Inicio > Libros > Adelantos editoriales > La tercera aberración, de Flor Canosa

La tercera aberración, de Flor Canosa

La tercera aberración, de Flor Canosa

Para un arquitecto, esta casa sería una aberración arquitectónica. Un petit hôtel de principios del siglo XX que no cumple con ninguna regla y que presenta una distribución endiablada. Con una influencia directa de La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski, esta novela combina el gótico con el tropo de las casas encantadas y el trauma social.

A continuación ofrecemos un fragmento de La tercera aberración (Horror Vacui), de Flor Canosa.

*****

Ingreso al cuerpo fresco

Sergio arrastra su valija de cuero subiendo los diez escalones de mármol cubiertos por una alfombra que alguna vez fue roja punzó. El ascenso es como la lengua agotada que despliega la casa hacia la vereda. Se detiene frente al cartel desteñido y toca el timbre. Espera. Descuelga el bolso que lleva cruzado sobre el pecho. Los bocinazos de avenida Entre Ríos llegan con urgencia, o tal vez provengan de avenida Independencia, es difícil saberlo desde el segundo zaguán. Virrey Cevallos es una calle tranquila. Sergio espera. Un aire fresco asoma desde el interior de la casa colándose por la parte inferior de la puerta. Nada se mueve adentro, todo el movimiento percibido es el trajinar mínimo y algunas voces de la calle. Espera. Una sombra obnubila la cortina de voile que oculta la recepción, y se abre la puerta después de larguísimos diez minutos. Nuria le echa un vistazo. No puede decidir qué opina sobre lo que está viendo, y eso es mucho para Nuria. El vistazo que Sergio echa a Nuria es fugaz. No quiere hacerse una impresión porque no le interesan las personas que, tal vez, pasen por su vida cinco minutos. Si el hotel no le convence, no tiene que pensar nunca más en esa señora rubia de rodete y facciones gélidas.

Busco una habitación, dice Sergio.

Su voz no tiene timbre preciso, vibra en un semitono que suena a ronroneo. Tiene la voz para adentro, como si se tragara la mitad de los sonidos. Nuria sonríe con las comisuras tirantes y se hace a un lado.

Pasá, pasá.

Sergio vuelve a cruzarse el bolso sobre el pecho y arrastra la valija hacia el interior.

‡

Para un arquitecto, esta casa sería una aberración arquitectónica. Un típico petit hôtel de principios del siglo xx que, sin embargo, no cumple con ninguna regla, no se rige por los lugares comunes de la distribución y es tan fácil perderse en su interior como volver al punto de partida sin pensarlo. Pero ningún arquitecto entra a la casa, apenas albañiles o trabajadores por hora. Es cuestión de seguir las indicaciones para llegar a un cuarto, a la cocina, a los baños o al comedor. Hay algunos carteles con instrucciones escritos a mano con una caligrafía prolija que, piensa Sergio, fue sin duda dibujada por la mano de esta mujer. Eso es todo lo que se necesita para entender el hotel familiar sin nombre. A una casa se la vive, se la camina, se la duerme, no se la explica.

‡

Nuria le sugiere a Sergio que deje sus pertenencias en la recepción —apenas un escritorio junto a la escalera— para ver primero el cuarto. Guía a Sergio por los dos pisos de la escalera de mármol sin alfombra. Si la externa parece una lengua, esta escalera bien puede ser los dientes, carcomidos en sus bordes por la edad de esa boca casi sin piezas faltantes. El potencial cuarto está al fondo del pasillo. En un ángulo, camuflado entre los arabescos del empapelado monótono, Cronos observa estático a la visita. Es un gato adulto todo gris, de mirada amarilla oblicua que contempla el movimiento con la indiferencia de quien ya lo ha visto todo. Sergio le sonríe con una simpatía innecesaria para una mascota cuyo lenguaje tiene otros códigos, pero no puede evitar el impulso de agradar, aunque sea al gato.

Cómo se llama, pregunta.

Cronos.

¿Cronos? Qué original.

Hay un patrón en los nombres.

Sergio no pregunta más, observa la habitación que Nuria acaba de inaugurar a sus ojos. Es apenas un rectángulo que obliga a que los muebles se ubiquen contra las dos paredes largas. En un extremo está la puerta y, en el opuesto, una ventana que respira al contrafrente.

Así es más silencioso, le dice Nuria leyéndole la mirada.

La cama de una plaza a la derecha, el escritorio en la pared frente a ella y un armario angosto de dos puertas. Nada más. El baño está a tres puertas de distancia.

La habitación de al lado está vacía, pero no tiene ventana, por eso es mejor esta, aclara Nuria. Y más silencio, también, repite la mujer para quien el silencio parece el centro de una religión personal.

Sergio paga el mes. No es una persona exigente y, de hecho, este hotel es un poco mejor de lo que imaginaba por el precio. Se ve limpio y tranquilo. Silencioso, piensa, y sonríe sin un solo gesto. Es transitorio, ya encontrará una vivienda más acorde. En marzo empieza la facultad, tiene un trabajo próximo como cadete en un estudio jurídico un par de horas al día. Le cuenta esto a Nuria mientras ella decide mostrarle la primera planta, y también mientras asiente como si le importara. Le presenta el comedor, aunque le dice que nadie lo usa, no le quiere confesar que en realidad ella no quiere que nadie lo use y eso sucede casi por sugestión. Hay una orden en su tono. Casi todo lo que dice Nuria suena a exigencia. Parece una institutriz alemana de novela de terror, piensa Sergio, quien ahora la observa con mayor atención, porque es parte del paisaje que acaba de elegir. Luego le muestra la cocina y el patio. Le dice que el tercer piso es la vivienda familiar y que no se puede acceder a la terraza, pero por una tarifa extra puede lavarle la ropa, colgarla, plancharla y entregársela en su cuarto.

‡

Es muy grande el hotel, dice Sergio sin que se entienda si es una pregunta o una afirmación. A veces su voz monocorde provoca la sensación de que no tuviera inflexiones.

Para Nuria, la casa tiene veintiocho habitaciones. Ella conoce una más que la mayoría de los habitantes. Para Víctor, su marido, son unas veinte, porque a los trasteros nunca entra y hay otra (el cuarto callado por Nuria) que no conoce. Entre los hijos, Apolo es totalmente indiferente a los números, como si no formara parte de su cosmología. Minerva cree en la versión oficial de las veintisiete habitaciones y le teme a cada una de ellas. No necesita pensarlas ni enumerarlas, prefiere omitir su existencia (excepto por una, que reviste el carácter de un santuario), como si el espacio entre la planta baja y el tercer piso fuera terreno yermo. Sube las escaleras siempre a la carrera, sin mirar más que el escalón que tiene enfrente y girando en los recodos con los ojos clavados en el empapelado gris. En cambio, Diana sabe que son treinta y una, porque las puede oler todas aunque estén amuralladas. Huele cada una de esas habitaciones que se tragó el tiempo y los secretos. Sabe qué hay detrás de los ladrillos. Quién hay. También huele un poco más allá del muro, pero de ese olor nadie habla.

—————————

Autora: Flor Canosa. Título: La tercera aberración. Editorial: Horror Vacui. Venta: Todostuslibros.

0/5 (0 Reviews)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios