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Lepisma, Alien 2 y el Quijote de Avellaneda

Lepisma, Alien 2 y el Quijote de Avellaneda

—Ahora puede atacarle a usted!

Esta exclamación, tal cual, sin el primer signo de admiración, era la frase promocional de una misteriosa película que, siendo preadolescente, me encontré en un videoclub: Alien 2.  Y digo que era misteriosa porque estábamos en 1984.

Dos años antes de que se produjera Aliens: El regreso, la secuela oficial de Alien: El octavo pasajero

Cosa que por supuesto yo no sabía. Algo me olía mal: en vez del elegante y misterioso cartel de la primera parte aquí aparecía el rostro sanguinolento de un señor con casco de minero (con 12 años no conocía la palabra espeleólogo) y el dibujo de un rayo como el que yo mismo o cualquier otro niño de mi edad podría haber dibujado. En vez de estar dirigida por Ridley Scott, el director era un tal Ciro Ippolito y en vez de CBS FOX ponía JF FILMS: con el tiempo sabría que eran las iniciales de José Frade.

Pero vamos, que alquilé la cinta; en la carátula lo ponía bien claro, aquella película era Alien 2, no podían darme gato por liebre de una manera tan descarada, ¿verdad?

¿Verdad?

Pues bien, resultó que la liebre tenía uñas retráctiles, bigotes y maullaba. Aquella aburrida película no era ninguna continuación del clásico de ciencia ficcción, sino un largometraje italiano al que, aún a riesgo de una demanda, habían titulado de esa manera para recaudar el dinero de incautos como yo; fue mi primer contacto con esa fraudulenta práctica, bastante habitual en el cine de explotación transalpino de la época, pero no fue el último: una prometedora Tiburón 3 resultó ser L’ultimo squalo, de Enzo G. Castellari, y Terminator 2: Shocking Dark  no sólo no tenía tenía nada que ver con el film de James Cameron, sino que el nombre del director, Vincent Dawn, no era más que el seudónimo del italiano Bruno Mattei.

La verdad es que con estos antecedentes a nadie le sorprendió que, muchos años después, yo acabara trabajando en la plaza del Rey, en Tarragona, muy cerca de donde se imprimió la segunda parte del Quijote... el de Avellaneda, el apócrifo, por supuesto.

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