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La señora de la segunda fila

La señora de la segunda fila

¿Veleta o brújula? ¿Personajes que se rebelan o que aceptan su destino? ¿Quiénes son los lectores beta? ¿Finales felices o tristes? A lo largo de esta serie de artículos, Fernando Benzo desvela en Zenda el proceso de escritura de su próxima novela.

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Diario de nueva novela, Parte I

Durante la promoción de un libro, hay una serie de preguntas que te hacen de manera recurrente. Una de ellas es: ¿qué pretendías con esta novela?

Hace seis meses que publiqué Los perseguidos, tras obtener con ella el Premio Azorín de Novela. A lo largo de este tiempo, perdí la cuenta de las entrevistas dadas una vez superado el centenar, he hecho viajes de promoción a un listado de ciudades que ya no soy capaz de reproducir, he participado en festivales de novela negra, clubes de lectura y ferias de libros y aún quedan eventos en el futuro. Y, en todos esos diferentes foros, ha surgido siempre, formulada con escasas variantes, esa misma pregunta.

Pues bien, creo que al fin tengo la respuesta.

Pretendía gustarle a usted, señora de la segunda fila.

Hay algo que nadie te avisa cuando accedes a las ligas mayores del mundo editorial. Y es que ya no vas a ser sólo un escritor sino que también te vas a convertir en una folclórica con su baúl (reconvertido este en libro), o en Willie Loman (digo como quintaesencia del viajante de comercio), recorriendo mundo con tu mercancía. Uno escribe aspirando a ser un autor enigmático, misántropo y venerado, a lo Salinger, y no sabe que, si las cosas van bien, acabará convertido en algo parecido a los añorados agentes del Círculo de Lectores, vendiendo ejemplares casi puerta a puerta.

"Uno escribe aspirando a ser un autor enigmático, misántropo y venerado, a lo Salinger, y no sabe que, si las cosas van bien, acabará convertido en algo parecido a los añorados agentes del Círculo de Lectores"

No reniego de esa tarea. Al revés. Tiene momentos inolvidables. Ahí me quedará para siempre el hombre que me pidió la firma en la Feria del Libro de Madrid y, emocionado, me dijo: «Usted no ha escrito una novela. Usted ha escrito la historia de mi vida». O ese club de lectura en que sus miembros se enzarzaron en una discusión sobre algún detalle del final de mi novela y, cuando quise mediar, me soltaron «¿qué sabrás tú?» y siguieron discutiendo un buen rato ignorándome. La promo de un libro es una suma de momentos que te hacen reír, que te emocionan, que alimentan o resitúan tu vanidad y tu ego y que acaban convirtiéndose en un sinfín de variopintas anécdotas.

Pero, por si tienes la tentación de llegar a creerte alguien con tanto elogio y tanta firma y tanta foto y tantas estrellitas en las reseñas, están esos otros momentos. Son los momentos que no todos los autores admiten haber vivido pero, estoy seguro, por los que todos han pasado alguna vez. Frente a esa obligación de mantener una apariencia de éxito (fotos de eventos en redes sociales donde se disimula el escaso público, reseñas de amigos en Goodreads o Babelio, fajas exagerando el número de ediciones o de ejemplares vendidos…), está esa otra realidad: los momentos fallidos. Presentaciones sin público, entrevistas en que detectas que el periodista ni se ha leído ni siente ningún verdadero interés en leerse jamás tu novela, firmas en las que finges indiferencia cuando no se acerca nadie mientras a tu lado se forman colas kilométricas ante Manel Loureiro, Alice Kellen, Luz Gabás o cualquier otro autor cuyo éxito es abrumador y frente al que te sientes farsante e impostor… Está esa realidad.

Y está la señora de la segunda fila.

Fue hace unos días. Una feria del libro en una ciudad en la que nunca había estado. Viaje en tren un domingo al mediodía. Presentación de la novela en la propia feria, en una carpa, al atardecer. Hora prevista: las siete. Asistentes: nadie. Los organizadores se apuran. Yo mantengo la entereza y no salgo corriendo. Son ya las siete y diez. A las siete y veinte me plantean cancelar.

Y entonces aparece la señora de la segunda fila.

Es mayor, muy mayor. Lleva una rebeca de lana de un cierto grosor, aunque no hace frío. Pelo corto cano, arrugas de vida larga, cuando sonría veré que hay huecos en su dentadura, es menuda y parece aún menor por los hombros encogidos. A pesar de su apariencia frágil, no titubea. Llega a las siete y veintidós y, aunque todos los asientos de la carpa están vacíos, se abre camino entre las dos primeras filas y se sienta en el centro de la segunda.

En ese momento lo tengo claro: ni hablar de cancelar.

Presentamos el libro una amable periodista, que acepta hablarle al vacío por ese empeño mío, y yo. Charlamos como si la carpa estuviese llena. La señora, con la rebeca bien cerrada sobre el pecho, las manos entrelazadas en el regazo, atiende sin mover un músculo, los ojos sin apenas parpadeos, la boca entreabierta.

"Porque escribí la novela para eso, sólo para eso, señora de la segunda fila: para que usted pasase un rato de lo más entretenido"

Cuando terminamos y nos despedimos de manera un tanto desangelada, sin posibilidad de que un público nos conteste con cerrados aplausos, veo que la señora se levanta y se acerca, tímida y dubitativa. Voy hasta ella.

Me sonríe con una sonrisa que enternece y me dice: «Oigo fatal y no me he enterado de nada de lo que han dicho. Sólo quería venir para decirle que he leído su novela y me ha hecho pasar un rato de lo más entretenido».

Luego, se va. Y a mí me viene a la cabeza esa pregunta que tantas veces he respondido con lo que pretendían ser frases ingeniosas, originales, sorprendentes o eruditas. Y me doy cuenta de que todas esas respuestas eran mentira.

Porque escribí la novela para eso, sólo para eso, señora de la segunda fila: para que usted pasase un rato de lo más entretenido.

Gracias, señora.

No puedo encontrar un motivo mejor para empezar a escribir la siguiente.

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Raoul
Raoul
3 meses hace

Emocionante. (Y muy buena la anécdota del club de lectura: cómo anda el personal…)

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace

La verdad es que difiero totalmente de la señora de la segunda fila. No pretendo ser especial o quizás si, no lo sé o si lo sé. Quien lo sabe. Pero yo nunca me he preguntado, ni he preguntado a un autor esa estúpida pregunta.

Lo que si me pregunto casi siempre, cuando tengo entre las manos un nuevo libro es qué pretendo yo al leer ese libro. Me importa un carajo si el autor pretendía algo al escribirlo. Lo único que le pido, si le pido algo, es que pretendiera escribir y hacerlo bien.

Satisfacer a la señora de la segunda fila creo que no debe ser el objetivo de escribir; hay otras formas de conseguir esa satisfacción (me refiero a invitarla a comer, por supuesto).

Por mi parte, escribo poco y si alguna vez me decido a escribir algún relato, lo haría en principio para mi propia satisfacción. Y la señora de la segunda fila se quedaría sin su placentera lectura.

Belén
Belén
3 meses hace

Yo disfruté muchísimo de ti novela; de hecho estará entre mis mejores lecturas de este año. Ese club de lectura seguro que te produjo también «momentos más dulces» jjjjjjj. Escribe para quien tú quieras querido mío pero escribe, yo siempre te leeré. Y por cierto, qué pena en esa ciudad porque escucharte y charlar contigo siempre es una gozada.