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Las dos Marías o Las dos en punto (Maruxa 1898-1980; Coralia 1914-1983), de Dimas Prychyslyy

Las dos Marías o Las dos en punto (Maruxa 1898-1980; Coralia 1914-1983), de Dimas Prychyslyy

Ilustraciones: Salvador Jiménez Donaire.

Con la frente marchita no es solo un libro de relatos: es un recorrido inusual por la historia de los cuerpos. Es una memoria personal y colectiva que reivindica la belleza de lo olvidado y lo inútil, un retrato de siete mujeres que sufrieron la incomprensión, el rechazo y el desprecio.

Aunque las protagonistas tienen nombres que nos resultan familiares (Lolita Pluma, las dos Marías, la Junquera, Carmen de Mairena, Rosario Miranda y Mónica del Raval), en realidad es poco lo que conocemos sobre ellas. Dimas Prychyslyy nos va revelando con una prosa delicada y feroz tanto sus dramas cotidianos como el lado amargo de la libertad que siempre gozaron. Una obra que, siguiendo las enseñanzas de Jean Genet, demuestra que la sordidez puede convertirse en signo de grandeza.

Zenda adelanta el relato Las dos Marías o Las dos en punto (Maruxa 1898-1980; Coralia 1914-1983).

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La historia de las hermanas Fandiño Ricart es, sin lugar a duda, una de las más complejas. Naturales de Santiago de Compostela e hijas la costurera Consuelo Ricart y el zapatero Antonio Fandiño, Maruxa y Coralia tuvieron once hermanos más, tres de ellos varones. Una de las menores se llamaba Sara y se cuenta que solía salir de paseo con Maruxa y Coralia antes de que falleciera debido a una grave enfermedad. Los hermanos varones Manuel, Alfonso y Antonio tuvieron a lo largo de toda su vida una intensa actividad política relacionada con el anarquismo. Durante la guerra las hermanas sufrieron severas represalias por parte del bando franquista y fueron sometidas a humillaciones, falsos paseíllos, fueron rapadas públicamente en la calle del Espíritu Santo, donde residieron el resto de sus vidas, y se las obligó a cerrar el taller de costura en el que trabajaba gran parte de la familia. Aura Sánchez, cuya obra ofrece el retrato más completo hasta el momento de la vida de las hermanas Fandiño, reflexiona sobre la injusticia social que padecieron Coralia y Maruxa:

Es oportuno recordar que estas dos mujeres padecieron violencia institucional y social. Después de 30 años de sus muertes, aún estamos cultivando el misterio surgido en torno a ellas, sin abordar la temática de fondo que es la violencia contra Maruxa y Coralia, violencia de la que sí se da cuenta, por ejemplo, en el documental Maruxa y Coralia, las hermanas Fandiño, de Rivadulla Corcón. […] El tema de «Las Marías» se abordó por lo que ellas llamaban la atención, pero muy pocas personas que escribieron sobre Maruxa y Coralia llegaron a comprender el fenómeno que, personalmente, catalogaría de violencia institucional de género. Despertaron enorme interés, pero su contexto ha permanecido mal explicado hasta hoy.[1]

(Fragmento del relato “Las dos en punto”)

Los republicanos las llamaban Libertad, Igualdad y Fraternidad; los de la CEDA, Fe, Esperanza y Caridad. En casa, Las Comaritas. Pero después de la muerte de Sara, tan joven, vino el silencio. Solo el monte quieto como un buque de guerra quedó entre el vaivén de los visillos. Silencioso siempre, sin una luz que alumbrase la esperanza de que los hermanos fugitivos siguiesen vivos. A Maruxa le daba igual, pero ella no, Coralia no olvidaba. No olvidaba todos aquellos años viendo cómo las agujas ennegrecían y las polillas iban comiéndose las telas. La madre, triste y mohosa como las repisas de la despensa, seguía aguardando clientes cada vez que llamaban a la puerta, con la esperanza de poder comprar comida a cambio de zurcir algunas prendas. Con dignidad, como antes del 36, susurraba ya sin fuerza. Pero no tardó mucho, aunque estaba sorda como una tapia, en distinguir la llamada del portero, o de las pocas amigas que aún osaban poner un pie en aquella casa, del rápido tambor que anunciaba a la benemérita. Entonces toda la sordera le era poca, tenía que tararear cancioncillas para evitar oír los gritos de sus hijas. Qué temblores le entraban con el crujir de la tela y el metal de las culatas hundiéndose en la blancura de aquellas carnes inocentes. Si solo éramos unas niñas, no paraba de repetirse Coralia, cómo pudieron los hijos de perra…, ¡cómo pudieron! Pero nunca les dijimos nada, se enorgullecía. No se lo dijimos porque apenas sabíamos del paradero de Antonio, Alfonso y Manolo. Para ellas era mejor el ricino y la orina que ver a sus hermanos en peligro. Era mejor que las raparan y las paseasen desnudas por el Pedroso que imaginar a sus hermanos muertos. Si aquellos bestias nos hacían eso, qué no les harían a nuestros hermanos si los atrapaban, solía recordarle a Maruxa, que recitaba su rosario de insultos cada vez que salía el tema.

Después de la muerte del padre, comenzaron a llamarlas las dos en punto. Lo tomaron como una señal: recuperaban el nombre. Con el Obradoiro bañado por las campanadas de la Berenguela comenzaba el desfile. Primero fue casual, como no había comida suficiente se metían en la boca lo primero que encontraban y lo apuraban con algo de caldo o vino y corrían al armario para ponerse sus mejores galas. Pero llegó un momento en el que la ropa estaba hecha jirones y los zurcidos parecían parches sobre lo que habían sido telas de calidad. Maruxa hacía que no cundiese el pánico, que saldrían también de esas. Luego, mientras tapaba los desperfectos con collares y mantones, agarraba a su hermana del brazo y se lanzaban a la calle, que las aguardaba como una fiesta. La única fiesta a la que seguían estando invitadas. La fiesta de las dos de la tarde. Movida por un impulso que Coralia jamás se había logrado explicar, Maruxa decidió combatir el recuerdo de aquellos gritos de «¡calla, trosma; calla, puta!» con un generoso repertorio de piropos que al principio brindaba a todo el mundo y al final quedó para uso exclusivo de marineros guapos y apuestos universitarios. Los vecinos primero las miraban con desaprobación, luego con condescendencia y finalmente con simpatía. Llegaron incluso a seguirlas, corresponderles los piropos o sacarles fotos. Las fotos nunca le gustaron a Coralia, recordaba aquellas palabras de su madre que aseguraba que eran artilugios en los que quedaba atrapada el alma. Menuda broma lo de las fotos. Ella no era creyente pero eso de pasar una eternidad en un marco tampoco era lo ideal. Aunque había algún estudiante al que estaría dispuesta a estar mirando siglos, incluso desde la incomodidad de un marco de plata. Maruxa era más deslenguada, le daba absolutamente igual todo. Decía que ellas no envejecían, que una juventud como la suya se merecía aquella vejez gloriosa. Al café le echo un poco de formol, reía cuando le preguntaban los estudiantes por qué estaban tan jóvenes y guapas. El problema era beberse el formol a palo seco. En esas situaciones, Maruxa se ponía histérica. Podía faltar de todo, hasta la luz de noche o el papel higiénico, pero no el café. Si no había café, se echaba mano del vino Sansón o el Santa Catalina, de algún jerez que comenzaba a cristalizarse, pero si no había más que agua del grifo, Maruxa se enfundaba su abrigo azul y salía a la calle. Sola.

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[1] Sánchez, Aurea, Las Marías de Santiago, pág. 21, Primera edición digital 2017

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Autor: Dimas Prychyslyy. Ilustrador: Salvador Jiménez-Donaire. Título: Con la frente marchita. Editorial: Dos Bigotes. Venta: Todostuslibros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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