De unos escritores recordamos algunos libros y de otros recordamos su obra, en conjunto, como un todo inseparable, un bloque compacto perforado por pasadizos que llevaban de unas páginas a otras y que hacían que la independencia de cada título terminara desvaneciéndose entre lo apabullante del conjunto. En ese segundo grupo incluyo yo a Javier Marías. Puedo olvidar qué sucedía exactamente en determinado volumen de Tu rostro mañana o fallar en el intento de pormenorizar la trama de Corazón tan blanco, pero bajo ningún concepto puedo dejar de tener en mente su cadencia inconfundible, su manera de ordenar las palabras, ese ritmo que permanece con uno aun después de dar por concluida la lectura. Me ha vuelto a ocurrir con Aquí me paro, el volumen póstumo que acaba de publicar Alfaguara con textos dispersos escritos entre 2001 y 2020. Hay en él artículos, recuerdos, discursos, prólogos; hay literatura, política, cine, fútbol; hay muertos y vivos, amigos y maestros, admiraciones y enfados. Hay, en definitiva, muchas de las cosas que interesaron a Javier Marías durante su vida. Todas tenían su interés, pero a medida que avanzaba por el libro iba teniendo cada vez más la impresión de que todas ellas eran, en cierto modo, accidentales. Porque lo importante, lo sustancial, era Marías escribiendo.
Imagino que ésa es una de las características que distinguen a los escritores verdaderamente grandes. Llega un momento en que su estilo trasciende aquello que cuentan y se convierte en un asunto en sí mismo. Uno no lee únicamente este libro de Marías para saber qué pensaba él de Shakespeare, o de una película concreta, o de un futbolista determinado, o de una de esas pequeñas transformaciones sociales que conseguían irritarlo hasta extremos en ocasiones pintorescos. Lo lee, en realidad, porque quiere verlo pensar; porque en Marías la escritura no era el resultado del pensamiento, sino el pensamiento mismo, o al menos su reproducción fiel siguiendo una metodología casi alquímica. La frase avanzaba, dudaba, retrocedía, introducía una salvedad, corregía lo que acababa de afirmar y volvía a ponerse en marcha hasta desembocar, muchas líneas después, en el lugar preciso donde debía desembocar. Eso explica que algunos de los mejores textos de Aquí me paro sean los biográficos. Cuando Marías escribe sobre sus padres, sobre sus amigos, sobre quienes fueron desapareciendo a su alrededor, aparece esa relación extraña entre memoria y tiempo que atravesó también sus novelas. Recordar nunca consiste simplemente en recuperar algo que ocurrió. Entre lo sucedido y quien lo recuerda se han acumulado demasiados años, demasiadas pérdidas y demasiadas versiones de uno mismo. Y tal vez Marías escribía tan bien sobre los muertos porque sabía que no dejamos de relacionarnos con ellos cuando desaparecen, sino que sólo nos limitamos a hacerlo de otra manera.
También me parecen definitorios los textos que dedica a otros escritores. Hay algo revelador en las admiraciones literarias de un autor. Quizá sepamos más de un escritor por los libros que ama que por los que desprecia, y Marías sabía admirar sin reservas. Cuando habla de Shakespeare, de Cervantes y de autores que forman parte de su educación sentimental como lector, desaparece cualquier tentación de competir con ellos. Los contempla desde la gratitud, lo cual —en un mundo literario en el que tantas veces parece que no se puede levantar una estatua sin derribar antes la de al lado— no deja de resultar reconfortante. La cosa se complica cuando se ocupa de asuntos de actualidad, porque es bien sabido que el presente envejece fatal y lo que un martes parece una cuestión de importancia nacional puede resultar incomprensible diez años después, no digamos ya veinte. Algunas de las batallas que libró Marías han perdido ya buena parte de su sentido; ciertas irritaciones resultan hoy lejanas y algunas opiniones quizá no hayan soportado demasiado bien el paso del tiempo. Tampoco tendría sentido fingir lo contrario, porque al fin y al cabo escribir semanalmente sobre el mundo obliga a tomar partido, o a rechazarlo, con una premura excesiva y sin disponer a menudo de todas las cartas sobre la mesa. Pero incluso en esos casos uno continúa leyendo, aunque haya olvidado la polémica, o no comparta la conclusión; aunque juzgue que aquella vez Marías exageró, o hizo de una molestia menor una cuestión casi metafísica, o sencillamente se equivocó de medio a medio. Y sigue leyendo porque las frases funcionan aun cuando ha dejado de carburar lo que fuera que las provocó. Si se mira bien, es una victoria extraordinaria. El artículo periodístico nace condenado a desaparecer con el periódico que lo alumbra, pero algunos escritores consiguen librarlo de esa fecha de caducidad; no necesariamente porque hayan acertado en sus pronósticos, sino porque escribieron demasiado bien como para que el tiempo se lo pudiera acabar llevando todo.
Ahí es donde Aquí me paro termina recordándonos algo que a veces queda oscurecido por la dimensión del novelista: Javier Marías fue también uno de los grandes intelectuales españoles de las últimas décadas. Utilizo la palabra sin solemnidad. Intelectual no porque tuviera siempre razón —lo cual habría sido imposible, y seguramente aburrido—, sino porque consideraba que un escritor podía y debía mirar más allá de sus propios libros. Le interesaba el mundo; lo observaba, opinaba sobre él, se enfadaba con él y algunas veces también se equivocaba acerca de él, y todo eso se convertía en escritura. Han pasado ya unos años desde su muerte y empezamos a acostumbrarnos a que no haya en el suplemento dominical o en el diario un nuevo artículo suyo, otro enfado, alguna que otra digresión; esos párrafos de frases larguísimas que parecen a punto de perderse en el vacío y que, de pronto, emprenden el regreso. Por eso el título de Aquí me paro parece tener algo de definitivo, como si Marías, desde el otro lado, hubiese decidido determinar el lugar exacto en el que debía detenerse. Ocurre que los escritores no se paran exactamente donde ellos creen o querrían, sino allí donde los demás dejamos de leerlos. Y a él le queda aún mucho camino.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: