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La vida aplazada

La vida aplazada

Cuando son buenas, nunca cansan las películas y las novelas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española. Creo que se debe a que nos gusta recreamos en la vileza humana más absoluta. Justificamos esa morbosidad convenciéndonos de aquello de conocer la historia para impedir que vuelva a repetirse. En el fondo, todos lo sabemos, no es eso. Nos rascamos una costra atávica. La maldad más pura, la abyección total, nos resultan simplemente fascinantes. En mi caso, puede que aún tenga menos hartura con las obras que escoltan el cortejo fúnebre del comunismo y la URSS. Para ello, abrazo por igual a Cărtărescu en Rumanía, a Harutyunyán en Armenia o a Yuri Buida en Rusia, el autor que nos ocupa hoy. El fracaso de la utopía proletaria como la gran oportunidad perdida emerge como la sublimación última de nuestras debilidades como especie.

En Ladrón, espía y asesino, Yuri Buida nos sumerge en una autobiografía anclada en Kaliningrado, un oblast arrebatado a Prusia Oriental poblado por colonos rusos tras la Segunda Guerra Mundial. Una isla de tierra sin frontera con Rusia, asentada sobre minas alemanas y lindera con Polonia y Lituania. Un territorio tan fértil para la fábula y la evocación que casi cuesta creerlo. Kaliningrado guarda un regusto a Antaño.

"Ladrón, espía y asesino nos deja un sinfín de retales de vidas soviéticas no siempre zurcidas. No se hilvanan con los artificios de la novela; no se abusa de la explicación y la pedagogía"

Sin embargo, Buida no es Tokarczuk, ni tampoco viene con ínfulas de Solzhenitsyn o Grossman. Su espíritu parece más liviano, alejado de los ajustes de cuentas. Por el contrario, el autor parece por su escritura un tipo afable y más bien socarrón. Quizás porque tampoco le fue tan mal en el seno del comunismo, quizás porque a pesar de ciertas penurias, él también se aprovechó de los resortes del Partido para prosperar dentro de él como una pieza más del engranaje.

Ladrón, espía y asesino nos deja un sinfín de retales de vidas soviéticas no siempre zurcidas. No se hilvanan con los artificios de la novela; no se abusa de la explicación y la pedagogía. Ante nuestros ojos se va conformando un paisanaje ruso perfilado con agudeza, recortados sobre la página como las figuras de los carteles soviéticos de guerra, sin incurrir por ello en la bidimensionalidad o la superficialidad. En un primer momento, Buida se relata a sí mismo y a su país de la única forma capaz de rivalizar con la pericia de los historiadores: a través de los ojos de un niño. Y lo hace con un ritmo sosegado que casa a la perfección con el tiempo suspendido en el que vivía la población que aguardaba la caída de la URSS. Así desfilan ante nosotros obreros, funcionarios, prostitutas y agricultores de granjas estatales alcoholizados, abúlicos, vencidos por el sistema, pero también otros que conocen la diversión y la dignidad, el orgullo y la bondad. El vodka y el Comité Federal hacían estragos, pero el ruso que describe Buida no se compadecerá de su suerte.

"Buida nos invita a perdonar a las generaciones marcadas por el arrepentimiento nacional, ese acto de hipocresía que consistió en culpar de todo al sistema rehuyendo las miserias firmadas en primera persona"

Todo en esta novela sucede a cámara lenta. El costumbrismo desprejuiciado de Buida va agriándose poco a poco conforme el niño entra en la adultez. La inocencia da paso a una mayor clarividencia y, sin que apenas nos demos cuenta, el Partido, el koljós y la burocracia reptarán por todas las grietas. El trabajo como periodista —a la espera de la eclosión del Buida escritor— funciona como una alegoría perfecta de la perversión del régimen comunista. Los periódicos dirigidos por incompetentes elegidos a dedo por el Partido, los reportajes kilométricos que agotan al redactor y entierran en miles de palabras las miserias reales del proletariado, el doblepensar marca de la casa de loar el comunismo al tiempo que se anhela que acabe de una vez.

El libro y el autor vadean los escombros del muro de Berlín para dejarnos a salvo en la otra orilla de la Historia. Detrás quedan las vidas de miles y miles de personas que padecieron «el síndrome de la vida aplazada», las que aguantaron las penurias con la esperanza de que sus hijos, al menos, vivieran mejor que ellas. El comunismo fracasó incluso en eso, siendo incapaz de realzar por contraste lo que vino después. Buida nos invita a perdonar a las generaciones marcadas por el arrepentimiento nacional, ese acto de hipocresía que consistió en culpar de todo al sistema rehuyendo las miserias firmadas en primera persona. «Cuando me jubile ya leeré a Dostoievski», se consolaba un personaje divagando con un futuro más amable. Muchos nunca llegaron a Dostoievski. Valga este libro para honrar la grandeza de su derrota.

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Autor: Yuri Buida. Título: Ladrón, espía y asesino. Traducción: Yulia Dobrovólskaya y José María Muñoz Rovira. Editorial: Automática. Venta: Todos tus libros.

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