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La textura del tiempo: Juan Cobos Wilkins

La textura del tiempo: Juan Cobos Wilkins

Foto de portada: Juan Miguel Canterla.

¿A qué edad comprende el niño que el mundo no es de gominola? ¿Cuándo se aloja en sus retinas ese velo triste del que ya ha entendido que en la biografía pesa más el llanto que la calma? Son preguntas que surgen siempre que —él no puede notarlo— se observa la mirada de Juan Cobos Wilkins. Unos ojos en unos ojos que enfocan doblemente la existencia: por un lado, la de ese pequeño que fue y con sorpresa anduvo descifrando todo aquello que le rodeaba, que gozaba del descubrir y el conocer; por otro, el sabor de almendra amarga que habita en algunos de los hombres y mujeres que llevan a Andalucía en sus venas, que saben cómo se llora una seguiriya, que ven el duende del flamenco porque lo llevan dentro, que huelen a Lorca, a Juan Ramón, a verso encendido.

Ese es el conflicto que hay en la mirada de Juan Cobos. Una guerra entre la iluminación inocente y la pena honda. El poeta sonríe y llora al mismo tiempo en sus pupilas. Es hermoso, un espectáculo de vida encarnada en los globos oculares, el misterio de la existencia custodiado por pestañas. Pero también inquieta a quien —él no puede notarlo— lo observa mientras habla, ríe, calla, asiente, mira… vive, una palabra mínima y enigmática.

Por eso, por esa extraña sensación, uno se empeña una y otra vez en acechar sus ojos. Para empaparse de una tristeza larga. Y de la sorpresa de cada aurora. Y del dolor profundo de lo que no se comprende. Y del calor amable que despide una humeante taza de café. Y del frío de una noche a solas. Y de tantas y tantas cosas que se esconden tras esos vidrios pardos.

Juan Cobos Wilkins es de ese tipo de poetas en los que los lectores se arrullan con cautela. Acercarse a su verso resulta similar a hacerlo a una pila de leña ardiendo: es agradable mientras se mantiene la distancia. Un paso más y se sigue estando a gusto, aunque la piel se enrojece. Un paso más y ya estás al borde del agobio. Uno más y el alma quema. Así es su poesía: un lugar amable, dichoso, con el aroma de un hogar en el que apetece sestear y, a la vez, agujas afiladas, un llanto ante la noticia de la muerte, el desasosiego de saber que somos tan frágiles como un cristal que continuamente se precipita al suelo desde las alturas. Ese vértigo.

Pero sus ojos. Pero sus versos.

Yo me llamaba niño, y la inmortalidad.

Me llamé «yo» y abrazaba a los árboles
como el niño que abraza.

Yo me llamaba niño y lavaba cerezas
en las lágrimas de un jilguero enjaulado.

Me llamé Juan y era distinto
multiplicar el pan que dividir el beso.

Yo me llamaba Juan y crecí comparando
la arquitectura gótica
con la sombra flamígera de cada desamor. 

Yo me llamaba Juan, conocía
la playa interminable del náufrago que cuenta
una a una las olas infinitas.

Me llamé Juan y regalaba
como el soldado que en la trinchera ofrece
su pecho abierto para salvar a un joven camarada. 

Tenía nombre y creí
como cree en las alas el gusano de seda,
como el beso se eleva bajo una sombra gótica,
como el náufrago asume su ola definitiva,
como cereza o lágrima en la jaula que silba
como la bala silba de amor a su soldado.
Al soldado sin nombre que en la trinchera cree
como el niño sin nombre en la inmortalidad. 

Tú me llamaste Juan.
                              Y yo crecí
en la metamorfosis de quien ama. 

Isla desierta busca náufrago, razón aquí

El primer libro de poesía del escritor onubense apareció en 1981 con el título de El jardín mojado. Desde entonces unida a él va una biografía de letras que incluye novelas, guiones de cine, un buen puñado de poemarios e incluso la puesta en marcha de la fundación del poeta Juan Ramón Jiménez en Moguer.

Pero Cobos Wilkins no ha buscado esa vida pública de la literatura. Él es un náufrago al que ha perseguido incesantemente la isla desierta de la palabra. Cuestión de destino. No importan los silencios —durante 11 años no publicó ni un libro de poemas, aunque sí narrativa—; tampoco los cambios de rumbo en el discurso poético, que no son otra cosa que un espejo de lo que el escritor experimenta, de lo que marca la biografía, sea como sea, de este hombre con un sutil acento andaluz de cola aguda y voz de tierna afonía.

Marcos Guevara Orjuela

El perfil de la mantis religiosa, la soledad, el ponerse frente a frente a un mundo cruel, el modo en que aprecia la belleza… Todo su imaginario parece partir de una reflexión serena con la que a sí mismo se interroga. Escribe “para sanar, para vivir”.

Ya sé que no te acuerdas, Madre, no te acuerdas.

Bajo el cabello blanco, una goma de borrar –no como aquellas
de infancia que olían a vainilla– hecha esta de niebla
y humo que todo lo difumina, lo desvanece todo. Y sólo deja
tras de sí un hojaldre de escarcha, tan frágiles
esquirlas de cristal que la luz de mis ojos
las rompe si las toca.
                              Ya sé que no te acuerdas, madre,
pero yo soy tu hijo.
Tu hijo soy, y como tú a mí cuando era niño, ahora te digo yo: eso es azul,
se llama cielo. 

Estoy aquí para ser tu memoria y la mano
que conduce tu índice por la línea del mapa que es un río o el rastro
que deja el hada Campanilla, estoy
para ser la linterna que sin miedo se adentra en saqueadas
galerías oscuras, y su haz no se agota porque es luz sin olvido,
porque es luz de luciérnagas. Estoy
para decirte, por ejemplo, Matar a un ruiseñor es tu película
favorita y habla de honestidad, de dignidad, de resistencia.
O vi también tus lágrimas cuando en Los puentes de Madison
la Streep roza temblando el pomo de la puerta
mas no la abre, no la abre y no baja del coche, no baja,
no se atreve a la felicidad.
                                        Y llueve
y el limpiaparabrisas y llueve en el semáforo. 

Ya sé que no te acuerdas, pero las lilas
son tus flores, por eso cumples los años en abril, y ves
abejarucos en las multicolores pinzas que sujetan en el cordel
la ropa. Las enmeladas rosas son tu dulce, el rojo tu color, la Historia
tu carrera perdida, y reconócelo, madre, te pierde
un helado de chocolate fundido con naranja.

Esta es tu voz, escucha
cómo atrae a las olas y ahuyenta la tristeza. Cómo, a pesar de tanto,
aparta de mí la soledad.
                                    Ya sé que no recuerdas
porque un maldito soplo aventa los vilanos y flotan
como pequeñas nubes con sus ángeles muertos dentro de la memoria,
pero sí, tú pronuncias palabras que los demás ignoran,
y tú conoces, sí, poemas de Rubén y de Bécquer,
de Machado, de Lorca…
                                       Y me emocionas, madre, me derrumbas,
cuando de pronto,
como un relámpago de alas en mitad la noche, recitas
lejanos versos míos, torpes, de adolescente confundido
Versos que, tan cabrona la vida, hoy
misteriosamente cumplen el más alto destino:
                                                                       sirven
para escuchar tu risa,
para que un hijo ría junto a su madre.
Para sanar.
Para vivir.

Mira sus manos cuando recita. Cómo danzan en el aire. Como ángeles inspirando salmos de la Biblia mientras vencen la fuerza de la gravedad, allí en el cielo. Mira su rostro: serio, emocionado, profundamente conmovido. Mira sus ojos: alegres en la tristeza.

Lee el escritor sus versos como a solas. Comparte esa emoción atrapada en las palabras que solo él es capaz de cazar al vuelo como se le roba a la tierra una amapola que crece al borde del asfalto, testimonio total de la belleza. Y su voz crea un ambiente sagrado, similar al que genera la guitarra cuando, después de que el cantaor se haya roto la garganta en un quejío, continúa sonando un poco más. Para que el dolor esté bañado en un almíbar que lo haga todo soportable.

Cuesta describir lo que ocurre dentro ante este poeta —la chupa de cuero, el zurrón como un cachorrillo durmiendo en los pies— cuando toma uno de sus libros y se dispone a leer, a decir de memoria algunos versos. La dicción, perfecta, emana como un río al que nutren decenas de manantiales que aportan sentidos, matices, impresiones que dotan a las palabras de una vida más allá del papel. Su voz deja los poemas flotando en el aire, serafines malditos y custodios que se apuestan en la espalda y aumentan el peso de la carne.

Una emoción similar, pero distinta, nace de un lugar inexplorado y emana con una fuerza salvaje también cuando, ya en casa y sin la presencia del poeta, se lee Llama de clausura, El mundo se derrumba y tú escribes poemas, Para qué la poesía o su Matar poetas, publicado a finales de 2019. Versos como “Ni la palabra / río, con tinta azul escrita / en la cuartilla blanca, se volverá / Danubio fluyendo en el silencio de la nieve” o “La vida, / abierta misteriosa igual que una granada, / ahí fuera está esperando / a que por fin decidas ser mortal” son desde el momento en que se leen, parte de ti. Se pegan, las palabras, como lapas. Crean una costra de belleza, un exoesqueleto con virtud de río tinto y espejos en los que hablar solo contigo.

Porque los poemas de Juan Cobos se crean en ese espacio exiguo que hay entre el ser y la nada, pero lo encierran todo. Y no se puede —no se quiere— evitar el deseo de quedarse a habitar en ellos.

El poeta y crítico Guillermo de Jorge ha descrito así la obra del onubense: “el poema se deshace entre los labios del lector, sus tallos florecen sobre sus párpados y el milagro, a modo de poema, toma forma, vive, existe. Nos invita, consciente el poeta, a pensar que entre el abismo también crecen las flores”. Así es: las composiciones de Cobos Wilkins son esa rosa —ecos aquí del juanramoniano “no le toques ya más”— perfectamente perfumada, roja como la sangre que bulle, caliente, y que mancha para siempre.

Poesía con forma de canción, poesía que danza

—“Soy Arcángel. Quiero cantar tus poemas”.

—“Hágase en mí según tu palabra”.

En boca de otro, esta anécdota podría parecer exagerada, cinematográfica, casi elaborada para tener una bonita historia que contar. En Juan, no. El hablar del poeta está impregnado de una teatralidad natural, orgánica, que en ocasiones regala a sus interlocutores este tipo de escenas.

Hágase en mí según tu palabra. Se lo dijo al cantaor Arcángel cuando este se interesó por musicar algunos de los poemas del libro Biografía impura y que acabaron convirtiéndose en el disco Quijote de los sueños. Y hágase en mí según tu palabra parece decirle Cobos Wilkins amanecer a amanecer a la poesía para mantener ese idilio magnífico del que le nacen versos llenos de franqueza y biografía.

El éxito de un poema, de una obra, es que trascienda, que exista independiente de su autor, que se transforme. Esa realidad libre de la sombra del escritor otorga carta de naturaleza a unos versos, los convierte en un algo más, en un latido necesario.

No solo el disco de Arcángel. Las palabras de Juan Cobos han sido musicadas por compositores como Rafael Prado y José Zarate, han formado parte de espectáculos teatrales e incluso se han convertido en una particular biografía enlazada con la personalísima Martirio, amiga de toda la vida del poeta, y con la que ha construido un espectáculo de salón de estar en el que dos viejos camaradas comparten anécdotas, cantos y recitales donde apetece quedarse siempre. Porque todo es Paraíso y poema:

Detén esta tristeza. No te vayas.
Poema, Paraíso. Soy
quien escribe. 

Soy el que escribe
detén este Poema, detén el Paraíso.
No te vayas. 

No te vayas. Detén
la primavera. Soy quien te escribe.
Paraíso y Poema. 

Paraíso: Poema.
Detén a quien lo escribe.
No te vayas. 

Poema o Paraíso:
si escribo, soy.

Cómo conocer a un poeta al que ya conoces

¿Cuántas veces pasa algo así? Conocer a alguien a quien ya conoces, hablar con él sin tener que abrir los labios, desde un tiempo sin tiempo. ¿Qué tipo de milagro es este? ¿Tan extraño es, que no solo avanza, sino que retrocede y es un mismo momento en todos los momentos?

Así ocurre con Juan Cobos Wilkins. Un maestro sin traje de maestro, un alumno en busca de la risa cómplice y un explorador de esos momentos de ‘mesa de camilla’ que unen a dos personas con un lazo ornado con claveles rojísimos. Es ya para siempre. Es ya desde siempre.

Entonces, volver a su obra se asemeja a recorrer un terreno distinto, renovado, con nuevos ecos que vienen directamente de la voz del poeta y que significan su propio ser. Ya no se lee lo mismo cuando se lee:

En el viaje al fondo, qué equipaje: tal vez
como una misteriosa transfusión, sustituir
la sangre de las venas por niebla y sentirnos
luzbeles recorridos

por esos alfileres imantados
que al levantarse la veda escarcharán
el lagrimal aterrado de los ciervos.

No imaginé
que aun, poema adentro, viviría
más adentro:
                    entre tantos fantasmas y tan solo.        

Es hora de dar las gracias. Por los poemas, por la compañía, por el magisterio. Es el momento de ofrecer las palmas abiertas y formar el abrazo, de acoger cómo tiembla el escritor, de sentir al niño que llora en su mirada.

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