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De las mujeres, 89 perdones

De las mujeres, 89 perdones

Acaba de leer la novela de una mujer. Una mujer escritora que además siempre le recrimina que no lee a mujeres. Incluso un día no muy lejano le envió una fotografía por “whatsapp” de una columna escrita por otra mujer y en la que se citaba a un centenar de mujeres a quienes los hombres no sólo podían sino que debían leer. También las mujeres deben leer a mujeres, parece decir la articulista ese día. Pero eso ya lo hacen. ¡Claro que las mujeres leen a mujeres! ¿Quiénes si no?

Busca entre una montaña de periódicos el suplemento literario donde salió esa columna. Lo encuentra. ¡Aquí está! Lo escribe Luna Miguel. No la conoce (luego mirará en Internet, debe ser escritora, se dice). Pide perdón por ella, por no conocerla. Hay un centenar de escritoras citadas por Luna Miguel. Lee detenidamente. Sólo ha leído a doce. Ahora pide perdón otras 88 veces. Al menos conoce el nombre de más de la mitad. El artículo empieza con el nombre de Marta Sanz. ¡Marta Sanz!, se dice ahora, al releer el artículo. ¡Acaba de comprarse Clavícula! Lo leerá inmediatamente. ¡Uf! Luna Miguel se enfadará un poco menos con él. El artículo acaba así tras citar a cien escritoras de hoy, de ayer, en realidad de siempre: “O la que tú quieras, vaya. Pero cuando hables de literatura, cita a una mujer de vez en cuando, ¿vale? Gracias”. Qué estupendo final. Él, si hubiera sido mujer y escritora, hubiera terminado de otra manera. Por ejemplo: “¡Leed a mujeres de una vez, tontos de los cojones!”. Pero le gusta más la manera elegante de Luna Miguel. Y más en estos tiempos de “prohibido no prohibir”, destruyendo uno de los hermosos lemas del mayo francés.

Ha hecho caso no sólo de la escritora citada y con razón enfadada, sino de Isabel González, que así se llama su amiga escritora y que acaba de publicar Mil mamíferos ciegos.

No sé por qué yo, el inventor de este personaje, a veces mequetrefe, que arriba escribe iba a poner en su boca otro título, pero le dejo seguir.

"Al final, quizá también en el principio, todo es amor. Hay algo en la novela que no me convence. No lo veo aún. Pero hay un todo en la novela que me aplasta."

Mil mamíferos ciegos, se repite. La primera novela de Isabel González. Le ha parecido ver que en este espacio de Zenda ya salieron algunos de sus capítulos. Ha escrito unas notas no con la idea de enviárselas a ella ni a nadie sobre la novela. Lo primero es que no le ha sorprendido, porque sus cuentos anticiparon este estilo único, hermoso, extraño e incontestable de Isabel. Un lector que sólo persigue entretenimiento saldrá despavorido de sus páginas. Los que no, deberían ir leyendo despacito, despacito, despacito, para que no se acabe el tesoro. Piensa y escribió más o menos esto: “Una historia de amor y dentro de ella otra historia de amor heterosexual. Lenguaje hacia los márgenes, la lucha permanente por no parecer o perecer entre frases comunes. Las frases así, de todos, las dicen todos, las escriben muchos. La fuerza de la palabra. La sensibilidad de lo eterno. El libro lucha por ser una novela y lo consigue a duras penas, sin alejarse de su origen poético. No se nota la impostura; en realidad, no hay tal, pero da pie a pensar en ella. Por el contrario, la frescura arrecia, a veces demasiado cuidada, formada por las manos. Manos de orfebre, porque el tiempo es oro. Manos de artesano, en suma. El arte de huir de la palabra vana. No sé si la huida del estilo acaba por ser estilo. Una historia corriente en un escenario óseo, duro, proclamando lo distinto. Véanme, mírenme parecen decir las piezas del mobiliario: los sentidos, la desesperación, la búsqueda inevitable del amor. Al final, quizá también en el principio, todo es amor. Hay algo en la novela que no me convence. No lo veo aún. Pero hay un todo en la novela que me aplasta. El sentimiento no sólo debe ser sentimiento, debe tener el poder permanente de recordarlo, o de ser recordado. Insisto, es una novela que huye hacia los márgenes. Esa es su grandeza. Y su peligro. Pero huye hacia los márgenes para, saltándolos, preguntarse de nuevo: y ahora qué. Espero con más ganas que en esta ocasión su siguiente novela. Volveré a leer esta. No sólo veo en ella prosa poética. Veo prosa destructora, en la que cada frase impide ser reconstruida de nuevo. Cada frase es una. Es así. No me la toques. Si no te gusta salta a otra pero es así. No intentes escribirla de otra manera. De otra manera no sería yo. Eso parece decir cada una de sus frases. Eso quiere decir cada una de sus frases: cortas, directas, secas, como una puñalada esperada. Aunque en realidad todo es inesperado”.

Sigue recordando sobre el libro: “La historia se resume en un folio, pero necesita 150 páginas para ser contada, para adquirir forma. Eso es la novela, la buena literatura. La fuerza del lenguaje lo es todo. Sin la palabra sólo tendríamos vacío. El vacío es la no palabra”.

No piensa, una vez releída que esta… ¿se puede decir sinopsis? Claro que no. No lo es. Bien, pues estas reflexiones rápidas, que aclaren mucho sobre la novela. Sólo que le ha impactado como un martillazo en el dedo gordo del estómago.

Es hora que mi personaje hable de otras mujeres. Hoy él cree que debe ser su día. O en realidad, como dijo no hace mucho una sabia mujer: “Espero que haya un día en el que no tenga que celebrarse el día internacional de la mujer”.

"Sí, ha leído algunas mujeres. Pocas. Demasiado pocas. Pero de todas las elegidas también se pregunta, como lo hizo no hace mucho sobre Bolaño: ¿Por qué son tan buenas?"

Hace un breve repaso mental. Se pregunta a qué escritoras ha leído últimamente. Sabe que va a salir mal parado y que Luna Miguel le pondría a parir igualmente, pero se esfuerza. Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza. Sé que las mujeres que leen ya lo han leído. Habría para muchas palabras sobre este libro, pero se dice que es mejor sólo leerlo, que hoy, se dice, ya habló demasiado. Elizabeth Strout. Leyó su Me llamo Lucy Barton. ¡Una delicia! También La vida breve de Katherine Mansfield, aunque escrito por un tal Pietro Citati, un genio de la biografía que merece por sí mismo muchas palabras. Las tendrá. Menos mal, y mira de reojo el artículo que tiene sobre la mesa de Luna Miguel, que hacía poco había leído los diarios de Mansfield. Buf, se siente mejor por ello.

Sí, ha leído algunas mujeres. Pocas. Demasiado pocas. Pero de todas las elegidas también se pregunta, como lo hizo no hace mucho sobre Bolaño: ¿Por qué son tan buenas? Como diría un personaje de Tarantino: ¿Por qué son tan jodidamente buenas?

Por un momento cree que no debe citar más libros, a más maravillosas escritoras. Que se le hará larga su diatriba. Porque esto es un canto en favor de las escritoras, de las mujeres, que tantas veces han tenido que decir “¡ay!” tras ser pisadas por los hombres (incluso por él, por mí, que lo he creado).

"No sé si Luna Miguel estará satisfecha de que hoy mi personaje, hablando de literarura, se haya acordado de citar a unas cuantas mujeres. Tampoco sé si Isabel González estará contenta con lo que él ha dicho."

En una ocasión descubrió —y lo recuerda porque cuando uno descubre un tesoro literario lo que quiere es compartirlo con todos sus amigos— a una escritora víctima de un artículo en el que se dilucidaba si su libro era un bestseller o una buena novela. ¿Todos los bestseller son malas novelas?, se pregunta una vez más y entonces. El articulista, Eduardo Lago, escritor de pocos libros pero ya considerado, ponía en duda si El jilguero era un gran libro o un bestseller. El no sabía ni quién era Donna Tartt, su autora, ni si el libro podría ser o no bueno. Un repente le hizo marcharse a una librería a comprarlo. ¡Ya era la tercera edición! Para él, que sólo quiere primeras ediciones incluso de los libros más actuales, fue un mal comienzo. No lo desanimó que tuviera más de 1.100 páginas. ¡1.100 páginas! ¿Los americanos no saben escribir corto? Salió tan contento de la librería, con la sensación de llevar un diamante; eso sí, de un kilo de peso. ¿Se le doblarán las manos al leerlo?, se preguntaba entre sonrisas internas. Lo leyó a lo largo de un mes, que no hay tiempo para todo. Y no tuvo dudas: señor Lago, si esto es un bestseller, se dijo, yo no quiero leer otra cosa. Buscó toda su obra, sólo dos títulos más (El secreto y Un juego de niños), y los leyó en la cuidada edición de Lumen. Ninguno de los dos es mejor que El jilguero. Ni en sus mejores sueños, cuando él quería ser escritor, vislumbró páginas como esas. La sencillez de situar una palabra detrás de otra como si nada. Como le dijo Cela a un periodista ante la cuestión, más o menos, de si escribir es difícil: “¡Hágalo usted!”. No recuerda la respuesta del periodista. Supone ahora que sólo pudo callarse.

No sé si Luna Miguel estará satisfecha de que hoy mi personaje, hablando de literatura, se haya acordado de citar a unas cuantas mujeres. Tampoco sé si Isabel González estará contenta con lo que él ha dicho. Por cierto, él no ha mirado en Internet quién es Luna Miguel. Es muy olvidadizo. Yo sí. Ya sé que es una poeta joven de magnífica realidad y mejor proyección, según algún crítico. Como yo hago siempre caso de los críticos, y más en poesía, así lo dejo. Le diré a mi personaje que la lea. ¿Qué dirá él? Yo creo que esto:

Hay que leer, también y siempre, a mujeres.

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