Ocurría sobre todo en las grandes celebraciones familiares; en cuanto llegaba el momento de los postres o de los cafés, alguien se ponía a contar una historia que había sucedido muchos años atrás y cuyos protagonistas solían estar muertos. Los niños escuchábamos aquellas conversaciones con una mezcla de curiosidad y aburrimiento, y ni se nos ocurría sospechar que algún día íbamos a arrepentirnos de no haber estado más atentos. No sabíamos que aquellos relatos constituían el último aliento de un mundo que se extinguía sin que nadie pareciera darse cuenta. Me vino todo eso a la mente mientras leía Mil Venecies (Impronta), una novela gráfica extraordinaria que lleva las firmas de Guti del Río y Álex Castrillo. El primero es tío del segundo y los dos han unido sus talentos para reconstruir la vida de una mujer asturiana a lo largo del siglo XX. Del Río se encarga del relato y Castrillo de las ilustraciones, y el resultado es una obra de una belleza irrefutable y conmovedora que mereció en 2025 el Premio Alfonso Iglesias de cómic en lengua asturiana. Hay en sus viñetas un ejercicio de recuperación de la memoria familiar, pero también una voluntad de encontrar en una existencia particular las claves de una experiencia compartida.
Quienes crecimos en las cuencas mineras estuvimos rodeados de historias que no figuraban en los libros y que hablaban de hombres que bajaban a la mina y de mujeres que sostenían el mundo mientras ellos estaban bajo tierra, de privaciones y de sacrificios, de solidaridades que no necesitaban publicitarse porque formaban parte de la vida cotidiana. También había alegrías, pequeñas conquistas que adquirían una importancia desmesurada en unos escenarios donde casi todo había costado demasiado esfuerzo. Todo eso se refleja en Mil Venecies. Sus páginas reconstruyen un paisaje humano que se ha ido desvaneciendo ante nuestros ojos, pero sin convertirlo en una estampa pintoresca ni en un museo de costumbres desaparecidas. La historia de las cuencas mineras atraviesa la narración porque constituye el escenario de las vidas que se cuentan, no porque sus autores pretendan impartir una lección sobre el pasado. La Historia, con mayúscula, suele avanzar a golpe de acontecimientos extraordinarios, pero sus consecuencias se manifiestan casi siempre en la intimidad de las personas corrientes. Son ellas quienes padecen sus sobresaltos y quienes terminan cargándolos sobre sus hombros. Durante demasiado tiempo hemos confundido la memoria con la enumeración de los grandes sucesos, como si las vidas de quienes no protagonizaron ninguno carecieran de importancia. Sin embargo, una biografía anónima puede explicar mejor una época que muchas crónicas oficiales. Basta prestar atención a sus detalles, a las decisiones aparentemente insignificantes que terminan determinando un destino, a las renuncias que nunca encontraron recompensa y a los afectos que permitieron sobrellevar las dificultades. Mil Venecies demuestra que no hacen falta personajes excepcionales para construir una historia extraordinaria.
También conviene detenerse en su dimensión gráfica, porque Álex Castrillo no se limita a ilustrar lo que Guti del Río cuenta, sino que construye un discurso visual que amplía y enriquece el relato. Hay una sensibilidad especial en el tratamiento de los recuerdos y en la incorporación de elementos oníricos que permiten adentrarse en territorios a los que las palabras difícilmente podrían llegar por sí solas. Texto e imagen establecen un diálogo de una naturalidad admirable, y de esa complicidad nace buena parte de la fuerza expresiva del conjunto. Cabe señalar, a este respecto, que Mil Venecies está escrita en asturiano, lo que resulta plenamente coherente con la naturaleza de la obra y con el universo que recrea, aunque probablemente limitará su difusión fuera de nuestra comunidad. No tanto por su dificultad ―cualquier lector peninsular, emplee la lengua que emplee, podría leerlo sin dejar de captar nada esencial― como por las dificultades con que se encuentra una editorial pequeña y periférica a la hora de promocionar y distribuir sus lanzamientos fuera del territorio donde opera, mucho más en un idioma distinto al español. Sería bueno que alguna editorial de alcance más global se animara a sacar a la luz una edición en castellano que permita extender su recorrido, porque la mayor virtud de Mil Venecies reside justamente en su capacidad para demostrar que lo local y lo universal no son categorías enfrentadas. Cuanto más profundamente se adentra una narración en las particularidades de un mundo, más posibilidades tiene de alcanzar alguna verdad que nos concierna a todos. Las cuencas mineras asturianas tienen sus peculiaridades, pero las vidas que se desarrollaron en ellas estuvieron atravesadas por los mismos anhelos, temores, pérdidas y esperanzas que las de cualquier otro lugar. Yo cerré el libro pensando en todas las historias que desaparecieron con quienes podían contarlas, en las preguntas que no llegamos a formular a tiempo, en la fragilidad de ese patrimonio íntimo que se extingue sin hacer ruido. Guti del Río y Álex Castrillo han conseguido salvar una pequeña parte de ese naufragio, y al hacerlo nos recuerdan que ninguna vida es insignificante mientras haya alguien dispuesto a contarla, y que también somos el resultado de todas aquellas existencias que nos precedieron; fueron, al fin y al cabo, las vidas que nos hicieron.


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