragmenta el célebre «Continuidad de los parques» de Cortázar —apellido que Bravo escribe en el principio y el cierre de este microrrelato suyo más que juguetón— y que ensancha con un Continuará.

Otro caso: el que se titula agudamente «Aprendiendo del futuro» ocupa una lejana y sola línea llena de ocultamientos y de icebergs mentales: «Brindo por que 2237 no se parezca en nada a 2236».

Otro más: un diálogo bilingüe, en dos idiomas irreconciliables de significados que se parecen por fuera, entre un médico y un paciente descalabrado, que se titula, como comprobará usted, «El despalabro»:

«—Monsieur —dit le docteur—, vous avez un dos très courbé...

»—Un dos tres, tu puta madre —le contestó el enfermo».

O maravillas como «Moviola», «Lost In Translation», «Como a ti mismo», por no agotar casi el índice del libro.

Acabo eligiendo «La raya», magníficamente resuelto y glorificación narrativa y psicológica de las menudencias que tiene la vida y que agigantan su tamaño con la magnitud del dolor.

Me recuerda, en su muestra de psicología y en parte por su tratamiento, a otra narración colosal, una de doña Emilia Pardo Bazán publicada en un diario a finales del siglo XIX, «El encaje roto», un amplio volante de aguja confeccionado en Alençon. Esa carísima blonda francesa es un regalo del novio, y con esa prenda se ataviaron para contraer matrimonio varias mujeres de su familia. La protagonista del relato pardobazaniano, una joven resuelta, de la alta sociedad, de inteligencia confirmada, pionera del feminismo, acaba desvelándole a la narradora, tres años después de la escena, por qué al pie del altar nupcial decidió no dar su consentimiento. Y la muchacha anota esta observación: «… la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las “pequeñeces” más pequeñas…». Y cierra con otra reflexión sobre qué razones convencen a la mayoría: «Lo natural y vulgar es lo que no se admite». Lo que no pasa de la raya, puede ser.

***

La raya

Con admirable entereza escuchó cada una de las explicaciones que, con todo lujo de detalles, le proporcionaba el especialista, al hilo de sus preguntas, tras el anuncio brutal de la enfermedad que había empezado a hacer mella en su cuerpo y que, con un grado no desdeñable de probabilidad, acabaría invadiéndolo completamente en más o menos breve plazo. Pese a la crudeza de la situación, sentía contra todo pronóstico que podía cargar con ella, cargar con la pena que le daba la pena, cargar con el dolor que produce el saber que no hay ningún alivio para ese dolor: impasible, su semblante no expresaba pesar ni delataba la menor emoción, a pesar de la violenta conmoción que había supuesto para sus alucinados tímpanos oír la terrible noticia. Pasados ya el dolor que provoca el susto y el susto que provoca el dolor, en un alarde de insospechada madurez, tenía para sí que arrostraría la muerte con más arrojo del que había sido capaz de echarle a la vida. Cincuenta y tres años —la edad en que, en los buenos casos, uno empieza apenas a comprender cómo funcionan las cosas de la vida— no era seguramente la mejor edad para morir, pero un heroico y fulgurante asalto de lucidez le había hecho comprender y —cosa aún más admirable— asumir que la única forma eficaz, amén de verdaderamente digna, de vencer al dolor cuando nada puede ya aliviarlo, era no combatirlo, no resistirse a él, ni siquiera tratar de domesticarlo, sino aliarse a él, dejarse penetrar por él, aceptarlo: supo que ese día y los restantes podría soportarlo todo, cargar con todo, aguantarlo todo.

Pero cuando en el aparcamiento de la clínica descubrió que le habían rayado la pintura del coche rompió a llorar con la desesperación de quien no tiene más futuro que el presente.

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De Cuento hasta cuarenta, libro inédito, 2008, f. 45.

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