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La Viena deseada

Hace un par de semanas dediqué mi artículo a imaginar qué personaje histórico me hubiera gustado haber conocido. Escogí a Galileo Galilei y terminé mi artículo comprometiéndome a que pronto abordaría la cuestión de en qué época y lugar me hubiera gustado vivir. Cumplo ahora aquí con ese compromiso.

Candidatos imaginables no faltan. En 2008 se publicó un libro, I Wish I’d Been There (Desearía haber estado allí; 2008), en el que veinte historiadores eligieron los momentos cruciales que les habría gustado presenciar. Acompañar a Alejandro Magno en su lecho de muerte; o al mariscal de campo Sir Bernard Montgomery el 3 y 4 de mayo de 1945, cuando recibió la rendición de los ejércitos alemanes de Europa del Norte en Lüneburger Heide (en español, Brezal de Luneburgo); cruzar con Aníbal los Alpes; o participar en el consejo de guerra que se celebró en el buque insignia de la Armada española, San Martín de Portugal, el 9 de agosto de 1588, el día siguiente de que la flota hispana sufriera una dura derrota, son algunas de las elecciones que se encuentran en este libro.

"Puestos a elegir prefiero no un acontecimiento aislado, sino una época y un lugar. Y éstos para mí serían la Viena de finales del siglo XIX y tres primeras décadas del XX"

Me imagino que mi buen amigo Arturo Pérez-Reverte habría deseado estar en la última que he mencionado, pero quien firmó ese artículo-deseo fue el gran hispanista Geoffrey Parker; supongo que tampoco le habría disgustado a Arturo acompañar al príncipe de Gales en la visita que efectuó de incógnito a Madrid a mediados de marzo de 1623 —si no recuerdo mal, en una de sus novelas de la serie Alatriste utiliza aquella visita—, pero en este caso fue otro eminente hispanista, John Elliott, quien imaginó la ocasión. Por cierto, solo dos de esos veinte historiadores eligieron un acontecimiento perteneciente a la historia de la ciencia, con Isaac Newton y varios científicos asociados a la observación del cosmos como protagonistas.

Si yo pensase en acontecimientos singulares, momentos específicos de la historia de la ciencia, se me ocurren algunos para escoger. Pero puestos a elegir prefiero no un acontecimiento aislado, sino una época y un lugar. Y éstos para mí serían la Viena de finales del siglo XIX y tres primeras décadas del XX, antes de que el 12 de marzo de 1938 se produjera la Anschluss —muy bien recibida por muchos austríacos—, la anexión de Austria por la Alemania de Hitler. Viena, la ciudad en la que enseñaron físicos (y en parte filósofos) como Ernst Mach y Ludwig Boltzmann, éste último además vienés de nacimiento, lo mismo que Erwin Schrödinger, el creador de la mecánica cuántica ondulatoria, y Lise Meitner, a quien una injusta Academia Sueca de Ciencias privó de compartir el Premio Nobel de Física con Otto Hahn por el descubrimiento de la fisión del uranio.

La Viena donde vivieron (y algunos nacieron) luminarias como el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud; los pintores Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka; los filósofos Ludwig Wittgenstein —genial, atormentado e insufrible— y Karl Popper; los músicos Gustav Mahler y Arnold Schönberg; y economistas de la talla de Ludwig von Mises, Karl Menger y Oskar Morgenstern, a quien (ya instalado por entonces, al igual que sucedió con otros inolvidables vieneses, en Estados Unidos) me gusta recordar como el coautor de un libro fundamental para la matemática y la economía junto a un gigante de la ciencia, John von Neumann, Theory of Games and Economic Behavior (1944). Y también está, ¿cómo olvidarlo?, Stefan Zweig, quien en su maravilloso libro El mundo de ayer (Acantilado) recordó que “me crie en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional […]. En ninguna otra ciudad europea el afán de cultura fue tan apasionado como en Viena”.

"Para las personas de mi generación leer los libros de Freud constituyó una experiencia inolvidable, creo que difícil de entender para los jóvenes de hoy"

Viena, la ciudad donde un grupo de filósofos pretendieron renovar la filosofía, hacerla “científica”. De aquel grupo, denominado Círculo de Viena, encabezado por Moritz Schlick (asesinado el 22 de junio de 1936 cuando entraba en la universidad, por un perturbado antiguo alumno al que los nazis exoneraron después), formaron parte, entre otros, Rudolf Carnap, Otto Neurath, Kurt Gödel, uno de los lógicos-matemáticos más importantes de la historia, Philipp Frank y también el citado Karl Menger. Atraídos por aquel Círculo llegaban a Viena filósofos extranjeros cuyos nombres figuran con letras mayúsculas en la historia de la filosofía del siglo XX: Willard van Orman Quine, Alfred Tarski, Frank Ramsey o Alfred Ayer.

Solo he estado una vez en Viena. Visité, por supuesto, lugares emblemáticos como el Pabellón de la Secesión, que alberga el “Friso de Beethoven” de Klimt; el Palacio Belvedere, del que recuerdo sobre todo algunos cuadros de Klimt (uno de los cuales años más tarde abandonó aquel lugar al ser devuelto a su legítima propietaria, despojada su familia de él durante la “era nazi”); el Museo Leopold, dominado por la obra de Schiele; y su majestuosa Ópera Estatal. Y recorrí en tranvía la famosa Ringstrasse con sus suntuosas casas. Sin embargo, lo que más deseaba ver era la casa en que vivió y ejerció como psiquiatra Sigmund Freud. Situada en Berggasse, 19, en ella quedaban pocas pertenencias de Freud (he leído que ahora está siendo reformada). Nada comparable a los museos que acabo de mencionar, pero para las personas de mi generación leer los libros de Freud constituyó una experiencia inolvidable, creo que difícil de entender para los jóvenes de hoy. Tengo cerca de mí los tres tomos de sus Obras completas que la editorial Biblioteca Nueva publicó en 1967 (los compré muchos años después; por entonces no me los podía permitir, teniéndome que conformar con las ediciones de bolsillo de Alianza Editorial). Albergo el deseo, acaso vana esperanza, de volver algún día a su lectura, con tranquilidad, casi como una despedida…

Pero una cosa me faltó de aquella visita. Y no me lo perdono. Visitar la tumba de Boltzmann en el gigantesco cementerio vienés, el Zentralfriedhof. Incluye ésta un monolito en el que está inscrita la expresión de la ley de la entropía, S, de la que fue creador: S=k·logW, donde k es una constante (denominada “de Boltzmann”), log denota “logaritmo”, y W una medida de probabilidad. Esa expresión sí que es un monumento imperecedero, más que los huesos a los que da sombra. Y al referirse a la entropía nos habla del futuro del Universo y de cómo este decaerá. Al igual que lo hacemos todos.

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Artículo publicado en El Cultural.

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