Hay algo extraño en escuchar varias veces seguidas la Quinta sinfonía de Beethoven. Uno cree conocer esas cuatro notas iniciales hasta que vuelven a sonar y descubre que todavía conservan algo de su violencia. La obra termina y, apenas unos segundos después, puede comenzar exactamente donde comenzó. Una grabación permite atravesar de nuevo el Allegro con brio, demorarse en el Andante con moto, asistir a ese tránsito prodigioso del tercero al cuarto movimiento y llegar al final, después del cual basta un gesto para regresar al principio. La música necesita tiempo para existir —nadie puede escuchar simultáneamente el primer compás y el último— y, sin embargo, parece encontrarse a salvo de él. Transcurre sin gastarse. Termina sin desaparecer.
Se ha dicho tantas veces que las cuatro notas iniciales representan al destino llamando a la puerta que la imagen ha perdido casi toda su fuerza. Hay algo más inquietante: nosotros podemos hacer que vuelva a llamar. Podemos detener la música, retroceder, llegar al último acorde y devolverla al primero. Es un poder insignificante, pero hay momentos en que los poderes insignificantes adquieren una importancia enorme.
Hace años, unos investigadores brasileños expusieron cultivos de células tumorales a distintas composiciones musicales, entre ellas el primer movimiento de la Quinta de Beethoven, y observaron cambios en la supervivencia de algunas células. El experimento no demostraba que la música pudiera curar una enfermedad, pero la noticia adquirió vida propia: aparecieron porcentajes, células destruidas, la posibilidad de que aquellas cuatro notas pudieran intervenir de algún modo sobre la materia. Tal vez aquello dijera menos sobre el poder de Beethoven que sobre nosotros. Necesitábamos que fuese verdad.
Porque hay gestos que empiezan donde termina nuestra capacidad de modificar los acontecimientos. No solucionan nada y, sin embargo, sería inexacto decir que no hacen nada. Se sostiene una mano, se repiten unas palabras, se enciende una luz, se vuelve a poner una música. Quien todavía dispone de soluciones puede preguntarse para qué sirve. La pregunta deja de ser tan sencilla cuando ya no queda ninguna.
La razón exige pruebas, y hace bien. Pero la esperanza no siempre espera a que lleguen. Hay en el ser humano una resistencia casi incomprensible a aceptar que las leyes de la materia tengan la última palabra. Incluso cuando conocemos su rigor, buscamos una excepción, una grieta, una posibilidad infinitesimal. No necesariamente porque desconozcamos la verdad, sino porque hay momentos en que todo parece decidido y aun así necesitamos hacer algo. Quizá una música no pueda actuar sobre aquello que querríamos cambiar y, sin embargo, pueda actuar sobre nosotros mientras lo intentamos. La esperanza comienza a veces donde termina lo razonable, y no por eso deja de ser profundamente humana.
A partir de ahora escucharé siempre la Quinta de otra manera. No como una promesa de que las leyes de la materia puedan suspenderse, sino como una forma de resistencia frente a su inexorabilidad. La música termina, el mundo continúa y aquellas cuatro notas no detienen lo que sucede fuera de ellas. Pero vuelven a sonar. Y mientras vuelvan a sonar, yo escucharé en ellas una esperanza. Beethoven llega al último acorde. Alguien vuelve a pulsar el comienzo. Y llama otra vez.


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