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La televisión pública manipula lo normal

La televisión pública manipula lo normal

Me propuse en estos tiempos de pandemia elegir un día de la semana en el que vería todos los espacios informativos de La 1 de TVE. Finalmente fue el lunes 20 de abril cuando me planté delante del televisor para llevar a cabo el experimento. Llevaba años sin ver La 1. No negaré que me incitó a volver la mala fama que arrastra este canal y las acusaciones de manipulación que pesan sobre sus informativos. Anoten por favor que yo llevaba sin atender a un telediario del canal público desde que gobernaba el PP.

Consulté la programación televisiva la noche del domingo y encontré tres espacios que no debía perderme: Noticias 24 h a las 9 de la mañana, y los telediarios de las 15 PM y de las 21 PM. En realidad, quería dejarme llevar por toda la emisión, coger una melopea de padre y muy señor mío tras diez o quince horas sin apartar la vista de la televisión, detectar en mi fuero interno la pegada de una intención editorial, pero este noble objetivo se vio pronto saboteado por diversas contrariedades. Una fue que tengo dos hijos de los que cuidar en este encierro; la otra fue que no tengo edad ya para tanto sacrificio por un simple artículo.

"Es difícil interpretar como “lapsus” toda una frase, y no precisamente breve o improvisada, pues el general la estaba leyendo"

A las 9 de la mañana Xabier Fortes apareció en la pantalla. Su programa ya no se llama Los desayunos sino Noticias 24 h. Parece que el cambio se produjo con la llegada del coronavirus a nuestro país, y que su tiempo matinal se redujo enormemente. Xabier Fortes es un arquetipo televisivo clásico: varón, blanco, canicie, mediana edad, simpático, paternal. Realmente es un señor que cuando lo ves por primera vez te parece majo. Sin embargo, su fama entre la derecha tuitera y mediática es tremebunda. Encarna la cara visible del mal en la televisión pública.

El lunes 20 de abril, amén de la actualidad tristemente rutinaria de la pandemia, llegaba con una polémica surgida el mismo domingo. Un general de la Guardia Civil había afirmado en rueda de prensa que su tropa se dedicaba, entre otras cosas, a “minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del gobierno”. Ese mismo domingo el ministro de Interior, Grande-Marlaska, había degradado a «lapsus» la frase del general Santiago. El portavoz de Podemos, Pablo Echenique, había ido más lejos: era un “error” lo que había escuchado toda España, y por tanto (sic) difundir ese error era transformarlo en bulo. Es difícil interpretar como “lapsus” toda una frase, y no precisamente breve o improvisada, pues el general la estaba leyendo, y todavía más difícil resulta asumir que un “bulo” pueda consistir en creerse lo que dice un alto mando policial en una rueda de prensa oficial en la televisión pública. Era obvio que La 1 de TVE tenía aquí una ocasión inmejorable para cubrirse de una u otra gloria, dado que hay glorias para todos los gustos.

Xabier Fortes.

Fortes no empezó con este escollo, sino diciendo que Pablo Casado no estaba muy dispuesto a pactar con Pedro Sánchez (el lunes acabó con Casado y Sánchez acordando una comisión en el Congreso para tratar la “reconstrucción” del país). Luego nos habló de la reunión entre los presidentes de las distintas comunidades autónomas que, en contraste con lo anterior, había ido muy bien. Apareció el Sr. Egea (PP) y luego el Sr. Ábalos (PSOE). Finalmente llegó el turno de hablar de la polémica. Durante un minuto se contó lo que yo mismo he contado en un párrafo, más una nota aclaratoria de la propia Guardia Civil. No se ocultó nada, pero es obvio que un canal como La Sexta habría dedicado ocho horas todos los días de la semana a comentar cómo el PP, si fuera el caso, había puesto a la Guardia Civil a minimizar climas contrarios.

"Luego se habló de los niños y de su desconfinamiento piadoso para el próximo lunes"

A las 9.06 entraron dos contertulios, cosa que no dejó de sorprenderme en un programa llamado Noticias 24 h. Eran el Sr. Maraña y la Sra. Méndez. Curiosamente, ambos parecían muy de acuerdo en cuanto a la polémica, y dieron levadura a las dos líneas maestras del programa: los bulos son sólo un poco peores que la pandemia y la unidad es más necesaria que nunca.

Luego se habló de los niños y de su desconfinamiento piadoso para el próximo lunes. Incomprensiblemente, Ada Colau tenía mucho que decir sobre el tema, pues inmediatamente apareció en pantalla. “Los niños y las niñas son personas con derechos humanos”, dijo la alcaldesa de Barcelona, y dijo también que había muchos bulos cuando lo que hacía falta era mucha unidad. Estuvo un buen rato. El suficiente como para patear la gramática con un “han habido” y un “los Ayuntamientos son claves en este momento”.

A y media apareció Alemania. Luego Estados Unidos, y los bulos. Salvador Illa por aquí, García Page por allá. Que la Comunidad de Madrid era muy mala porque iba por su cuenta. Cuqui Gamarra, del PP, apareció a las 9.41 y desapareció a las 9.56. Fortes dijo varias veces que aquello que veíamos era la “televisión pública”, por si no te habías dado cuenta de que La 1 es pública.

Con todo, he visto con mi hija capítulos de Peppa Pig más tendenciosos.

"Ana Blanco empezó fuerte: 399 muertes con coronavirus. Quedaba una hora por delante de información, pero fui incapaz de verla entera"

A las 10 empezó La mañana, presentado por María Casado y Diego Losada. Conectaron con una mujer llamada Naira Gasca, que busqué inmediatamente en Google por si era concejal de Podemos. No lo era. Se habló de los hoteles medicalizados en la Comunidad de Madrid y de unidades móviles en Castilla y León. Luego contemplé una preciosa historia de amor de dos ancianos de 90 años que se curaban juntos en un hospital porque les habían arrimado las camas. A continuación, niños con ordenadores Mac todos ellos y casas como de que ni su padre ni su madre son los que las limpian aparecieron consecutivamente celebrando su libertad provisional venidera. No pude más y me dediqué a mis hijos hasta las once de la noche, cuando se durmieron ambos.

Entonces busqué en la web de RTVE el telediario de las tres de la tarde y lo vi. Ana Blanco empezó fuerte: 399 muertes con coronavirus. Quedaba una hora por delante de información, pero fui incapaz de verla entera y me dediqué a dar saltitos de una cosa a la otra hasta que recorrí todo el telediario en cinco minutos. Soy incapaz de ver mansamente una hora entera de información, eso es algo que descubrí el pasado lunes 20 de abril. Me aburre el telediario, para qué nos vamos a engañar.

Sin embargo, una pequeñísima partícula del mismo me dinamitó la inteligencia. “399 muertos con coronavirus”. “Con”, preposición. Había visto en Twitter hacía semanas un vídeo de un concejal socialista de Melilla (si no recuerdo mal) que, antes de una comparecencia, aleccionaba a sus compañeros para que no dijeran “muertos por coronavirus” sino “muertos con coronavirus”. Es bastante demencial este uso. Primero, porque debe de ser la primera vez en la historia de la Humanidad castellanoparlante que alguien muere “con”. Se muere “en” accidente de tráfico, “debido a” un cáncer, “tras” una larga enfermedad, “por” causas naturales, “a” tiros, “de” miedo incluso. Nadie ha muerto nunca “con” nada.

"Me resulta fascinante imaginarme una mesa o reunión donde alguien ha tenido la increíble idea de decir que la gente no muere «por coronavirus» sino «con coronavirus»"

Esta preposición súbitamente mortífera quiere manifestar que el coronavirus no mató por sí solo a esa persona, sino que simplemente ayudó un poco. Alguien tenía achaques (“patologías”), y el coronavirus fue demasiado para su organismo. Sin embargo, si una persona enferma terminal de cáncer muriera en accidente de tráfico, no se diría que murió “con” accidente de tráfico; ni siquiera se sugeriría que, hombre, estaba ya muy cerca del final, de modo que tampoco hay que sumar esa muerte a la siniestralidad letal de la carretera de este año. Además de esta intolerable falta de respeto por los muertos debidos al coronavirus, está el hecho de que, si tomáramos la ocurrencia en serio, entonces debería desglosarse la cifra de 399 muertos entre los que murieron “con” coronavirus y los que murieron “por” coronavirus, pues hay personas que, jóvenes y sin patologías previas, también han fallecido después de contagiarse. Por no hablar de cómo deben comunicarse entonces las altas: ¿altas con coronavirus o altas por coronavirus?

Me resulta fascinante imaginarme una mesa o reunión donde alguien ha tenido la increíble idea de decir que la gente no muere “por coronavirus” sino “con coronavirus”. Es realmente una genialidad del tipo exacto que uno no querría adjudicarse. La clase de cosas que sólo se le ocurren a un comisario político bituminoso.

Llegada la medianoche del lunes 20 de abril, me puse el telediario de las 21 horas. Su presentador era Carlos Franganillo. Empezó turbiamente: la economía se va a desplomar, viene una época sombría, la adversidad será total. Creo que me enganchó este incipit, porque casi me lo vi entero.

Carlos Franganillo.

Franganillo no hizo pie en la preposición letal del gobierno, y además avisó de que las cifras debían ser tomadas con “cautela” porque estaban “en revisión”. Pudo informar enseguida de la comisión acordada por Sánchez y Casado, y pasó a detallar la polémica del general de la Guardia Civil. Luego contó que el sector turístico lo iba a pasar muy mal este año, que el barril de petróleo en Texas valía ya menos lleno que vacío y que Alejandro Sanz quería hacer “una historia emocional” del coronavirus y andaba pidiendo vídeos a la gente. Me di cuenta entonces de que esto no eran las noticias, sino la introducción a las noticias. Perdonadme.

"Luego el telediario dio un repaso por el mundo, empezando por Estados Unidos, donde Donald Trump acababa de decir que España estaba destrozada"

El desarrollo de los temas principales se fue salpimentando a continuación con pequeñas informaciones, algunas realmente de 15 segundos, como la que guardaba relación con los 40.000 likes que recibe a veces una nota del Ministerio de Sanidad en Facebook, lo que Franganillo glosó como “actividad inusual e irregular”, sin especificar quién podía ser responsable de esa irregularidad. Al hablar de las afirmaciones de algunos independentistas según las cuales en Cataluña habría menos muertes si fuera un país soberano, Franganillo dijo “víctimas del coronavirus”. La resistencia de este presentador a utilizar la preposición “con” me pareció épica.

No sabía yo que los diputados catalanes se habían bajado un 25% el sueldo en el mes de abril, y me alegré de saberlo.

Luego el telediario dio un repaso por el mundo, empezando por Estados Unidos, donde Donald Trump acababa de decir que España “estaba destrozada”. La corresponsal allí destacada aportaba una pieza sobre los mendigos, y decía, traduciendo a su manera a una experta o activista estadounidense: “La crisis nos ha servido para saber lo importante que es tener una casa”. No es broma. Tener una casa es importante cuando viene una pandemia mundial, dense cuenta.

Italia, Alemania, Londres, Bruselas. Ese fue el recorrido.

Finalmente apareció Alejandro Sanz vendiéndonos algo, en este caso su bondad. También en la COP-25 Alejandro Sanz tenía algo que decir. Alejandro Sanz siempre tiene algo que decir, por si no lo habían notado. Estuvo un buen rato chupando cámara.

Luego salió Bob Dylan, debido al manuscrito de una letra suya que se subasta por dos millones de dólares. Se daba a entender que Dylan y Sanz iban en la misma sección del telediario, y eso fue lo peor de este telediario —dicho sea en su favor—.

"El protagonista aquí son 20.000 personas que no tenían que estar muertas. Sin embargo, toda la información que recibí aquel lunes 20 de abril de 2020 (y qué infausta la repetición del número, amigos) se refería sobre todo a otras cosas, cosas de vivos y de gente que no quiere morir"

Se anunció entonces que este era el sexto lunes de confinamiento y, sin aviso alguno o advertencia a la sensibilidad, una voz bastante poco atractiva empezó a declamar un texto elegíaco de lo más escalofriante. Sobre calles vacías y pajaritos entre las piedras de un murete, un señor hablaba de la distancia y el vacío, de cómo debemos “elevar un poco el tono” para hacernos oír (elevar la voz, sería, pues si elevamos el tono a lo mejor acabamos llegando a las manos) y alcanzado cimas volátiles (¿sonaban violines?, no sé si sonaban violines) como: “No es raro llorar ausencias”. Y luego ya pusieron El tiempo.

En resumen, he visto cosas mucho peores en la televisión pública que lo del pasado lunes 20. He visto a Urdaci. La televisión pública hoy manipula lo normal, lo que espera un ciudadano que paga sus impuestos y no la pone nunca.

Eso sí, me quedó una sensación rara que, transcurridos unos minutos, me desasosegó. El coronavirus, mayormente, consiste en la muerte de miles de personas, más de 20.000 en España. Es una cifra no sólo aterradora, sino protagonista. El protagonista aquí son 20.000 personas que no tenían que estar muertas. Sin embargo, toda la información que recibí aquel lunes 20 de abril de 2020 (y qué infausta la repetición del número, amigos) se refería sobre todo a otras cosas, cosas de vivos y de gente que no quiere morir. Entiendo que se busca no poner triste a todo un país, no azuzar la depresión masiva. Sin embargo, si los muertos se cuentan sin contarse, si los familiares no pueden despedirlos ni enterrarlos, si su desgracia es una elipsis en televisión y hasta en las redes sociales, su historia acabará saliendo por otra parte, y algún día deberemos tener el valor, la decencia, la curiosidad y la necesidad incluso de atenderla.

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