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L’amour, la mère: la mer, la mort

L’amour, la mère: la mer, la mort

Una de las versiones más populares de la historia del rey Arturo es la que John Steinbeck empezó a escribir entre 1956 y 1959, Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, y dejó inconclusa. Steinbeck había conocido la obra original en la edición ilustrada de Caxton, cuando aún iba al colegio y los libros eran “demonios impresos” que le hacían pensar en las pinzas y las espulgueras de las torturas inquisitoriales. Fue la obra de Thomas Malory —con su “anticuada ortografía” y sus “palabras en desuso”— lo que hizo arraigar en él “la apetencia del Grial”, y le franqueó la entrada ya sin vuelta atrás a la comunidad de los lectores apasionados. Tras su luminoso encuentro con Malory se internó en los vellum originales: el Libro negro de Carmarthen, los cuentos del Mabinogion del Libro rojo de Hergest, el De Excidio et Conquestu Britanniae del clérigo Gildas y la obra de Gerald de Gales (es de suponer que se exaltaría con el pasaje en el que Gerald describe el hallazgo de la tumba de Arturo en Glastonbury y la inscripción sobre su lápida: “Aquí en la Isla de Avalón yace enterrado el célebre rey Arturo, con Ginebra, su segunda esposa”). Más tarde, pensando en los lectores —jóvenes y no tan jóvenes— que podían sentirse disuadidos por la expresión rupestre del arcaísmo, se decidió a “verter a la lengua moderna las viejas palabras y los solemnes ritmos de Malory”, pero —precisión importante— “no a reescribir a Malory”. Esto es una verdad a medias; pues lo cierto es que Steinbeck introduce algunas pinceladas propias —como la bella descripción que hace de la “encantadora y jadeante doncella”, con sus rabietas y travesuras de niña (picar al caballo en pleno galope para que se encabrite, por ejemplo), que acompaña a Gawain en su búsqueda de aventuras— y porque algunos personajes desbordan los márgenes de la personalidad originalmente trazada por Malory, como es el caso del propio Gawain, o el de Lyne, que es casi una completa invención de Steinbeck a partir de una mujer descrita en tres líneas y sin nombre en la Morte dArthur. Esta nueva aproximación a la obra de Malory (la reelaboración, y no sólo la traducción) se debió a un cambio de parecer durante el desarrollo de su escritura: más que una actualización al inglés moderno del inglés medieval —un trabajo que parecía sencillo ante la edición de Caxton, pero que demostró su complejidad cuando Steinbeck pudo enfrentarse a la edición realizada a partir del manuscrito descubierto, sólo tres décadas antes, en la biblioteca del Winchester College: mucho más largo, y lingüísticamente mucho más enrevesado— la versión de Steinbeck iba a ser una reflexión mesurada, un prolijo y penetrante “replanteamiento del mito”. En julio de 1958 escribía al editor Chase Horton acerca de “los cientos de libros que he comprado, tomado en préstamo o consultado, los manuscritos microfilmados no disponibles para su estudio, la incesante correspondencia con eruditos en la materia, y por fin los dos viajes a Inglaterra y el viaje a Italia” que habían sido precisos sólo para poner un pie, todavía débil y titubeante, dentro del vasto universo de Malory. En abril de 1959 ya había llegado al extremo de aprender a fabricar hachas medievales. Mientras construía una cocinita con aquella herramienta que le permitía hacer en el roble “incisiones muy precisas”, se volvió seguramente tan briton como mongol se volvió Canetti durante su lectura de la Historia secreta de los mongoles —lo que Canetti dijo de su pasión por este libro fue: “Ni de día ni de noche desde que me volví mongol pienso en otra cosa”—, y acortó las distancias con una prosa que le hizo redescubrir la belleza del arcaísmo y de las formas intrincadas perdida para los autores de su generación, él incluido: “Quiero olvidarme de cómo escribir y aprender a hacerlo de nuevo”, dijo con humildad a Horton, “desarrollando la escritura a partir de estos materiales. Y pienso ser muy vehemente al respecto.” Pero aquel replanteamiento de la saga de Malory no sólo quedó inacabado: también las páginas escritas (una décima parte del plan original) estaban aún sin corregir a la muerte de Steinbeck.

He querido traer aquí el ejemplo de Steinbeck porque su labor demuestra que aquella remota pasión infantil no fue algo pasajero; como les ocurre a quienes se adentran en las aventuras de Arturo y sus caballeros, fue un amor que duró una vida entera. Amor con ribetes de obsesión, que extenuó sus fuerzas al cabo de tres años, y que dejó en la orilla a un escritor repelido por “la forma intrincada” (el lector, por supuesto, siguió dando felices brazadas, apegado al reciente Winchester en la edición en tres tomos realizada por Eugène Vinaver, y a los viejos vellum). Pero mi propósito era contrastarlo a un ejemplo distinto de dedicación, que no tiene que ver con la lucha librada en la fatigosa superficie de la forma sino con la que acontece en un ámbito más profundo, allí donde Lévi-Strauss veía articularse “una particular expresión del bricolaje”: la conciencia creadora de mitos.

"En Munich descubrió aquella fulgurante corriente mezclada de fuentes persas, babilonias, árabes e hindúes, que contaba una historia muy distinta"

Hasta los hermanos Schlegel —Friedrich, primer traductor directo del sánscrito al alemán, y August Wilhelm, primer profesor alemán de sánscrito—, los mitos vivían entre nosotros como los metros en la fuente de la ninfa Telfusa antes de verse violentada por la cólera de Apolo: en un estado líquido, fluyente, donde todo participaba de la mezcla. Su manifestación era la de unas engañosas imágenes fijas, que sólo mostraban su naturaleza heterogénea cuando se las sometía al encuentro con sus propios reflejos, en las aguas siempre inquietas de los orígenes. Allí, la palidez del Adonis de Bión tenía diversos tonos de bronce —¿el de la Chipre que no llegó a nombrar, por un error, Higino, el de la Asiria de Apolodoro et al.?—, Jasón padeció diversas muertes (y diversos desencuentros con Medea) y los mismos dioses provenían de muchos lugares. La parte de Guermantes del romanticismo alemán —los filósofos de botines rojos: primero los Schlegel, después Franz Bopp, después Max Müller— se rinde a la tentación del superancestro común y formula nuevas ramas de estudio, entre ellas la filología y etnología comparadas, con su catalogación de culturas y tipos étnicos (algo que entonces no presentaba la temible resonancia de sólo un siglo después: ni Friedrich Schlegel, casado con una judía, podía imaginar sus consecuencias). Entre discrepancias personales y terminológicas, como la forma en que debía traducirse la palabra “yoga” —que para el francés Langlois sólo cabía traducir por la francesa devotion—, los orígenes de los mitos seguían, mientras tanto, disueltos en la mezcla, más allá de su condición europea de “injertos orientales”. Hay todavía un camino más o menos escarpado hasta llegar, siguiendo la senda de los botines rojos, a Frazer y Jung, que fijan —en particular Jung— los mitos en constante movimiento presentando ante ellos el espejo de la conciencia. Y un camino algo más largo hasta llegar a Joseph Campbell, nombre ineludible para entender la densa relación de amistad entre conciencia y mito, y cuyo esfuerzo por descifrar el lenguaje de correspondencias que unían a las más remotas comunidades humanas comenzó, de todos los lugares, en los poemas artúricos.

Joseph Campbell.

Joseph Campbell

Fue precisamente su contacto con la crítica orientalista durante los dos años que pasó en Múnich (1927-1928) lo que llevó a Campbell, concluida su tesina sobre un importante pasaje de la Morte dArthur, a mirar por primera vez hacia el Oriente. Hasta entonces había interpretado las leyendas artúricas como fábulas reelaboradas a partir de viejas narraciones, circunscritas a los mitos fundacionales de los pueblos celtas (irlandeses, bretones y galeses). Pero en Múnich descubrió aquella fulgurante corriente mezclada de fuentes persas, babilonias, árabes e hindúes, que contaba una historia muy distinta. El “descubrimiento de lo alemán”, a través principalmente de Goethe, de Thomas Mann y de Jung, cuando aún entendía la mitología “como cualquier otro especialista occidental”, se le presentaba como “un verdadero acontecimiento”, que le hizo advertir “la dimensión mítica de aquellas disciplinas, tan alejada del circo académico”. Ese descubrimiento cristalizó en una idea fundamental, concebida durante un viaje por Grecia y Constantinopla entre el otoño de 1928 y la primavera de 1929 —acompañado por una maleta de libros-guía— que se extenderá por toda su obra posterior: los mitos artúricos constituían “la primera mitología secular de la historia”, afirmación que entrañaba una apodíctica de clave junguiana: los mitos no debían interpretarse literalmente, “sino como metáforas de las etapas naturales del crecimiento y el desarrollo espiritual; símbolos, podía decirse, del proceso de individuación”. Esta interpretación no literal del mito es el pájaro de múltiples colores que aletea en cada una de sus obras seminales, en especial El héroe de las mil caras y Las máscaras de Dios; también, naturalmente, lo hace en este conjunto de charlas, artículos y notas para sus clases recogidos y editados por Evans Lansing Smith (discípulo, más que alumno, de Campbell) bajo el título de La historia del Grial.

"Como el Grial, el amor así encontrado es inspiración y es alimento; es adúltero, y por lo tanto es puro, y permite llegar a ser lo que uno está destinado a ser y más de lo que sería por sí solo"

La historia del Grial es un detallado acercamiento a las obras capitales que constituyen el ciclo del “vaso resplandeciente”, descrito por primera vez en Le conte du Graal de Chrétien de Troyes y reelaborado después por Robert de Boron en Le roman du Saint-Graal. Detallado hasta el extremo de adentrarse en la más remota periferia: la India, Japón, China, Zimbabue. Recorre con particular énfasis el Parzival de Wolfram von Eschenbach y el inacabado Tristán e Isolda de Gottfried von Strassburg, que antes habían cantado Tomás de Inglaterra y bardos, trovadores y Minnesänger de toda condición. Pero La historia del Grial es, sobre todo, el relato de un despertar. Ese “maravilloso siglo que va desde 1150 hasta 1250”, durante el cual, nos recuerda Campbell, se construyen las grandes catedrales, es también el período en el que son escritos los relatos artúricos, obras de un “vocabulario cristiano” —es decir, oriental— en las que sin embargo se inmiscuye, como una presencia parasitaria y multiforme, “una forma de consciencia completamente europea”, consciencia que tras las batallas de Maratón y Platea se manifiesta en lo que, por un lado, es un intenso reconocimiento autóctono —el griego que admira a los egipcios no deja de ver en ellos una cara más del amplio crisol de Oriente, mientras, al mismo tiempo, se ve a sí mismo como un nuevo individuo, emancipado de la amenaza asiática—, y por otro un sistema de creencias “perfectamente válidas” que más tarde se hallarán sometidas al punto de vista cristiano, “completamente extraño” a ellas. Este más tarde se articula alrededor del siglo IV, cuando Roma convierte el cristianismo en la religión oficial del Estado. A partir de aquí, la herencia del pecado de Adán, compartida con toda la comunidad de los vivos y sumada a una idea de salvación colectiva, debe ser asimilada por una mentalidad formada en el culto neolítico a la Gran Diosa, que, en su larga travesía a través de diferentes expresiones de lo que llamamos mítico, entiende el proceso de individuación como una ardua labor en soledad, miles de años anterior, además, a su parasitación por todo ese prolijo Oriente que se arremolina en la sangre de Cristo, y que desata una cruenta guerra, hasta cierto punto todavía en liza: al dios solar, encarnado por Jesús (que es Adonis, pero también es Apolo, y su hijo Asclepio), no le es posible prevalecer en los territorios anteriormente conquistados por la diosa Blanca si antes no la conquista a ella. Es a lo largo de este intenso conflicto como aparece una fuerza intermedia que seduce a la “consciencia europea”, simbolizada en el Grial. Se trata de aquello que, siguiendo las huellas de la literatura trovadoresca, fue conocido como «amor», palabra que hoy se ha perdido en la promiscuidad de los significados, pero en cuya expresión más profunda coinciden “la sexualidad del eros y el servicio comunal de agapē”: la entrega delirante iluminada por la luna y la que, extensible al mundo entero, abarca a un prójimo indiscriminado. Entre una pasión y otra está, pues, esa clase extraordinaria de amor que se elige, y que encuentra en la imagen “el ídolo de la devoción individual”. Como el Grial, el amor así encontrado es inspiración y es alimento; es adúltero, y por lo tanto es puro —adúltero porque adultera la norma, porque no es impersonal ni conveniente—; y permite “llegar a ser lo que uno está destinado a ser y más de lo que sería por sí solo”.

Una historia de este amor es la que narran, por debajo del manto de los símbolos, todas las historias del Grial, las historias de los caballeros puros que aspiran a librar al mundo del infortunio de ser una tierra baldía; pero es una historia que, de otro modo, fue contada por un gramático, nacido en Siracusa, hace muchos siglos: “A Europa envió Cipris un día dulce sueño. Fue cuando empieza la tercera parte de la noche, cercana ya la aurora, cuando el sopor se asienta en los párpados más dulces que la miel, relaja los miembros y liga los ojos con blanda atadura, la hora en que anda errante la turba de los sueños verdaderos”. Como Frazer en La rama dorada, como Graves en sus estudios grecolatinos y hebreos, como Eliade, Weinberger y Harpur, Campbell le habla al lector con una cercanía que hace sentir que ambos ocupan una pequeña habitación llena de libros, iluminada por una lámpara de gas y una ventana en la que se emborronan las farolas de una calle ahora mojada, y los dos se han sentado ya con la copa de oporto, los cigarrillos recién encendidos, y, junto a la alfombra o la moqueta inglesa, tienen un montón de leños ardiendo en la chimenea. Su voz se remonta entonces a esa Europa, todavía dividida en dos, que recuerda a la cantada por el gramático Mosco, la de anchas mejillas que se soñó doncella, aún intocada y profundamente ignorante de quién era: “Hija de Fénix, dormía en las habitaciones superiores. Creyó ver entonces que dos continentes luchaban por ella, Asia y el de enfrente, y que tenían forma de mujer. Era extranjera de aspecto una de ellas; la otra, en cambio, parecía nativa del país, y se abrazaba fuertemente a la muchacha como suya, diciendo que ella la había traído al mundo y que la había criado. Pero la otra le hacía fuerza con poderosas manos y procuraba llevársela sin que ella se opusiera.” La Europa con la que empieza la quest intelectual de Campbell tras el Grial no es la que aún puede ser devorada por Asia, pero también se ve como centro de disputas, tironeada por dos Europas: la Europa de Grecia y Roma y la Europa de los celtas y los germanos, hecha ya de “ciudadanos del Estado”, en los que pesa “una mentalidad propiamente europea”. “Llena de miedo, saltó del guarnecido lecho la doncella con el corazón palpitante, pues había visto el sueño tan claro como si fuera realidad. Durante mucho tiempo estuvo sentada silenciosa, y en sus ojos abiertos permanecían las dos mujeres todavía. Luego alzó su voz amedrentada: ¿Qué dios me habrá enviado tales visiones? ¿Qué sueños son éstos que han venido a turbarme sobre el guarnecido lecho, cuando tan dulcemente reposaba en mi alcoba? ¿Quién era la extranjera que vi mientras dormía?”. La extranjera no era otra que ella misma, la princesa fenicia que iba a dar cumplimiento al sueño enviado por Cipris. Bronceada de soles orientales, con brazaletes asirios y unas gráciles pulseras en los tobillos, había despertado el deseo de Zeus, que cruzó el “mar de lapislázuli” con ella sobre el lomo hasta una nueva tierra. Surgió Creta a la vista, recuperó Zeus otra vez su aspecto, desató el cinturón de Europa, y las Horas prepararon su lecho. Realmente fue Europa desatada, en ese desbordarse más allá de sí misma por toda una tierra que era a la vez antigua y virgen. Jadeando en brazos de Zeus, soñaba ya todo aquello a lo que aún no podía dar nombre: catedrales, palacios, aviones y vías férreas, óperas. Volcado quedaba, mientras tanto, su canastillo de oro sobre desconocidas flores, que hasta las costas más remotas hacía derramar, como un chorro de sombra o de sangre futura, su larga memoria iluminada de fantasías orientales.

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Autor: Joseph Campbell. Traductor: Jacobo Siruela. Título: La historia del Grial. Editorial: Atalanta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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