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Las sucias sábanas del Savoy

Las sucias sábanas del Savoy

«Estoy muriendo como he vivido», exclamó alzando la copa, «por encima de mis posibilidades». Fueron sus últimas palabras, en una pequeña pero elegante habitación de hotel en París. Dejaba una factura abultada sin pagar. Durante su estancia en el Hôtel dAlsace había dado cuenta de no pocas botellas de Courvoisier, un brandi de los caros. En las cafeterías de la zona le pegaba a la absenta. Alcoholizado. Arruinado. Obeso hasta el punto de que le costaba incorporarse en la cama. Se incorporó para recibir al sacerdote que, en los momentos postreros, consumó su conversión al catolicismo. Así entregó su alma a Dios el huésped que se registró con el nombre de Sebastian Melmoth, un expresidiario británico que se llamaba en realidad Oscar Wilde. El Hôtel dAlsace se llama actualmente L’Hôtel a secas; el minimalismo del nombre contrasta con la opulencia del lugar, convertido en hotel de cinco estrellas.

Uno de los personajes de El abanico de Lady Windermere expresa con atinada elocuencia el dilema básico en la vida del autor inglés: «Hay momentos en los que hay que elegir entre vivir la propia vida, plena y entera, o arrastrarse en la existencia falsa, superficial y degradante que exige el mundo, en su hipocresía». Wilde eligió vivir su propia vida, plena y entera, lo que implicaba en su caso entregarse al «amor uraniano», como poéticamente gustaba de referirse a las relaciones entre hombres. Y lo que para él significó, en particular, entregarse a la pasión amorosa con Alfred Douglas, un muchachito de buena cuna. No se trataba de una elección sin riesgo, pues la homosexualidad era delito en la Gran Bretaña victoriana. Y Alfred un egoísta altanero. A la postre, la elección acabó conduciéndolo a uno de los juicios más sonados en la historia del país y a dos años de trabajos forzados en prisión, que acabaron con su reputación, su patrimonio y su salud.

"Si el Savoy de Nueva York es el hotel de José Luis Alvite, el de Londres es el hotel de las sucias sábanas de Wilde"

En el juicio hubo de vivir momentos tan denigrantes como el testimonio de la camarera de habitaciones del Savoy que refirió que, tras un encuentro con Douglas y un adolescente, las sábanas quedaron sucias de «vaselina, excrementos y semen». Si el Savoy de Nueva York es el hotel de José Luis Alvite, el de Londres es el hotel de las sucias sábanas de Wilde.

Wilde había ocupado una celda en la prisión de Reading, una pequeña ciudad en el valle del Támesis. La prisión había sido diseñada siguiendo el “sistema separado”, que buscaba que los presidiarios gozaran de soledad y silencio durante la mayor parte posible del día, para que pudieran acometer una profunda reflexión sobre los hechos que allí los condujeron. A fe que Wilde lo hizo, redactando durante su estancia un texto desgarrador y bello, De profundis.

En De profundis, Wilde se hace cargo de sus culpas, sin pretextos banales, sin evasivas timoratas. Se duele de la injusticia de su condena, de la injusticia del sistema social y judicial, pero no elude la responsabilidad individual: solo a él corresponde la culpa por haber mancillado el ilustre nombre de su familia, liquidado un matrimonio con una bondadosa mujer, malbaratado su hacienda.

"En sus últimos días de vida, Wilde perdió la visión. Los amigos le leían versos. Muchos años después, un fervoroso admirador argentino, también escritor y también ciego, visitaría L’Hôtel"

Dos obsesiones lo movieron en su vida. Por un lado, un esteticismo vitalista; hallar la perfecta imbricación entre vida y arte: insuflar vida a las obras de arte, hacer una obra de arte de la propia vida. Por otro lado, un hedonismo más o menos refinado, según la oportunidad. «Yo llenaba mi vida de placer hasta el borde, como se llena hasta el borde una copa de vino», afirma en De profundis.

Hay un elemento rabiosamente moderno en De profundis, y es el rechazo de esa idea tontorrona, tan replicada hoy en libros de autoayuda e impulsada desde las redes sociales, de que la jovialidad constituye un imperativo existencial. Cuenta Wilde cómo en su vida había evitado siempre el dolor y la tristeza, tratándolos como «modos de imperfección. No eran parte de mi esquema de vida. No tenían lugar en mi filosofía». Admiraba ahora del dolor la manera en que el individuo se afonda con todo su ser, como cuando nos perdemos, ojos en blanco, en la escucha de una pieza de música. El dolor y la música como los dos elementos que reclaman atención integral, que se apropian de nuestro espíritu todo. Esa fue la gran lección de Reading: así como la música es la más etérea y conseguida de las artes, es la pena la más noble de las emociones.

En sus últimos días de vida, Wilde perdió la visión. Los amigos le leían versos. Muchos años después, un fervoroso admirador argentino, también escritor y también ciego, visitaría L’Hôtel. Existe una foto de él, solemne, en el centro de una suerte de estrella dibujada en las baldosas del vestíbulo. Manifestó que le gustaría morir allí, en el hotel donde lo había hecho su reverenciado inglés. Sobre perversiones no hay nada escrito.

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