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La vida en los márgenes

La vida en los márgenes

En este cuaderno de campo íntimo y fragmentario la observación profesional se deja de lado para dar paso a lo que ocurre en la periferia. A través de escenas breves, dispersas y profundamente humanas, la autora registra aquello que sucede mientras el mundo acontece: la guerra, el exilio, la vida en contextos de conflicto, el malamor, la culpa, el miedo, el deseo y la ternura que persiste en los márgenes de su vida.

En este making of María Ferreira explica cómo escribió Un mapa de los lugares donde caemos: Diario de campo (Viajes al pasado).

***

La hija de uno de los líderes de Jaish-e-Mohammed (JeM), organización yihadista separatista con base en Pakistán, me ofreció un brik de batido de chocolate. Cuando metí la pajita en el agujero, un chorro de cacao cayó sobre mi camisa, dejando una mancha que parecía un corazón a la altura de mi pecho. Me resigné y me bebí el resto con ansia porque estaba nerviosa, estaba deshidratada y me daba miedo la idea de desmayarme en aquella casa. Unos minutos después, el hombre de JeM me recibió en su dormitorio. Su mujer, una anciana gorda y desorientada, me miraba desde la cama. Ambas mesillas de noche acumulaban blísteres de medicinas vacíos, paquetes de galletas y algunos libros religiosos. El padre colocó un rifle entre nosotros. No era un arma pesada, sino más bien una de esas escopetas para matar palomas como deporte e impresionar a extraños.

El hombre me hablaba de la lucha por Kashmir. No negaba los campos de entrenamiento en la zona y admitía, con absoluta naturalidad, que los únicos indios en quienes confiaba estaban muertos.

—Pero todo esto es información pública —dijo—. No vas a encontrar nada valioso en esta habitación.

"El olor que desprendía su cuerpo era intolerable para mí, sentada a cierta distancia. Él, en cambio, lo acogía como si fuera sagrado. Escribí: El amor es lo que diferencia el asco de la sacralización"

Yo tomaba notas en mi cuaderno, pero mientras escribía podía ver cómo la mujer —un cuerpo vivo casi acostumbrándose a la descomposición: todo sudor, orina y heces, babas y descontrol muscular— alzaba la mano hacia su marido. Entonces él se sentó en la cama junto a ella, la abrazó y la acunó. Tomó su mano y besó las venas agrandadas que se le marcaban bajo la piel.

El olor que desprendía su cuerpo era intolerable para mí, sentada a cierta distancia. Él, en cambio, lo acogía como si fuera sagrado.

Escribí: El amor es lo que diferencia el asco de la sacralización.

—Voy a morirme sin que Kashmir sea libre —me dijo mientras acariciaba los pocos mechones que aún le quedaban a su mujer—. Pero eso no me duele como me duele pensar que ella sufre.

Su mujer eructó y me sonrió. Le dijo algo al oído a su marido.

—Dice que quiere tomarse una foto contigo.

Yo me senté en aquella cama y el hombre tomó una foto de dos mujeres: el amor de su vida y una extraña con una mancha de cacao en la camisa.

Después salí de aquella habitación y respiré con alivio el aire espeso de los cincuenta grados del exterior. El hombre se equivocó: lo que me llevaba de esa habitación valía más que cualquier expectativa con la que había entrado.

"Me pareció estúpido pensar en el amor como una debilidad cuando, probablemente, en la vida de aquel hombre al que había conocido dos años antes, el amor había sido la justificación de todo"

No pasó mucho tiempo hasta la muerte de aquella mujer. El hombre murió poco antes del ataque indio contra Bahawalpur, en el que fallecieron varios familiares de Masood Azhar, líder de JeM. Vivían a pocos metros de la casa de mi familia política. No hace mucho, un general del ejército pakistaní me preguntó qué impresión me había causado aquel hombre de JeM. Yo le dije que era un hombre enamorado. Él respondió que era terrible trabajar con mujeres blancas porque todo lo volvemos cursi.

Me pareció estúpido pensar en el amor como una debilidad cuando, probablemente, en la vida de aquel hombre al que había conocido dos años antes, el amor había sido la justificación de todo, incluidos los crímenes y los ataques terroristas que él mismo absolvía en sus propias tripas.

No dije nada. Pero escribí en los márgenes de mi cuaderno de campo: El general S no sabe que el amor es la peor y la mejor de las fuerzas.

"De eso va este Mapa de los lugares donde caemos: de los márgenes, de la periferia, del sudor y de las babas, del amor que subyace a los datos que luego llamamos estadísticas"

Fue el mismo general quien, un atardecer, después del cierre de fronteras entre India y Pakistán, pegó un frenazo y me urgió a mirar a la izquierda porque se veía la luna, enorme y amarilla, surgiendo del horizonte. Él siguió conduciendo y yo fijé la mirada en ese punto de luz hasta darme cuenta de que no era la luna, sino el rótulo lejano de una tienda.

Pero no dije nada.

Aquel día escribí en mi cuaderno de campo varias historias de abusos en la frontera. En los márgenes anoté que el general estaba hambriento de belleza y necesitaba creer en lunas llenas incluso cuando era tiempo de menguar.

Y eso es la vida. Y de eso va este Mapa de los lugares donde caemos: de los márgenes, de la periferia, del sudor y de las babas, del amor que subyace a los datos que luego llamamos estadísticas.

El making of de este libro es mi cansancio y mi desaliño buscando la belleza; son las notas de los detalles que no caben en un artículo científico y que, sin embargo, pesan lo mismo.

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Autora: María Ferreira. Título: Un mapa de los lugares donde caemos: Diario de campo. Editorial: Viajes al Pasado. Venta: Todos tus libros.

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