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Justo Navarro y leer de verdad

Doy vueltas a las cosas… ¡Todo es cosa! ¡Empieza otra vez!

Decía que no sé bien cómo empezar otra entrega en este denominado “blog” en el que mi personaje me roba siempre el protagonismo, cuestión que en realidad no me interesa. No ser protagonista de nada. Sí, esto me interesa más. Veamos.

Entre las lecturas de escritores franceses descubre aquellos de hecho descubiertos hace años. Alguien le dejó un libro de Jean Echenoz que ni leyó ni devolvió. Dicen, le dijeron una vez, que si prestas un libro a un amigo acabarás perdiendo el libro y al amigo. En este caso reconoce que fue algo parecido. Pero al menos él se quedó el libro. Se titula Cherokee. No lo tiene a mano. ¿De qué irá Cherokee? ¿Y por qué un título así de un escritor francés? ¿Y por qué ganó el Premio Médicis? ¡Cuántos escritores europeos albergan la esperanza de obtenerlo! Ganarlo, dicen, es sinónimo de que se ha escrito un buen libro. Buf, cuántas veces él ha querido escribir un buen libro.

Ahora, por el momento, quizá hable, piense o se diga que cada vez que dice “por el momento” todo acaba siendo una eternidad. Como la idea de leer a Echenoz. ¿Por qué Echenoz? ¿Por qué no Justo Navarro y sus libros imposibles? Sólo ha leído un libro de este autor elegido al azar. O tal vez porque su creador —es decir, yo— visitó no hace mucho la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión y allí adquirió con los ojos cerrados Finalmusik. ¿Y por qué libros imposibles? Por buenos, por distintos; por muy buenos, por muy distintos. Empieza a leerlo.

¡Ahora tendré que retrasar la escritura de esta entrega del blog! ¡Y todo porque mi personaje se pone a leer ese libro! ¿No tenías otro momento? Vuelvo cuando él acabe. Para ustedes sólo será saltar de una línea a otra. Para mí, esperar que mi caprichoso personaje sea rápido leyendo. Un momentito, pues.

"¿Cuál es su lugar se pregunta muchas veces mientras mira de reojo a su sencilla estantería por si uno de sus libros lo chistara y dijera a mí, a mí, ahora léeme a mí? No ocurre, pero sigue mirando."

No, no es rápido leyendo. No tiene tiempo estos días en los que le ha dado por la paternidad. Deja Finalmusik a su derecha, en su mesa. Previamente ha puesto “leído” al final, en la última página, esa que concede el editor, ese editor, nada más terminada la novela. ¡Para qué más páginas en blanco! Una y va que arde. No saca una conclusión rápida de la lectura. Novela intensa, lenguaje rico, atractivo y atrayente, que no te deja en paz porque tienes que seguir a ver qué viene ahora. Justo Navarro. Sí. Lo sabía. Él sabía que Justo Navarro tenía que ser de los suyos, es de los suyos. Lo ha comprobado tras la indisciplinada lectura de Finalmusik. Ya leyó F. ¿Le gusta mucho la f a Justo Navarro? No sabe. Coincidencia. F es una novela dedicada o por y para Gabriel Ferrater, el intelectual catalán que consideró que con lo vivido ya sabía bastante de la vida antes de irse metódicamente, eliminado por sí mismo. Eliminarse uno mismo. ¡Qué atrocidad!

Mi personaje ha llegado hasta ahí sin darse mucha cuenta. Al menos ustedes y yo ya sabemos que sí, que ha leído la novela de Navarro. No, de Justo Navarro. A los escritores hay que llamarlos como se llaman, con nombre y apellidos o en su defecto igual que ellos firmen sus libros. A mí, si fuera mi personaje y me llamara Benito Muñoz y además hubiera publicado una novela con ese nombre, me gustaría que dijeran Benito Muñoz, que escribieran de mí con las palabras Benito Muñoz. Pero eso no es así, porque mi personaje no es Benito Muñoz. Ahora que veo mi nombre tantas veces escrito abomino de mí mismo. ¿Pero qué haces? ¡No visibilidad, no vanidad, no aparentar, no pretender ser más de lo que se es! Mis disculpas. Sigo con mi personaje.

No se ha detenido —como digo— demasiado en pensar en la novela de Justo Navarro. Sí ha pensado en más de una ocasión —cuando veía pasar los años y cómo Justo Navarro publicaba una novela tras otra al parecer, según los críticos, siempre engrandecedoras progresivamente de su obra— que leía las reseñas para descubrir quién era este escritor. Error. Hay que ir a la esencia, a sus novelas. Menos aún desear conocerlo en persona. Sabido es que conocer a los ídolos acaba matándolos. Los héroes, sus héroes, en su lugar; él, en el suyo. ¿Cuál es su lugar se pregunta muchas veces mientras mira de reojo a su sencilla estantería por si uno de sus libros lo chistara y dijera a mí, a mí, ahora léeme a mí? No ocurre, pero sigue mirando.

Finalmente, se dice, Finalmusik. ¡Qué magnífica novela! Envidia renovada. El sueño de escritor.

Decido intervenir para “despertar” a mi personaje. Hoy está ñoño. A ver ahora.

"Es una redundancia, se dice, pero el dolor duele. Él acabó molido, incluso tuvo que ir al médico a ver si todo iba bien. El médico le dijo que la fantasía no se medica."

Cree que a veces la adquisición de un libro hasta su definitiva lectura es casi una novela en sí misma o al menos una novelita o un relato. Bien, vale, un microrrelato. Todo lo que se reduce tiende a magnificar su significado. Si eres poeta ya eres alguien, aunque en realidad, crematísticamente hablando, no seas nada más que un pobre; si eres novelista de obras de 1.000 páginas tu tamaño queda reducido de manera inmediata, aunque vendas decenas de miles de ejemplares y la famosa palabra —otra vez— best seller alumbre o en realidad sombree tus días.

No tiene reminiscencias de sus anteriores pensamientos que fueron recogidos por su creador —disculpen otra vez por esta palabra—, pero sí recuerda que habló de Clavícula, la novela de Marta Sanz sobre el dolor. Al parecer, Marta Sanz —recuerden, con nombre y apellido— ya escribió sobre el dolor. En sí ya es un tema doloroso. Es una redundancia, se dice, pero el dolor duele. Él acabó molido, incluso tuvo que ir al médico a ver si todo iba bien. El médico le dijo que la fantasía no se medica.

El libro de Jean Echenoz, Enviada especial, le ha gustado. Un sarcasmo, un golpe a la inteligencia “noir” desde la sabiduría seria de la alta literatura. Siempre el anhelo de alta literatura. ¿Y qué es la alta literatura? Sencillo: la aspiración a convertirse en un clásico. ¿Y qué es un clásico? Sencillo: aquel libro por el que no pasa el tiempo e incluso se engrandece durante su transcurso. Aquello que leen mil almas de mil épocas y dicen: sí, esto es irrefutable. Como si fueran matemáticas. ¿Las matemáticas son refutables? Lo deja.

Sí, lo dejo yo porque no quiero cansarles. Sigo. Sigue él, mi personaje, que hoy me está agotando.

"Pedir disculpas por elucubrar no está de moda. Tampoco pedir perdón por no hacerlo. No está de moda leer a los escritores que mi personaje admira o por los que de repente le da."

Justo Navarro, se dice. Toca los dos libros que tiene. Los dos únicos leídos. ¿O leyó otro hace tiempo? No, lo habría recordado. ¿Por qué —se pregunta sobre Justo Navarro y otros escritores de los que ya hablará— es o parece ser un escritor de culto? ¿Por qué no ha tenido la fortuna (para él tener millones de lectores no es siempre peyorativo ni sinónimo de engaño) de tener más reconocimiento del público? ¿Por qué no hay colas en las librerías para comprar el último libro de Justo Navarro y sí de alguien que se llama como un pantalón, por ejemplo, y con todos los respetos para su inusual nombre? ¿Qué está pasando con los escritores verdaderos que son tan poco requeridos? Hoy no se quiere quedar mustio con tanta pregunta. Sólo quiere celebrar que ha leído de un tirón Finalmusik y que ya ha salido corriendo a sus librerías favoritas a por más libros de Justo Navarro. ¡Qué menos que leer a los buenos!

Pedir disculpas por elucubrar no está de moda. Tampoco pedir perdón por no hacerlo. No está de moda leer a los escritores que mi personaje admira o por los que de repente le da. Yo sé que ustedes elegirán bien su próxima lectura veraniega. También recuerdo que durante un tiempo Justo Navarro hacía reseñas de best sellers buenos. Si leen uno de los que sólo matan el tiempo este verano, prometan dar el salto al otro lado, allí donde los escritores sólo venden 1.500 ejemplares y siguen perplejos trabajando en su obra. Hoy mi personaje también, supongo que lo digo por ustedes, ha logrado descolocarme. ¡Lean de verdad! ¡Y olviden un poco a los presentadores de televisión!

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