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La soledad del corredor de fondo era esto

La soledad del corredor de fondo era esto

El hombre que soñaba con ser Murakami

Me despierto sin ganas. Después de casi dos meses deseándolo, ahora que ha llegado el momento me da pereza y, también, respeto; quizá miedo. Me he acostumbrado a correr de la habitación a la cocina, del pasillo al salón, y otra vez el mismo circuito; hasta completar dos kilómetros al día. Ayer dejé toda la ropa preparada en el baño. La miro con cierta aprensión mientras apuro un gran vaso de agua. Como un puñado de anacardos y al fin me decido: hoy sí toca correr.

Kilómetro cero

Me leí el libro de Alan Sillitoe en una época que no hacía nada de deporte. Había dejado el fútbol —a estas alturas debería estar cojo, según las predicciones del traumátologo que me atendió durante el servicio militar— y aunque tenía buenas intenciones no me decidía por ninguna actividad. La soledad del corredor de fondo me gustó como relato, pero, sobre todo, me reveló que correr podía ser la receta a muchos de mis problemas de aquel entonces. Como Smith, yo estaba viviendo en mi propio Ruxton Towers, un reformatorio del que ni siquiera podía salir campo a través, como hacía él. Yo que siempre había practicado deportes de equipo me sedujo ese deseo de aislamiento que transmite el cuento. Todavía pasaron unos cuantos años hasta que me decidí por eso que ahora llamamos running, en los 80 era jogging o footing, y en realidad es, simplemente y llanamente, correr

Kilómetro uno

Me voy cruzando con las primeras personas en mi camino: dos basureros, tres mujeres en mallas con pinta de no haber hecho deporte en su vida, un corredor que se está ahogando por llevar la mascarilla y una pareja de abuelos con una sonrisa de niños chicos con ganas de hacer travesuras. Los saludo —a todos— a distancia, me pongo sentimental, me dan ganas de abrazarles aunque sé que eso hoy no es posible.

«De niño siempre intentaba perderme. Pero pronto comprendí que es imposible». (Colin Smith, La soledad del corredor de fondo)

"Me obsesionó la hazaña del escritor japonés en Grecia. No solo quería empezar a correr, no me conformaba con eso, yo quería hacer un maratón, cuarenta y dos kilómetros con ciento noventa y cinco metros"

No llevo ni tres kilómetros y ya noto los aductores como bloques de granito. Me acuerdo de Murakami. De él y de cuando quería ser cómo él. Después de leer el libro de Sillitoe decidí que necesitaba hacer un cambio. Pensé en correr, pero al final me decidí por un viejo sueño: volver a sacarme el cinturón verde de taekwondo. Fue duro volver a practicar artes marciales, pero lo conseguí. Cuando nació mi hija, con el azul y el marrón en el horizonte, lo tuve que dejar. Era imposible compatibilizar los horarios del gimnasio en esos primeros años de Julieta. En poco tiempo gané bastante peso: no dormir, comer de más, no hacer ejercicio físico; todo estaba en mi contra. Cuando te gusta llevar ropa ajustada, como a mí, coger kilos es un problema. No sé si esa fue la razón por la que Mónica me regaló mis primeras zapatillas de corredor. Había tenido de baloncesto, de fútbol, de fútbol sala, pero nunca unas diseñadas para hacer kilómetros porque sí. Leandro —él estaba en su máximo apogeo como runner después de acabar la Behovia con un buen tiempo— también hizo su parte y me dejó De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. Me lo leí en una sola noche. Me obsesionó la hazaña del escritor japonés en Grecia. No solo quería empezar a correr, no me conformaba con eso, yo quería hacer un maratón, cuarenta y dos kilómetros con ciento noventa y cinco metros. Seguidos. Del tirón. Y lo conseguí. De hecho, ya llevo tres y este aciago 2020 tenía que haber disputado el cuarto.

Kilómetro 10

Los tiempos no son buenos. No consigo bajar de 4:45 por kilómetro y la media va a estar casi en los cinco minutos. Regulo; no me queda otra. Voy con el freno de mano puesto y no consigo quitarlo. En el Paseo del Espolón me encuentro con otro corredor —me suena de vista, seguro que yo también a él—, lleva puesta la camiseta del Maratón de Burgos, la de la primera edición. Me emociono. Vuelven las ganas de llorar. Durante cuatro años fui el director de comunicación de la prueba. El año anterior, ya fuera de la organización, la corrí. Tuve un día horrible. Las piernas no me respondieron, como hoy. Me acuerdo de Jorge, Raúl, Guille, Álvaro, Edu, y de mi compa Samuel, de aquella noche de vísperas del primer maratón de mi ciudad. Hace un par de años una editorial de California contactó conmigo para contar en un libro mi experiencia como organizador de eventos deportivos, y al final la cosa quedó en nada, pero creo que en algún momento debo escribir esa historia. 

Kilómetro 12

Un coche hace trompos enfrente mío, en plena Avenida del Cid —el equivalente a la Gran Vía en Madrid—, justo en el momento que aprieto en el reloj el botón de detener entrenamiento, en el mismo segundo que dejo de correr, ¿premonitorio? Si el coche se le hubiese ido de control a la hora de hacer ese giro de ciento ochenta grados no habría podido escribir este artículo. Un viejo Renault 19 conducido por un loco puede ser más letal que la COVID-19. Empiezo a odiar esa cifra.

«Lo importante es ir superándose, aunque solo sea un poco, con respecto al día anterior. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer». (De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami)

"La soledad del corredor de fondo era esto. No poder hacer kilómetros con tus amigos, mirar a los otros con miedo y recelo. No poder pararte a saludar"

Yo no echo en falta correr con gente. De hecho, me gusta ir solo. Cuando me invitan procuro evitarlo cortésmente. Creo que soy una persona muy social, pero en esos momentos —tan íntimos para mí— no me apetece hablar con nadie. Me pongo a Korn o los Foo Fighters a todo volumen y vuelo hacia otro mundo. Algunos días tengo la mente más abierta y les dejo a Herrera o Alsina invadir mi espacio. 

La soledad del corredor de fondo era esto. No poder hacer kilómetros con tus amigos, mirar a los otros con miedo y recelo. No poder pararte a saludar. Yo no lo llevo mal, pero sé que otros sufrirán. Hoy en mi móvil suenan Los Planetas, la voz de J me reconforta y me transporta a ese tiempo, pocos meses atrás, en el que todo era tan diferente. 

Ya no sueño con ser Murakami, solo con un día más, libre, con kilómetros por delante, con una vida de verdad.

Le mando un wasap a Samuel: “Tarea terminada, mañana más, bro”. 

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