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La vida resuelta         

La vida resuelta         

Cuando publiqué Hotel Vivir pensé que había escrito el libro de mi vida. Y disculpen la modestia. Pero no hablo del mejor, sino del poemario en el que creía haber expresado todo lo que aún me quedaba por decir. Temas, querencias, hechos, delirios y conflictos que pueden acaecer en la vida de alguien: padres, hijas, amor, amar, la vocación, el paso del tiempo, la enfermedad, las despedidas, los errores, los viajes, las pasiones, incurables o no… La condición humana reflejada en el sinfín de trenes que cogí, perdí, dejé pasar, partieron, descarrilaron o llegaron a algún destino conmigo.

Convencido por tanto de que todos los versos que llegaran en el futuro serían meros epílogos, decidí convertir Hotel Vivir en un libro abierto al que, en sucesivas ediciones, en caso de existir, añadiría poemas sueltos, leves testimonios de lo nuevo acontecido. Luego me vine arriba, como se dice ahora, y le otorgué identidad propia a la nueva criatura, titulándola La vida resuelta. O sea, la misma idea, con distinto título. Y que cada uno lo interprete a su antojo: Vida fácil, desahogada, tranquila, con la suerte ya echada, concluida… Vida resuelta, en definitiva.

"Los nombres son presagio, como decían los romanos, y la verdad es que no debí nunca haber provocado a los dioses del nombrar con título tan incauto"

Pero Nomina est omina, los nombres son presagio, como decían los romanos, y la verdad es que no debí nunca haber provocado a los dioses del nombrar con título tan incauto, porque a partir de su alumbramiento, y en sucesivas oleadas, empezaron a ocurrir toda clase de accidentes en mi vida, en la de quienes me rodean, e incluso en la sociedad al completo, alterada por donde menos pudo imaginarlo nunca. Una suma de pesares, sustos, infortunios, plagas, agujeros negros que desmentían el título elegido, producto sin duda de una mente ingenua, en el mejor de los casos, capaz de olvidar —y ya tenía bagaje a esas alturas para haberlo sabido— que la vida siempre se supera a sí misma en su capacidad de poner las cosas en su sitio, ya sea para sorprendernos con alguna satisfacción, ya sea con más frecuencia para helarnos la sonrisa.

Incapaz de recordar, en resumen, que lejos de estar resuelto, El mundo es ancho y ajeno, como dijo Ciro Alegría en un título, este sí, sabio, pensado, imprescindible. Filosofía en apenas seis palabras, tres tan sólo si nos quedamos con esa piedra preciosa, ancho y ajeno, para cuya extracción necesitó el escritor peruano un tiempo suplementario tras concluir su novela. O eso cuenta al menos la leyenda que aún circula por Lima, y que cada crónica evoca a su manera, pero coincidiendo todas en que durante los cuatro meses que tardó en escribirla, y para que pudiera dedicarse a ello en cuerpo y alma, fue becado y mantenido por su grupo de amigos de siempre, profesionales de mediana fortuna. Una dádiva generosa, cuya buena fe fue sorprendida cuando al cabo del tiempo acordado, y tras leer y celebrar el manuscrito, el astuto o bendito indigente llamado Ciro Alegría les comunicó que necesitaba el mismo plazo para encontrar un buen título.

"Pero nadie puede tirar la primera piedra en eso de los títulos bien o mal elegidos, incluso en los azares que pueden cambiar a última hora la historia, la suerte, la mitología de un libro"

Genio y figura de quien ya había advertido que “cada escritor tiene sus propias exigencias espirituales, y una de las mías es encontrar el título adecuado para mis libros”. Exigencia espiritual… Ahí queda eso para la antología de alabanzas del buen nombrar. Y suerte tuvieron además sus amigos mecenas, ya que don Ciro fue equilibrado en su petición, otorgándole el mismo peso a la escritura de su novela que al hallazgo de un título. Lo digo recordando el consejo que Jay Conrad, autor del aclamado Marketing de guerrilla, daba siempre a los autores de cualquier tipo de obra, advirtiéndoles que “de cada diez horas que se empleen en crear algo, nueve deben dedicarse a buscarle a ese algo un buen título”.

Titular, en todo caso, nunca fue tarea fácil. Somos además gente de palabra, y no admitimos siquiera como posibilidad la sencilla opción de los pintores describiendo tal cual en el título lo que ya se ve en el cuadroCesto con naranjas, Triángulo rojo sobre fondo azul—, o numerando la serie, o utilizado ese tan frecuente y socorrido Sin título que tan bien les viene para evitar el apuro, el esfuerzo, la tortura. Recuerdo incluso a un buen amigo escritor señalándome con envidia en un museo la cartela a un lado del cuadro y diciéndome “hala, Sin título, y tema resuelto”.

Pero nadie puede tirar la primera piedra en eso de los títulos bien o mal elegidos, incluso en los azares que pueden cambiar a última hora la historia, la suerte, la mitología de un libro. Cien años de soledad iba a llamarse La casa. La palabra y el lugar son medulares a lo largo de toda la novela, pero el día que García Márquez cambió el nombre para que no se pareciera al que ya había utilizado un amigo suyo, cambió también el destino de su obra. La novela era la misma, pero ya no sería nunca la misma. Ni la misma magia, ni el mismo vuelo. Como ocurrió con aquel inolvidable libro de relatos llamado, por consejo de su editor, De qué hablamos cuando hablamos de amor, sustituyendo el anterior Los principiantes con que Raymond Carver había entregado al parecer su manuscrito.

"Si además del contenido de la obra su título también es bueno, mucho mejor irán desde el principio las cosas y la fama de ese libro"

Aun así, erre que erre, hay quienes se empeñan en sostener que cuando una obra es buena, da igual un título que otro, su valía será reconocida finalmente. Hace tiempo que dejé de pelearme por ello, pero en lo que creo coincidiremos todos es en que si, además del contenido de la obra, su título también es bueno, mucho mejor irán desde el principio las cosas y la fama de ese libro, incluso entre los que no lo lean, como demuestra las veces que la gente cita o cree haber leído de joven La isla del tesoro, de mi amado Stevenson, y la escasa fortuna que hubiera tenido su novela en el imaginario colectivo si hubiera acabado llamándose El marino cocinero.

Erre que erre, sin embargo, no tenemos remedio…

Hace unos días me invitaron a dar un recital en un centro cultural castellano, sugiriéndome hacer un recorrido por mi obra, y hace unas horas, mientras comenzaba a escribir este artículo, me han pedido por sorpresa y con urgencia un título para anunciarlo ya en la programación. He meditado un segundo, y al final, no sé por qué, he soltado sin pensármelo dos veces La vida resuelta.

Ya tendré tiempo, pensé sobre la marcha, de explicar in situ su ironía, su desvarío, su maldición. Las cosas asimismo que aún nos quedan por vivir, por llegar, por llagar, por sentir, por amar y ser amados. Al fin y al cabo, Abismos y bellezas hubiera podido ser también un buen título.

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