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A las puertas de Europa, de Antonio Álvarez Gil

A las puertas de Europa, de Antonio Álvarez Gil

Huso Editorial publica A las puertas de Europa (Huso Editorial), obra con la que el escritor Antonio Álvarez Gil resultó finalista del Premio Nadal 2017: la historia novelada de los refugiados que llegan a Europa huyendo de la guerra que arrasa su país, Siria. A las puertas de Europa va más allá del romance entre una muchacha italiana y un joven refugiado sirio. De lo que se habla en realidad aquí es del conflicto humano que se desarrolla en el seno de la sociedad europea actual, un problema que los países del área deberán tarde o temprano resolver satisfactoriamente.

Capítulo 1

Cuando las primeras casas de lo que había sido su pueblo aparecieron tras un recodo del camino, Mourad Sarkissián tuvo la certeza de que entre aquellas ruinas sería difícil encontrar a algún miembro de su familia. El panorama no podía ser más desolador: edificios destruidos, cenizas y escombros por doquier; ni una pared entera, ni un alma por las calles. Solo huecos, cráteres y cascotes en todo el espacio que abarcaba la vista. Desde la altura del camión en que viajaba, Mourad descubrió un brazo sobresaliendo por entre unas vigas caídas y sintió una profunda conmoción. Entonces golpeó con la palma de la mano el techo de la cabina, y el vehículo aminoró la marcha hasta detenerse junto a los restos de un muro derribado. Mourad se acercó al borde trasero de la caja, y tras despedirse de sus eventuales compañeros de viaje, se agarró de la tapa y saltó a aquella tierra calcinada y muerta.

En el sitio donde se detuvo el camión había un aviso de carretera que indicaba el nombre de la villa. Si no hubiera leído la placa escrita con caracteres arábigos y latinos —recuerdo de otros tiempos—, Mourad habría podido pensar que estaba ante alguno de los pueblos arrasado por la guerra en otras zonas del país. Y realmente, la mayoría de los caseríos y poblaciones de la provincia —hasta hacía poco tan tranquila— apenas se diferenciaban de los tantos vistos en su camino desde Damasco: todos eran la estampa misma de la devastación, todos la misma ruina.

 

Con una palpable sensación de pérdida definitiva adueñándose cada vez más de su conciencia, Mourad se internó por una de las calles, tal vez la del mercado. No sabía muy bien qué hacer, adónde dirigir sus pasos. A juzgar por la ausencia total de gente en la vía pública, parecía que allí la vida había dejado de existir. Cuando pasó por el sitio donde debía haber estado la iglesia ortodoxa del pueblo, encontró solo cenizas y despojos. Volvió a salir a la carretera y bajó a lo largo de las residencias de algunos de los principales de la comunidad, que tampoco se mantenían en pie. En ese momento sintió un ruido de motor, e instintivamente se refugió tras los restos de un antiguo palacete. Desde su provisorio escondite vio un vehículo semejante al que lo había traído a él, y comprendió que se trataba de otra partida de soldados del ejército nacional. Lo mismo que el grupo anterior, viajaban en un camión de mercancías reconvertido en transporte de tropas. Más que tropas profesionales, quienes iban sentados en la parte trasera, recostados a las barandillas laterales, eran hombres recién reclutados para ir a combatir a los grupos rebeldes que en las últimas semanas imponían su ley en casi todo el territorio de la gobernación. La mayoría de ellos iban sentados en el suelo, aunque algunos se mantenían de pie, vigilantes y con los fusiles en alto, listos para ser usados.

Cuando los soldados hubieron desaparecido, Mourad salió de nuevo al camino y echó a andar. Tenía que moverse. No estaba allí para ver pasar camiones militares o lamentarse ante las casas destruidas de los ricos de su parroquia. Por otra parte, sabía que los soldados podían tomarlo por un enemigo y disparar contra él; pero tenía que arriesgarse y cruzar el pueblo para llegar a su casa, si es que quedaba algo de ella entre tantas edificaciones destruidas. Se sentía cansado, somnoliento y triste; pero tenía algo muy importante que hacer. Debía buscar cualquier rastro de sus familiares, averiguar cualquier información sobre ellos. Por el camino escuchó decir que la mayor parte de la comunidad fue evacuada hacia Latakia. Intuía, sin embargo, que ese no sería el caso de su gente. Mourad conocía a su padre, y sabía muy bien que nada ni nadie lo harían abandonar su casa y su negocio a la voluntad de aquellos desalmados. Si una joyería era siempre un botín apetecible para cualquier delincuente, no quería imaginar qué habrían hecho en la de su padre los salvajes que pasaron por allí. Por otra parte, tampoco resultaba fácil mover a su anciano abuelo, demasiado viejo y enfermo para someterse a un viaje en aquellas condiciones. ¿Qué habría sido de ellos, pese a todo? ¿Habrían logrado huir hacia las zonas controladas por el gobierno? Ante una situación tan complicada, Mourad era incapaz de responder siquiera a la más sencilla de las preguntas que se agitaban en su cabeza. Pero si vivían, si pudieron escapar de lo que debió haber sido aquel infierno, él los encontraría.

Para eso había venido. Atravesó medio país cambiando continuamente de transporte, arriesgando su propia vida y afrontando toda clase de dificultades y privaciones con tal de llegar al sitio donde se suponía lo esperaban sus padres, su abuelo y sus hermanos… Y ahora que tenía ante sus ojos la evidencia de la destrucción total a la que fueron sometidas su patria chica y su comunidad, se reprochaba a sí mismo por no haber partido antes. Si hubiera estado allí con ellos, habría podido ayudar a su padre a defender a su familia, o al menos a encontrar el modo de salir indemnes de la zona. O tal vez murieron todos juntos si, como parecía, a los armenios de aquel desgraciado país les había llegado la hora de desaparecer. Mourad no quería ser pesimista; pero viendo el paisaje de hecatombe total que reinaba en cada pulgada de su tierra, estaba casi seguro de que su viaje no serviría siquiera para certificar la muerte de los suyos.

Mientras caminaba solo por los restos de lo que fue la calle principal de su pueblo, recordó el estremecimiento que sintió al escuchar en el hostal donde vivía, en la capital del país, la noticia sobre el avance de los grupos de extremistas islámicos sobre aquellos pueblos montañosos, habitados desde tiempo inmemorial por los armenios desplazados desde Anatolia y de las tierras del antiguo Reino Armenio de Cilicia.  Escuchó los partes de los militares y las noticias provenientes de la provincia, y comprendió al instante que su gente estaba en peligro. Entonces, demasiado tarde, se puso en marcha.

Por desgracia, las numerosas complicaciones del camino, sobre todo los movimientos de tropas y los combates que se libraban por doquier, le impidieron llegar a tiempo al pueblo. Y aunque intuyó la realidad mucho antes de salir de la capital, en concreto desde que oyó por la radio la noticia de que los -grupos de extremistas musulmanes estaban atacando las poblaciones de la zona costera de Latakia, se dijo que, ya que no estuvo presente para sacar a sus familiares de aquella ratonera, debía al menos tratar de conocer cuál fue su destino.

El destino, sin embargo, estaba allí, ante sus ojos. Eran aquel montón de ruinas aún humeantes, aquellos restos humanos que asomaban entre los escombros y aquellas aves carroñeras que revoloteaban vigilantes en el aire sobre los despojos del pueblo, o se posaban en las ramas resecas de los pocos árboles que no habían sido arrasados por la metralla de los combatientes de ambos bandos.

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Autor: Antonio Álvarez Gil. Título: A las puertas de Europa. Editorial: Huso. Venta: Amazon y Casa del libro