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Libros clásicos sobre libros (III): colección Gallardo

Libros clásicos sobre libros (III): colección Gallardo

Ya sabemos que la bibliofilia es una afición diferente a las demás, por cuanto su objeto satisface un doble deseo: el de la belleza física del continente y el de la atracción intelectual del contenido. Esta doble cara se aprecia magníficamente en una serie mítica como Gallardo, colección de opúsculos para bibliófilos, compuesta por diez volúmenes en 8º “consagrados a la exaltación del libro desde diferentes puntos de vista”. Estos preciosos y respetables tomos vieron la luz entre 1947 y 1948 en la editorial Castalia. En edición limitada de 500 ejemplares numerados. Siento pura adrenalina por estos opúsculos que me acompañarán a lo largo de toda la vida.

"El nombre de Gallardo fue elegido en homenaje a una de las figuras más singulares, por diversos motivos, del romanticismo español: Bartolomé José Gallardo."

El nombre de Gallardo fue elegido en homenaje a una de las figuras más singulares, por diversos motivos, del romanticismo español: Bartolomé José Gallardo (1776-1852), “el Santón mayor del Gremio de bibliófilos, eruditos y críticos de su tiempo, con una vida totalmente dedicada al estudio de nuestro pasado histórico y literario, una pluma castiza, un ojo clínico certero y una obra admirable”, como recoge la introducción de la colección.

Castalia pensó para la dirección artística en Antonio Rodríguez-Moñino, “una persona de indiscutible autoridad para todos en cuestiones de bibliofilia y bibliografía”. De hecho, el hispanista francés Marcel Bataillon le bautizó en una de sus cartas como el Príncipe de los Bibliófilos. Rodríguez-Moñino seleccionó medio centenar de obritas de autores españoles y extranjeros para asegurar la continuidad de la colección. Para Gallardo utilizó diez de estos títulos.

De la dirección artística se encargaron María Amparo y Vicente Soler, quienes buscaron un “excelente papel, con márgenes adecuados y con la obra de un cuerpo de ilustradores y aguafortistas verdaderamente destacante, sin omitir gasto alguno para alcanzar la mayor perfección técnica”. Rigurosa pasión por el detalle. Cada volumen está ilustrado con un frontispicio y con adornos tipográficos por un artista diferente, además de una cuidada presentación con el tipo de letra Bodoni. El folleto informativo de la colección, que salió a la vez que el décimo tomo, aseguraba que “las dos tiradas apenas compensan los crecidos gastos que originan. La escasez extraordinaria de papeles de lujo ha hecho, incluso, que la editorial no haya visto compensados sus desembolsos en algún caso”.

"La edición especial se agotó a los dos días de salir a la venta el primer volumen de Gallardo, y son muchísimos los clientes y amigos que se han quedado sin poder adquirir los codiciados ejemplares."

Porque se hicieron dos tiradas dirigidas a públicos diferentes en cuanto a capacidad económica: cien ejemplares en papel de hilo superior (numerados del 1 al 100) y cuatrocientos en papel offset (numerados del 101 al 500). Los primeros a 75 pesetas, y los segundos a 25 pesetas. “Creímos —afirmaba el folleto— que una tirada de cuatrocientos ejemplares en papel superior offset y otra de cien sobre hilo ahuesado serían más que suficientes para un público que estimábamos, en cierto modo, reducido. Pero hemos de confesar, con alegría, que nos equivocábamos. La edición especial se agotó a los dos días de salir a la venta el primer volumen de Gallardo, y son muchísimos los clientes y amigos que se han quedado sin poder adquirir los codiciados ejemplares”.

Antonio Rodríguez-Moñino

Castalia pensó en aumentar la tirada de papel de hilo debido a la incesante demanda, pero “después de meditarlo mucho hemos creído que esto no favorecería a nadie, puesto que los nuevos compradores tendrían siempre incompleta de los primeros tomos su colección, y los antiguos podrían llamarse a engaño, ya que en los prospectos se limitaba a cien el número de ejemplares de esta clase”. Para satisfacer la demanda “y no lesionar los legítimos intereses de los otros”, optaron por crear una nueva colección, Ibarra, de la que hablaremos en una próxima entrega.

Los títulos de Gallardo, colección de opúsculos para bibliófilos, con esa pátina favorecedora del envejecimiento, como se puede observar en la imagen destacada del reportaje (foto de Diego Martínez Casado), son los siguientes:

I) El infierno del bibliófilo (1860), de Charles Asselineau, con traducción de María Bey y con una lámina y catorce cabeceras de José Benet. 88 páginas. Una de las narraciones destacadas que tienen como eje de su trama el fervor del libro, con la que se siente placer a raudales.

II) Observaciones sobre el arte de la imprenta (1881), de Miguel de Burgos (Regente de la Imprenta de Ibarra), y con una lámina y tres facsímiles de Luis Paret. 92 páginas. Uno de los textos nucleares de la historia de la imprenta hispana. Una maravilla.

El infierno del bibliófilo

III) El zapatero librero y La Imprenta en Inglaterra (1865), de Charles Knight, con traducción y prólogo de M. Cardenal de Iracheta, y con una lámina y catorce ilustraciones de Julio Fernández Sáez. 96 páginas. Dos relatos escritos por este librero inglés sacados de su libro Shadows of the Old Booksellers, inédito en España.

IV) El libro japonés, de Eugène Mouton, con un estudio preliminar de Emiliano Aguado, y con una lámina y dieciséis ilustraciones de José Segarra. 76 páginas. Un cuento satírico de humor escrito en la Francia de finales del siglo XIX.

V) Memoriales tipográficos (1804-1832), de Juan José Sigüenza y Vera, con una reproducción en facsímil del Mecanismo del Arte de la Imprenta y otra de un estado comparativo de las imprentas de París. 112 páginas. Otro de los textos básicos de la historia de la imprenta europea.

VI) Los aficionados a los libros viejos (1880), de Paul Lacroix, con traducción y prólogo de María Bey, y con tres láminas y ocho ilustraciones de Juan Segarra. 96 páginas. Deliciosos ensayos breves con tentadoras librerías y peligrosos bibliómanos. Quién se resiste.

VII) El asno erudito (1782) de Juan Pablo Forner, con prólogo y notas de M. Muñoz Cortés, e ilustraciones de Federico Montañana. 96 páginas. Obra satírica con alusiones a las fábulas de Tomás de Iriarte. Envidias, enemistades y trifulcas literarias del ayer.

VIII) Historia de una mancha de tinta (El Manuscrito de Longo), de Pablo Luis Courier, con traducción, prólogo y notas de Dolores Palá Berdejo, e ilustraciones de José Luis Macías. 92 páginas. Una carta abierta al librero parisino Renouard convertida en monumento literario.

IX) Las bibliotecas en la antigüedad, de Justo Lipsio, con prólogo, traducción y notas de José López de Toro, e ilustraciones de Víctor Manuel Gimeno. 112 páginas. Uno de los primeros estudios exhaustivos sobre los primitivos templos del saber.

X) Relación de lo ocurrido a dos bibliófilos sevillanos (1898), de Lorenzo de Miranda (seudónimo de Luis Montoto), con prólogo de Santiago Montoto, e ilustraciones de Manuel Benet. 82 páginas. Una pequeña broma de advertimiento para bibliómanos.

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