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Las naciones hechizadas, de Viviana Paletta

Las naciones hechizadas, de Viviana Paletta

En la guerra, como dice el autor de este texto —Óscar Curieses— que se dice en uno de los versos de Viviana Paletta, Las naciones hechizadas, «todos perderemos». Aunque el resultado de la masacre nunca es el mismo: terrible para los más desfavorecidos, razonable para los más poderosos. 

 

Viviana Paletta ha escrito probablemente uno de los libros más destacados en lengua española sobre un asunto tan espinoso como la guerra, y lo ha hecho con poemas que utilizan un narrador testigo (singular y plural) que no solo describe o señala el carácter trágico de todo fenómeno bélico ocurrido en distintos momentos de la Historia, sino que testimonia la brutalidad mediante una identificación entre el observador y lo observado, como ya hicieran los románticos, pero en un sentido diferente. No se trata de la fusión del autor con un paisaje natural, infinito y conciliador, sino de la identificación del autor con el dolor inherente a toda guerra: la naturaleza se ha sustituido por la devastación. Si en los románticos cierta reconciliación espiritual a través de la naturaleza todavía era posible, a pesar de que por momentos resultase hostil a los seres humanos (pensemos en los cuadros de naufragios y catástrofes naturales), en Las naciones hechizadas la posibilidad de reconciliación con lo retratado resulta imposible. La guerra es un acto inútil, únicamente produce dolor y degradación en los seres humanos: la épica concebida en su sentido más tradicional ha muerto. Frente a los lienzos románticos del pasado, en este libro encontramos una proximidad fotográfica cercana a lo documental (como señala Marina Llorente en la edición venezolana de este libro), pero que contrariamente a las líneas generales de ese género, participa y quiebra la neutralidad ideológica y emocional.

"Cuando una situación semejante a la bélica ocurre en nuestro territorio, pensemos en el terrorismo"

Sin duda, la guerra es uno los asuntos capitales de nuestra civilización más manipulados. A través del bombardeo mediático de imágenes asociadas a los discursos hegemónicos que llevan a cabo sus medios de comunicación, y a las formas en las que son retransmitidos esos discursos, la guerra aparece como un espectáculo que les ocurre a los otros (semejante a una lectura de Homero sin héroes ni dioses), pero nunca, o casi nunca, a quienes observamos esas imágenes. Me resulta muy inquietante un contexto como este, donde algo tan próximo solo les sucede a los otros en un espacio casi virtual: su representación se parece mucho más al realismo que a la realidad. La guerra ya no sucede en los territorios de los países hegemónicos, sino en muchos de los países a los que estos venden sus armas, donde propician conflictos armados y a los que intentan posteriormente pacificar. La guerra está siempre muy lejos, aunque se halle a nuestro lado. No comparece, o únicamente lo hace durante unos segundos, en nuestros televisores y medios de comunicación, es solo el título, el titular, de un libro con las páginas en blanco. Cuando una situación semejante a la bélica ocurre en nuestro territorio (pensemos en el terrorismo), las sirenas del sistema (nuevamente Homero) vociferan hasta la saciedad durante varias semanas o meses: se publicita el pánico desde los medios de (des)información, se radicalizan los discursos contra los extranjeros y se atacan todo tipo de libertades. Quizá sea también por eso por lo que no somos capaces de recordar que no hace tanto tiempo la guerra —cualquiera de las del siglo xx— se producía en nuestro propio suelo: la guerra les sucede a los otros. Este alejamiento de la experiencia de muerte y sufrimiento debería hacernos reflexionar: ¿hubiéramos deseado, por ejemplo, en la España de 1936, un tratamiento similar al que se impone a la población siria que deambula por la Europa actual? […]

"Esa pulsión de muerte atraviesa el libro entero, presentando uno tras otro los testimonios de los participantes: el soldado, la víctima, el perseguido"
 

Como aparece en Las naciones hechizadas, las guerras han existido desde siempre porque el poder descontrolado, la voluntad de opresión del otro, y el acoso y derribo de lo que no es yo o no soy yo también ha existido desde siempre. Uno de sus poemas, «Las naciones hechizadas», que da título al libro, se presenta como la genealogía odiosa de toda guerra, nacida de la ambición destructiva y depredadora, animada por el egoísmo, por la identidad nacional frente a «los otros», y disculpada, cuando no apoyada, en credos e ideologías. Esa pulsión de muerte atraviesa el libro entero, presentando uno tras otro los testimonios de los participantes: el soldado, la víctima, el perseguido, el que busca en los intersticios de la guerra su supervivencia…

En la guerra, como se dice en uno de los versos de Viviana Paletta, «todos perderemos». Aunque el resultado de la masacre nunca es el mismo: terrible para los más desfavorecidos, razonable para los más poderosos. Lo vemos, incluso lo observamos, es cierto ¿pero nos identificamos con ello? ¿Nos ponemos en los zapatos del otro, como dicen los estadounidenses? ¿O solo lo miramos desde la última fila como si de una proyección se tratase? Creo que Las naciones hechizadas nos sitúa no solo en los hechos sino en las emociones que produce toda esa devastación, y lo consigue a través de instantáneas/poemas que recogen experiencias/hechos en distintos momentos de la Historia. Su virtud reside en que no nos hallamos fuera de la fotografía, sino en ella, dentro de ella. No observamos las imágenes que se suceden, sino que formamos parte de esas imágenes, los otros también somos nosotros.

[…] ¿Dónde queda la épica después de todo esto? Si a lo que acabo de mencionar le sumamos los espeluznantes actos de horror y masacre cometidos por los fascistas de España e Italia, el exterminio de judíos en la Alemania de Hitler, la barbarie japonesa hacia las naciones periféricas bajo el mando del emperador Hirohito y la profunda ambivalencia de países como Francia a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, preguntemos otra vez: ¿dónde queda la épica?

"El posicionamiento del libro de Viviana resulta en todo momento ejemplar: la guerra solo produce víctimas"

La única épica posible —y pienso en el poeta José Luis Gómez Toré al decir esto— es la de los hombres y mujeres de a pie que resisten diariamente en un entorno despiadado y hostil, negándose a aceptar las condiciones que imponen los más poderosos. Esa es la épica que emana del libro de Viviana Paletta: la resistencia, la crítica, la solidaridad y la noticia de la masacre. Pero encuentro algo más, lo más valioso para mí es su empatía, su deseo de acercar al lector la experiencia de las víctimas más allá de lo descriptivo, más allá de un periodismo o una Historia desvinculados de la parte emocional. No son los datos, las fechas o las cifras sino las consecuencias funestas que tienen para los seres humanos las guerras. El posicionamiento del libro de Viviana resulta en todo momento ejemplar: la guerra solo produce víctimas.

Su deseo de «estar en la piel de» las víctimas explora formas de lenguaje muy diversas, oscilan entre los registros tradicionales y experimentales, siempre con inesperada destreza e inteligencia. Es posible que esa misma fluctuación y complejidad sea la que ha experimentado el fenómeno de la guerra. En ese sentido, me gustaría destacar como lector entusiasta de todo su libro el poema titulado «Enciclopedia universal», quizá el texto más importante en poesía en lengua española sobre la guerra que he podido leer en los últimos años. Todo en él, a través de las enumeraciones caóticas, las variaciones, los distintos planos de lenguaje simultáneos, las sucesiones, las repeticiones y yuxtaposiciones, traduce la irracionalidad, la despersonalización, la distorsión, el engaño y la sofisticación de los fenómenos bélicos de nuestros días.

 

Fragmento del prólogo, escrito por Óscar Curieses de Las Naciones hechizadas (editorial Amargod).

Selección poemas para Zenda

pie de foto

Toda la imagen está en el pie.

En cursiva.

Su fecha, los nombres

si se tienen.

El día histórico.

 

Hay espesura

en esa carne

en la voz que se cercenó

de esos ojos.

 

El aire

se inclina

estupefacto

sobre ese cadáver.

 

Eso pasó: lo vieron

y lo enseñan

 

Pero nadie menciona lo excluido.

Lo que se quedó allí sin revelar.

Alguien con un grito ahogándose en el pecho.

La anodina víspera

para que esto sucediera.

 

No nos transforma. Nos lo muestran.

La foto es literal.

También la palabra al pie.

Y el profundo silencio

que se mezcla en el polvo.

 

cantata del viudo

Enviuda el ojo que no ve,

el hueso partido.

Un cuerpo inerte y otro, a su lado.

Tiene la caja

sin ruido.

 

Vino el dolor meritorio,

murmura el fantasma del camarada muerto.

Antes su cuerpo no tenía fin,

y ahora está vacío,

y ahora está aquejado.

 

Extranjero de sí,

hunde su perfil en su carne.

 

Pero vimos sobre millares de lucernas

un sol que a todas encendía,

el cielo tachonado de misiles,

la sirena atronadora de la noche.

 

Los cuerpos perdieron su rutina

de amor, su trabajo en el día.

Mastican por nosotros

la estopa y el tabaco mojado.

 

Un cuerpo anidaba otro cuerpo,

y ahora sólo se lame a sí mismo,

atiende a zumbidos de hélice, la sombra

estrecha del tedio.

 

caligrafía

Las casas,

los animales,

las personas

quedaron desvaídas

desdibujadas

tinta tenue en el lienzo

del aire:

la madre en el gesto

de alcanzar la cuchara rebosante

a su hijo;

la intuición del poeta

reclinado ante el blanco papel;

un pétalo que se desprendía

de la enramada;

el primer beso de dos;

el dragón de un quimono

calcado sobre la piel de una muchacha;

el bambú sin cortar; la ropa limpia

tendida.

Y la cajita del almuerzo de Shigeru.

Las manillas de la ciudad

ardieron a las 8 y 16.

Por el instante detenido

sabemos que se ha escrito

lo que vendrá.

 

balística

Todas las formas se parecen

en su indefinición.

Es el arte de la balística.

Certero fogonazo que iguala en su herrumbre. Identidad

en la contradicción

y en los enemigos.

El adversario es igual. Un orificio

en el pecho.

La sangre no bulle.

 

el enemigo sentimental

Temo el frío del hombre, el ancho río,

la aurora gélida, mi cuerpo en hambre.

Devástame de mí. Soy el calambre

que roe el candil donde mi ciño.

 

Calienta en el fragor la tumba helada.

Inúndame de él. Un cuerpo nimio

se escarcha en la sombra que me agarra.

Helándome de mí soy mi enemigo.

 

el adivino

Tiro las cartas.

Miro la borra del café,

los garabatos del humo en los basurales.

 

Interpreto la concatenación

de los relámpagos,

el marasmo de las golondrinas.

 

Sé que perderemos.

Todos perderemos.

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Autor: Viviana Paletta. Título: Las naciones hechizadas. Editorial: Amargord. Venta: Amazon y Casa del libro