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Las piedras de Dios (IV)

Madaba – Río Jordán – Jericó – Mar muerto

“Although I’ve traveled far
I always hold a place for you in my heart”

—The Promise, Tracy Chapman

La visita a Madaba fue fugaz. La tarde, muy fría, nos envolvía en un cielo de jirones malvas mientras caminábamos buscando la iglesia de San Jorge. En el pavimento del ábside, abrigado por lámparas de incienso, se conserva el mosaico del primer mapa de Tierra Santa; una especie de instantánea bizantina de la Jerusalén del siglo VI, con un trazado aparentemente subjetivo, casi infantil. El hombre moderno, con su arrogante y estúpida ignorancia, suele mirar lo antiguo como una reliquia; con admiración por la belleza o el valor a veces, pero siempre desdeñando su utilidad, como el que mira con lástima a un anciano sentado en un banco al sol. Sin embargo, este mosaico anacrónico, fragmentado y torpe, cumplió con su función de mapa incluso catorce siglos después de haber sido creado, pues guió con precisión de GPS al grupo de arqueólogos que en 1967 excavaron el Barrio Judío de Jerusalén, encontrando la Iglesia Nea y el Cardo Maximus exactamente en el mismo lugar en el que se indicaba en el mosaico de Madaba. Toda una lección que nos enseña que la próxima vez que nos sentemos en un banco al sol miremos con atención, pues tal vez ese anciano aparentemente vulnerable es todo un contemptor divum que atesora el recuerdo de las mil vidas de Ulises atravesando tempestades sin dejar de despreciar a los dioses, y que la anciana que sonríe tranquila a su lado esconde el pasado de una hermosa hechicera capaz de prolongar con su juventud deslumbrante, su sexo y su inteligencia la estirpe de los héroes.

"Tal vez ese anciano aparentemente vulnerable es todo un contemptor divum que atesora el recuerdo de las mil vidas de Ulises"

La mañana siguiente se alzaba prometedora. Flotaba una especie de felicidad abstracta en el grupo que unificaba la sonrisa, como si sus miembros compartiésemos el secreto de una Buena Nueva. Puede que nos influyese el sol radiante o quizás la calidez del clima, cada vez más templado a medida que nos acercábamos al río Jordán. O tal vez es que sabíamos que íbamos al encuentro del bautismo, un ritual de agua que los cristianos llevamos enlazado a la fe, pero sobre todo a la infancia; a la primera luz de la vida; al orgullo cálido de los progenitores presentando su criatura ante Dios; a la importancia sagrada de ser nombrados.

Mosaico en Madaba.

Madaba.

Frontera en el Jordán.

Una palmera en el Jordán.

El autobús corre paralelo al desierto de Judea. Un muro kilométrico de hierros retorcidos y puntas de acero deja claro su reciente pasado militar y estratégico. “Al otro lado de las concertinas», nos advierte el guía, «el suelo está sembrado de minas”.

"La señal fronteriza, casi completamente hundida en mitad del cauce, ha perdido toda capacidad disuasoria"

El río Jordán creció inusitadamente con las lluvias torrenciales de las últimas semanas, transformando su tradicional aspecto de arroyo en un imponente torrente luminoso. La señal fronteriza, casi completamente hundida en mitad del cauce, ha perdido toda capacidad disuasoria. Sonrío ante esas bonitas metáforas de la Naturaleza. En una orilla Israel, con su baptisterio de piedra, su campanario y su plataforma de troncos. En la otra orilla Palestina, donde una larga fila de peregrinos, entre los que nos mezclamos, pacientes, espera su turno al pie de las sucias escaleras que descienden hasta los márgenes embarrados para recibir la bendición de sus aguas. El bullicio es ensordecedor; la gente ríe, habla, grita o canta en al menos quince idiomas diferentes mientras unos obreros se afanan, con estruendo, en fijar un banco de hierro al suelo bajo la sobra de una palmera. Aquel escenario no es como uno se imagina el lugar del encuentro entre Jesús y su primo el Bautista, desde luego.

Suspiro con paciencia mirando la larguísima fila de gente que espera su bautismo y trato de entender sus motivos. ¿Por qué, después de tres mil años de memoria; después de Da Vinci, de Newton, de Freud, de Nietzsche, de Max Planck, estamos aquí, esperando el turno para que nos mojen la cabeza con un poco de agua turbia? Recuerdo algo que acabo de subrayar en el libro de Küng: “Cualquier manipulación, ideologización o mitificación de Cristo tiene su límite en la historia. El Cristo del Cristianismo no es simplemente una idea intemporal, un principio de validez eterna ni un mito. El cristianismo se basa esencialmente en la historia, y la fe cristiana es esencialmente una fe histórica”.

"La mezcla era tan buena que fraguó enseguida, convirtiéndose en la potente argamasa de Occidente"

Memoria, fe, historia y la arqueología como testigo y aval. La mezcla era tan buena que fraguó enseguida, convirtiéndose en la potente argamasa de Occidente. Me pregunto si bajo el peso de la desmemoria el analfabetismo, la estupidez y el egoísmo humanos aguantarán mucho más sus resquebrajados cimientos.

Bautismo.

Küng.

El Bautismo, de Giotto.

Llegamos hambrientos a Jericó. El sol continúa bendiciendo esta parte de Tierra Santa con una calidez inesperada para el mes de enero. La ciudad más antigua del mundo es hoy una gran extensión de villas independientes donde ahora viven muchos de los ciudadanos de la actual Jerusalén, debido a que ésta se encuentra a menos de quince minutos en coche. Frente a la incómoda vida urbana, sus altos precios y las masas ingentes de turistas, Jericó ofrece la tranquilidad de una casa cómoda con jardín y piscina por menos de lo que cuesta un apartamento de 70 metros cuadrados en la gran ciudad.

“Jericó es hoy una ciudad de paz”, nos informa el guía. “Son tolerantes hasta con los israelitas”.

Después de la comida, el grupo se dispersa para hacer sus compras, pero yo decido quedarme en el autobús, escribiendo un rato a solas.

"Entonces, las trompetas de Jericó sonaron en algún lugar cercano al corazón, derribando sus poderosas murallas"

Ella quería estar sola, y aquel hombre pareció entender su silencio, así que antes de marcharse dejó a sus pies una cesta llena de las delicias de Jericó; dátiles, higos, plátanos y un vaso de zumo espumoso de granada. Se miraron y él se acercó un poco más y le besó los labios húmedos de sangre recién exprimida sin dejar de sonreír. Un roce apenas, casi como una caricia dulce. El primero de los innumerables, apasionados besos que vendrían después.

—Te pareces mucho al personaje de una novela —le dijo ella, aparentando indiferencia—. L’ amante senza fissa di mora. También trabaja de guía, como tú, y un día, en Venecia, conoce a una chica. Lo malo es que sobre este personaje pesa una maldición que le obliga a vivir errante para toda la eternidad, sin posibilidad de amar a nadie más de tres noches seguidas en un mismo lugar.

—Bueno —dijo él por detrás de su sonrisa perfecta de italiano tramposo—. En ese caso lo único que podemos hacer es beber el vino añejo de la bota Sabina y confiar el resto a los dioses.

Aquello era demasiado, incluso para ella. Un verso de Horacio es siempre mucho más que un simple beso. Lo estudió en silencio un tanto asombrada, porque había en ese desconocido algo familiar que no alcanzaba a identificar. Entonces, las trompetas de Jericó sonaron en algún lugar cercano al corazón, derribando sus poderosas murallas.

"No hay ninguna duda, nos acercamos al paisaje lunar del Mar Muerto"

Hubiera podido ser así. Siempre deseé tener talento para novelar historias de amor, como Danielle Steel; viajar en un transatlántico por el mundo con mi collar de perlas y mi Olympia del 46 y escribir esos libros sentada en la cubierta de babor, dando pequeños sorbos en una cómoda silla de teca a un Bloody Mary cargado de salsa Worcester. Pero Fortuna tiene la mala costumbre de no preguntar nunca al destinatario sus deseos.

Desierto de Jericó.

Herodión.

«Salomé con la cabeza de San Juan Bautista».

El grupo regresa finalmente al autobús mostrando sus adquisiciones. Rosarios, pañuelos, bolsitas de mirra, anillos de piedras azules, camellos de madera. Cierro la Moleskine y con ella la posibilidad de desarrollar una prescindible novela romántica, y me dejo contagiar por la alegría cálida de mis compañeros efímeros de viaje a los que, en aquel momento, deseé con todas mis fuerzas mantener para siempre a mi lado, como apóstoles singulares pisando eternamente estas piedras de Dios.

"La muerte manda allí, y el agua, al entrar en ella, te recibe con la resistencia de una musculatura invisible"

Ponemos rumbo al sur siguiendo el curso del Jordán y adentrándonos en el desierto de Jericó que surge, veloz, al otro lado de la ventanilla. En estas primeras semanas de un enero lluvioso, la tierra presenta un aspecto inusualmente fértil, con sombras verdes que cubren las colinas y que me hacen recordar unos versos: “Toda carne es hierba, y todo su esplendor es como flor del campo”. Podrían ser las palabras de Epicuro si no fuese porque las escribió, cuatrocientos años antes, mirando este mismo desierto, el profeta Isaías.

Observo cómo el pasto fresco parece detenerse, temeroso, en las orillas de un montículo amarillo de aspecto siniestro, más elevado que el resto. “Esa elevación con forma de túmulo, explica el guía, es Jabal al-Fourdis; la Montaña del Paraíso, llamada por los cruzados Monte Franco y conocida por todos nosotros como Herodión porque ahí se alzaba el palacio de Herodes el Grande. Y su tumba. Un lugar de memoria maldita; la de él y la de su hijo, Herodes Antipas, “ese zorro”: la sangre de los inocentes; el grito de sus progenitores; la mirada cautivadora de una princesa; la cabeza cercenada de un hombre presentada en bandeja de plata; la agonía de un rey atrapado en su propia carne putrefacta; la ejecución del Mesías; la ambición de una reina; la deportación y la muerte en las lejanas colonias hispanas. Historias de una plasticidad tan terriblemente seductora que solo podían concebirse en Oriente”.

Camino del Mar muerto.

Amanece en el Mar muerto.

Como si quisiéramos limpiarnos los ojos de todo ese horror bíblico, volvemos la vista al horizonte, donde brilla, lejana, una constelación de luces acuáticas. La sal de la tierra se ha ido acumulando en ese mar hasta asfixiarlo. No hay ninguna duda: nos acercamos al paisaje lunar del Mar Muerto. 

"Atrapada en la superficie, siento el vacío de saber que floto sobre el agujero más profundo de la Tierra"

El hotel pone al servicio del cliente un transporte privado para cruzar los escasos metros que hay que recorrer hasta llegar a la playa, aunque al bajar del coche me doy cuenta de que el término es pura metonimia. La bruma que levanta la salinidad sobre aquel desierto comienza a disiparse, y el grupo, alegre, se embadurna con el barro milenario en una fuente cercana. Sus risas llenan de vida esta desolación ocre y apocalíptica. El sol brilla tembloroso en un cielo sin pájaros, y una especie de campana de vacío cubre nuestras voces. La muerte manda allí, y el agua, al entrar en ella, te recibe con la resistencia de una musculatura invisible que impide que avances, que te tumbes, que nades, que te muevas, jugando a elevarte por encima del borde líquido del mar.

Atrapada en la superficie, siento el vacío de saber que floto sobre el agujero más profundo de la Tierra. Me asfixia esta pompa de mercurio y salgo de ella como quien regresa del Averno, clavándome la dureza ovalada de las rocas de la orilla. Una de ellas me ha abierto una pequeña herida en el pie que hierve al contacto con la sal. Esa piedra brillante posee un raro magnetismo, y por eso la guardo entre mis cosas antes de salir de allí. Cojeo de vuelta a la mole anacrónica del hotel con la precaución bíblica de no mirar atrás y con la negra certeza de que, en algún momento de la historia, el hombre olvidó su unión original y sagrada con la naturaleza; pero lo peor de todo es que también olvidó el camino para llegar a Dios.

 

Las últimas piedras de Dios: Belén – Betania – cruzamos la frontera de vuelta a Israel – y el final del viaje, Jerusalén.

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