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La segunda muerte de una biblioteca

La segunda muerte de una biblioteca

Al vaciar la casa de un lector hay que tomar decisiones que nadie dejó previstas. Los muebles pueden repartirse; los libros exigen una negociación más delicada. Algunos tienen valor, otros parecen no tenerlo, y casi todos ocupan demasiado. Alguien propone llevarlos a una biblioteca pública. Otro recuerda que tampoco allí cabe todo. Se abren cajas, se hacen montones y se descubre que una colección reunida durante cuarenta años puede convertirse en un problema de espacio en una sola mañana. Entonces aparece un volumen deshecho, sin ningún mérito de anticuario, y alguien lo aparta porque reconoce la letra del muerto.

La edición se encuentra por cuatro euros. Ese ejemplar, no.

El 8 de septiembre de 2026, The New Yorker publicó un reportaje de Francesca Mancino sobre Project Panama, el programa de Anthropic destinado a adquirir y digitalizar libros para alimentar sus modelos de inteligencia artificial. La noticia devuelve una pregunta que no se resuelve contando palabras: ¿qué conservamos cuando conservamos un libro? El procedimiento material consta en la documentación judicial del caso Bartz contra Anthropic: compra de millones de volúmenes, retirada de las encuadernaciones, corte de las páginas y escaneado, con eliminación posterior de los originales impresos. Se obtenían archivos con imágenes de las páginas y texto legible por máquina. Es importante precisarlo: no se trataba simplemente de quedarse con unas frases y tirar el resto. Había una reproducción digital del ejemplar.

"Los volúmenes van pasando de mano en mano, expuestos a los prejuicios, los gustos y las vacilaciones de quienes los juzgan"

También conviene evitar una exageración tentadora. Anthropic afirmó al reportaje que sus programas no compran y destruyen libros raros o de anticuario, y la investigación no acreditó una devastación de ese patrimonio. No hace falta imaginar incunables bajo una cuchilla para que el asunto merezca atención. La estampa invita a sacar enseguida las hogueras. Yo las dejaría, de momento, apagadas. Destruir un ejemplar después de copiarlo no equivale a prohibir una obra. Quien censura pretende impedir una lectura; quien digitaliza puede estar facilitándola, aunque no sea ese el fin de todos los proyectos de digitalización. La diferencia importa. Si convertimos cualquier destrucción de papel en una quema de libros, perderemos la posibilidad de entender lo específico de esta: las palabras interesan tanto que el objeto que las transporta acaba considerándose prescindible.

Para acercarse a esa diferencia viene bien entrar en otra biblioteca, la del hidalgo manchego, mientras su propietario duerme. En el capítulo sexto de la primera parte del Quijote, el cura y el barbero examinan los libros a los que atribuyen su trastorno. El ama y la sobrina preferirían acabar con todos; el cura pide verlos uno por uno. Cervantes introduce, entre bromas, una expresión que hace su propio trabajo contra el tribunal: «la muerte de aquellos inocentes». Los volúmenes van pasando de mano en mano, expuestos a los prejuicios, los gustos y las vacilaciones de quienes los juzgan.

"La bibliofilia puede caer en una superstición bastante cara: confundir la antigüedad del papel con la importancia de lo escrito"

En pleno escrutinio aparece Tirante el Blanco y el cura se entusiasma. Reconoce personajes, recuerda episodios, se demora en sus placeres. Por un momento, el censor se comporta como un lector al que acaban de devolver un libro querido. La escena resulta incómoda precisamente porque no permite distribuir con limpieza la afición y la barbarie: quien puede mandar una obra al fuego también sabe disfrutarla. La biblioteca de don Quijote está amenazada por lo que sus libros han hecho con él. La operación contemporánea nos sitúa ante otro criterio: qué puede obtenerse de ellos una vez separados de sus condiciones materiales. No hay motivo para identificar ambas cosas, pero sí para mirar lo que cada una considera relevante. En la escena cervantina, hasta el capricho tiene nombre propio. En un proceso industrial, la pregunta por aquel lector concreto no tiene por qué llegar a formularse.

Se dirá, con razón, que no podemos conservar cada ejemplar de cada edición, con sus manchas y sus dobleces. Tampoco toda anotación merece un archivo. Hay subrayados que solo prueban que su autor tenía un lápiz, y dedicatorias cuya intensidad quizá duró menos que el viaje de vuelta de la librería. La bibliofilia puede caer en una superstición bastante cara: confundir la antigüedad del papel con la importancia de lo escrito.

Pero entre sacralizar todos los objetos y declarar que ninguno importa queda una tarea menos vistosa: distinguir.

Conviene separar, para empezar, tres cosas que llamamos con la misma palabra. Una obra no es exactamente una edición, y una edición no es exactamente el ejemplar que ha pasado por determinadas manos. Podemos conservar la novela y perder una traducción; conservar la traducción y perder las correcciones que alguien hizo sobre ella. La pérdida cambia de naturaleza en cada caso. No desaparece Cervantes cuando se deshace un Quijote de bolsillo. Puede desaparecer, en cambio, el testimonio de cómo una persona discutió con Cervantes durante treinta años.

Imaginemos una biblioteca donde un manual de jardinería permanece junto a una novela porque ambos se compraron durante el mismo verano. Para quien llega de fuera, esa proximidad es un desorden. Para su dueño podía ser una fecha. Repartidos los títulos por materias, el sistema mejora y una relación desaparece. Nadie ha roto una página.

"La cuestión no consiste en exigirle al papel una superioridad moral. Consiste en decidir qué queremos salvar antes de dar por hecho que lo hemos salvado todo"

Esta sería la segunda muerte de una biblioteca: la que ocurre cuando sobreviven los libros, pero se vuelve ilegible la relación que los reunía. La primera pérdida fue la de quien sabía por qué estaban allí. La siguiente puede producirse sin cuchillas, sin fuego y sin ordenadores, mediante una limpieza escrupulosa. A veces empieza con una decisión tan sensata como colocar cada cosa en su sitio.

Por eso sería demasiado cómodo cargarle el problema entero a la tecnología. Una buena reproducción puede conservar una dedicatoria, mostrar una corrección difícil de ver y permitir que otras personas la estudien. Un archivo digital documentado puede proteger relaciones que una mudanza destruye. La cuestión no consiste en exigirle al papel una superioridad moral. Consiste en decidir qué queremos salvar antes de dar por hecho que lo hemos salvado todo.

También hay que distinguir el archivo de consulta y el material destinado a otros usos. La resolución de Bartz contra Anthropic describía una biblioteca digital interna y señalaba que no constaba que aquellas copias se hubieran proporcionado a personas ajenas a la empresa. Digitalizar, en ese caso, no significaba abrir una biblioteca pública. Son operaciones distintas, aunque ambas partan de un escáner. Esa precisión permite formular una pregunta cultural sin disfrazarla de disputa informática. ¿Basta con que unas palabras intervengan en la producción de otras para considerar que una obra sigue siendo leída? Puede haber usos valiosos de un texto que no sean la lectura, pero no todos cumplen la misma función. Consultar un dato, estudiar una variante, resumir un argumento y seguir una novela hasta el final requieren atenciones diferentes.

"Quizá lo más revelador de esta historia sea nuestra dificultad para valorar lo que no tiene una utilidad inmediata"

Un libro contiene información, pero el lector también acepta someterse a una duración. Tolera que el escritor tarde en explicar algo, que una escena parezca secundaria y que una frase modifique lo entendido cien páginas antes. Parte del sentido depende de ese recorrido. Una respuesta puede ahorrarnos tiempo; una obra puede necesitarlo. No veo por qué tendríamos que elegir una sola de esas posibilidades, pero sí por qué conviene no confundirlas.

Quizá lo más revelador de esta historia sea nuestra dificultad para valorar lo que no tiene una utilidad inmediata. El libro deteriorado del principio no necesita competir con una base de datos. Puede servirle a alguien para una tarea mucho más modesta: reconocer una vacilación, una letra, una época de su propia casa. Su importancia no se deduce del precio ni del número de personas a las que resultaría útil.

Tampoco habría que obligar a los herederos a vivir dentro de una biblioteca ajena. Conservarlo todo puede ser otra manera de no hacerse cargo de nada. Bastaría, quizá, con detenerse antes del reparto, abrir algunos volúmenes, preguntar por una dedicatoria, dejar constancia de lo que todavía se sabe. Que la necesidad de hacer sitio no decida, ella sola, qué merece seguir existiendo.

Cuando alguien aparta aquel libro sin valor, puede que no esté defendiendo el futuro del papel. Quizá ni siquiera le guste el autor. Le basta con reconocer unas palabras al margen. Yo no le diría que ya lo tiene en internet.

Le preguntaría de quién era.

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