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De lectores, maldad y novela negra

De lectores, maldad y novela negra

Que la maldad existe es un hecho incuestionable. Que la maldad entró en el mundo a través del hombre, puede ser cuestionable, aunque para mí no lo es. Estoy convencida de que se instauró en el mundo en el momento en que un hombre quiso ostentar el poder sobre otro. No hay nada que dé más sensación de dominio que tener la vida de otro en tus manos, elegir qué hacer con ella; en definitiva, cuándo ponerle fin, aniquilarlo física o psíquicamente.

Como psiquiatra, siempre me ha interesado profundizar en esa zona oscura que todos poseemos, en más o menos cuantía, con la que convivimos y que es la responsable de muchas de nuestras actuaciones (véase envidia, agresión, impulsividad extrema, maltrato, manipulación…) y en el porqué de elegir caer en los brazos de esa zona tenebrosa.

No todo el mundo es bueno, hay que decirlo alto y claro. No todas las personas utilizan la misma lógica moral de honradez, conciencia, moralidad y ética (Iñaki Piñuel, 2010), un hecho que a muchos les cuesta aceptar.

Nuestro pensamiento «lógico», fundamentado en el principio de contradicción (lo que es blanco es blanco y no puede ser negro) y el de la causalidad (a toda causa le corresponde un efecto), nos ha enseñado a separar lo bueno de lo malo como conceptos que poseen atributos que los definen claramente y los sitúan en los extremos del continuum bondad-maldad. A pesar de esto, no sé por qué razón, cuando tratamos de calificar a la humanidad, nos inclinamos a pensar que hay mucha más gente buena que mala, hasta el punto de que nos cuesta categorizar a alguien como «malvado» y preferimos tacharlo de «loco» o de «anormal» antes que aceptar que simplemente es «malo».

"Si hacemos un poco de memoria histórica, es factible afirmar que existe un evidente deleite del hombre en la crueldad. Basta, a modo de ejemplo, recordar al público enaltecido pidiendo la muerte en los circos romanos."

Como decía, no solo desde mi vertiente de psiquiatra, sino también como escritora, me ha interesado el tema del mal. Esa es la razón por la que pergeñé mi Trilogía del Mal y me adentré en el mundo de la novela negra, de la que siempre he sido una lectora voraz. Aunque parezca de Perogrullo, si por algo se define la novela negra —además de por otras características que no vienen al caso— es por la presencia del mal. Y ahora sí, toda esta introducción, me lleva al tema que quería tratar: el lector, la maldad y la novela negra.

La mayoría de las novelas de la serie negra cuya trama se basa en atrapar a un asesino, cuanto más sangriento mejor, poseen un gran interés para el lector, lo que se traduce en millones de ventas, convirtiéndose muchas de ellas en best seller.

Un ejemplo, de todos conocido (porque además fue llevado con gran éxito a la gran pantalla), es Hannibal Lecter, apodado el Caníbal y protagonista de El dragón rojo, El silencio de los corderos, Hannibal y, la precuela, Hannibal: el origen del mal; novelas con las que su autor Thomas Harris alcanzó la fama y se hizo de oro, por lo que no ha necesitado escribir más y vive plácidamente con su pareja en el sur de Florida. En octubre del año pasado me invitaron, en el seno de las jornadas de Granada Noir, para que hablara de este personaje y del porqué atraía tanto. Compartí estrado con un psicoanalista argentino, Gustavo Abrevaya, y entre los dos desgajamos psicológicamente la complicada figura creada por el novelista en su doble vertiente de psiquiatra y asesino. Sin lugar a dudas, este tipo de personajes provocan un gran morbo en la población, situación que no nos es ajena. Si hacemos un poco de memoria histórica, es factible afirmar que existe un evidente deleite del hombre en la crueldad. Basta, a modo de ejemplo, recordar al público enaltecido pidiendo la muerte en los circos romanos, acudiendo en masa a ver a los empicotados en la Edad Media o las aclamaciones cuando la guillotina caía durante la Revolución francesa. Aún en la actualidad, que disfrutamos de una civilización más avanzada, sobrevive el morbo y este proviene de la necesidad de contemplar el mal para reafirmarnos en que nunca haríamos algo así.

"Desde hace unos años, venimos asistiendo a la aparición de una serie de novelas que presentan algunas variaciones respecto a las particulares del clásico género negro."

En efecto, nos movemos en un estado de atracción-repulsión, que nos acerca y nos aleja a este tipo de personajes sanguinarios. Ese morbo es el que nos lleva página a página a querer saber más del «monstruo» y, al mismo tiempo, desear que sea apresado o muerto (algo parecido a lo que nos ocurre con las películas de terror). Así las cosas, el lector  no se identifica con ese ser cruel, terrorífico, que mata sin piedad, porque desde primera hora tiene claro quién es el malo y quién el bueno y siempre se va a situar al lado de la bondad (a no ser que sea un psicópata).

Desde hace unos años, venimos asistiendo a la aparición de una serie de novelas que presentan algunas variaciones respecto a las particulares del clásico género negro. Estas son fundamentalmente dos: la primera, quien debe descubrir al malo no es el clásico policía o detective sino una persona corriente y, la segunda, el lector tiene que adivinar quién es el auténtico malo porque en principio todos parecen buenos.

Este tipo de novelas —bastante denostadas por los puristas del noir e incluidas en múltiples nuevos subgéneros cada vez llegan a más lectores, incluso —y aquí está el auténtico quid de la cuestión— a aquellos que nunca se habían adentrado en la lectura de la novela negra o policíaca, con lo que se han incrementado geométricamente los lectores ávidos de estos subgéneros. Cabe, por tanto, preguntarse el porqué y qué se esconde detrás de este interés.

Es cierto que en las tramas de estas novelas asistimos a un fenómeno muy curioso, psicológicamente hablando, que destruye la lógica del pensamiento para acercarnos más al pensamiento mágico o prelógico de nuestra niñez, en el que todo es posible (no existe el principio de contradicción por el que algo puede ser bueno y malo a la vez y se basa en interpretaciones no causales o mágicas). En este tipo de novelas no hay monstruos, ni asesinos en serie, sino gente «normal y corriente» actuando del lado del bien y de mal. Y precisamente en eso radica el morbo, si cabe más intenso, porque se trata de asistir a la transformación de una persona supuestamente «normal» en un malvado.

"Así son los nuevos malos que algunos escritores han escogido para montar sus tramas, para mostrar la gratuidad de la maldad. Así son, personas que se parecen a ti y a mí, de esa manera se acrecienta el morbo."

La identificación del lector con el personaje «normal», que capítulo a capítulo va exhibiendo una maldad que no le había sido atribuida al inicio de la obra, le hace preguntarse: ¿podría sucederme esto a mí?, ¿sería yo capaz de hacer esto? Y eso sucede porque se le movilizan los cimientos de su propio rincón oscuro, ese que todos poseemos y que tratamos de ocultar pero que de algún modo nos condiciona. «¿Pero somos nosotros los que poseemos a la Sombra o acaso es la Sombra la que nos posee a nosotros?», se preguntaban C. Zweig y J. Abrams al referirse a la Sombra, que el psicoanalista C. G. Jung define como «aquella parte oscura y compacta que todos proyectamos, ese arquetipo inconsciente que malogra nuestra mejores intenciones».

Y esto, en definitiva, no hace más que reflejar la vida real, por lo que hace las tramas aún más intrigantes, más, más cercanas, más posibles…

Señalan las estadísticas que alrededor del 20% de la población son sujetos auténticamente buenos (nunca harían nada malo), un 2% serían los malvados (ahí se incluyen los psicópatas asesinos ),  el 78% podrían ser catalogados de normales, es decir, según qué, cómo y cuándo actuarán tendiendo hacia el bien o hacia el mal y, de estos, un 13% serían esos sujetos que parecen «normales» y que no lo son. Sujetos con rasgos psicopáticos, sujetos escondidos tras una máscara con la que engañan y mienten para proteger su verdadera manera de ser, sujetos que odian bajo el disfraz del amor, con intolerancia a la crítica y a la frustración, una fingida superioridad, que carecen de empatía y que presentan un conducta destructiva consciente e interesada.

Así son los nuevos malos que algunos escritores han escogido para montar sus tramas, para mostrar la gratuidad de la maldad. Así son, personas que se parecen a ti y a mí, de esa manera se acrecienta el morbo, la identificación, el miedo a lo que podría ser o hacer y, sin duda, la empatía hacia la lectura…, porque todo es posible.